La clínica 11 #3
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11 #3

Durante un segundo, la superficie plástica volvió a moverse. No mucho. Lo suficiente para que la boca inexistente pareciera formar palabras.

Número cuarenta y siete.

Köller retiró el brazo con una brusquedad contenida.

—Ha sido un accidente.

El comerciante observó el bastón, el maniquí roto, la respiración demasiado rápida del anciano.

—Claro.

Köller no esperó más. Se apartó de la tienda y caminó sin mirar atrás. No corrió. Correr habría sido una confesión muscular. Pero avanzó con la velocidad máxima que le permitía la rodilla, el bastón golpeando la acera en intervalos irregulares.

La primera aguanieve empezó a caer antes de llegar al coche.

Dentro del vehículo, cerró los seguros y apoyó ambas manos sobre el volante.

Las examinó. No temblaban mucho, pero temblaban.

El detalle le produjo una irritación fría.

La decadencia rara vez empezaba por grandes síntomas.

Comenzaba así: una mano que tarda medio segundo más en obedecer, una imagen que atraviesa una superficie, un camarero que recuerda mejor a su esposa que él mismo.

Sacó el teléfono.

Marlene respondió al segundo tono.

—Señor Köller.

—Cancele las reuniones de esta semana.

No preguntó por qué. Era una de sus mejores cualidades.

—Por supuesto.

—Llame a la clínica.

Hubo una pausa mínima al otro lado.

—¿A Kaunas?

—Sí.

—¿Desea que hable con la doctora Fowler?

—Con Fowler o con quien esté autorizado para entender una instrucción sencilla. Dígales que el tratamiento ya no es aplazable.

—¿Uso esa palabra?

Köller miró el parabrisas. Las gotas se adherían al cristal como pequeños organismos transparentes, indecisos entre ser agua o nieve.

—Use exactamente esa palabra.

—Entendido.

—Y solicite el expediente completo de la americana.

—¿Susan Powell?

Köller cerró los ojos.

Susan Powell.

El nombre ya había pasado por sus informes, pero oírlo en voz alta produjo un ajuste en su atención.

La paciente americana. Cirugía estética previa.

Historial de trauma. Buena tolerancia al primer vaciado.

Respuesta anómala del ámbar durante LIMBO.

Una zona inaccesible, no por resistencia neurológica, sino por ocultación profunda.

Fowler había usado una frase prudente: contenido moral no caracterizado.

Los médicos modernos tenían un talento miserable para suavizar lo esencial.

Si el ámbar no se equivocaba, Susan Powell escondía algo.

No un dolor.

No una pérdida.

Algo con densidad.

—Sí —dijo—. Susan Powell.

—La clínica comunicó esta mañana que habían revisado la respuesta del sustrato: irregular, pero prometedora.

Prometedora.

Köller abrió los ojos.

En el reflejo oscuro del parabrisas vio su propio rostro superpuesto a la calle.

Sesenta años aparentes. Noventa y siete documentados.

Más, si la contabilidad se hacía por continuidad y no por nacimiento.

Detrás de su cara creyó ver otra vez al niño, pero no se volvió.

Algunas visiones solo adquieren autoridad cuando se las obedece.

—Reserve un vuelo a Vilnius —ordenó—. Hoy si es posible. Mañana a primera hora si no lo es.

—¿Quiere que avise al conductor habitual?

—No. En Lituania enviarán a alguien.

—¿Necesita asistencia médica durante el trayecto?

Köller tardó en contestar.

La pregunta era razonable. Eso la hacía intolerable.

—No soy un inválido, Marlene.

—No he querido sugerirlo.

—Entonces no lo sugiera.

Al otro lado se produjo un silencio breve, profesional.

—Me ocuparé de todo.

Köller terminó la llamada.

Permaneció en el coche sin arrancar, escuchando el golpeteo suave de la aguanieve sobre la carrocería.

Pensó en Stutthof, en el prisionero polaco, en el número cuarenta y siete, en los otros niños que no habían llegado siquiera a las mesas principales porque sus cuerpos fallaron antes de ser útiles.

Durante décadas no habían sido culpa. Ni remordimiento.

Ni siquiera recuerdo en sentido humano. Habían sido datos de una fase primitiva.

Ahora empezaban a moverse.

Eso no cambiaba nada.

La moral era una herramienta de convivencia entre mortales.

Una convención útil para quienes podían permitirse desaparecer.

Köller no odiaba a Susan Powell. No despreciaba a los pacientes de Aurum Vitae.

No disfrutaba con los cuerpos que se ocultaban bajo la nieve cuando dejaban de servir.

El placer habría introducido desorden. La crueldad, entendida como impulso, era propia de hombres con poca imaginación.

Él continuaba.

Eso era todo.

Introdujo la llave en el contacto y el motor respondió con un rumor grave, obediente.

Antes de incorporarse al tráfico, miró una última vez hacia la acera.

La calle estaba vacía. El niño no estaba allí.

El maniquí tampoco. Solo quedaban personas vivas haciendo lo que hacen las personas vivas: caminar bajo el mal tiempo, mirar escaparates, buscar refugio e ignorar la precisión con que ciertas cosas antiguas se aproximan cuando nadie las nombra.

Köller activó los limpiaparabrisas.

El cristal quedó limpio durante un instante.

Después volvió a cubrirse.