La clínica 13
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Linda había dormido una hora y diecisiete minutos, según el teléfono.

No lo comprobó por ansiedad, sino por método.

La cifra le pareció útil porque convertía el agotamiento en un dato verificable, algo que podía incorporarse a una secuencia, como las marcas de agua en un papel antiguo o la oxidación en una grapa.

El cuerpo, en cambio, no aceptaba esa neutralidad.

Tenía los ojos secos por el aire reciclado del tren y una presión opaca detrás de la frente que le imponía un malestar no deseado.

Vilnius había quedado atrás con su universidad, sus patios blancos, sus corredores donde el frío parecía haber aprendido a no hacer ruido. También había quedado atrás el lingüista, aunque no su voz.

No es una lengua litúrgica.

Lo había dicho sin levantar la cabeza de las fotografías, con los dedos detenidos en el borde del papel, como si temiera que las inscripciones pudieran responder al contacto.

No era lituano medieval, no era una fórmula funeraria, no era una bendición deformada por la guerra.

Era algo peor por su pobreza espiritual: una notación.

Un sistema abreviado. Signos para indicar posición, secuencia, receptor, donante, pérdida, fijación.

Linda había visto suficientes archivos clínicos para reconocer la obscenidad de lo administrativo aplicado en las personas como si fueran números. El horror, cuando se institucionaliza, no necesita gritos. Necesita casillas.

En Kaunas la nieve seguía sin caer de los tejados.

Permanecía. Se seguía acumulando en las juntas de las aceras, endurecida por el paso de los coches, ennegrecida en los bordes, con esa consistencia de tejido muerto que aún conserva forma, pero ya no función.

Desde el Bolt, Linda miró las fachadas sin verlas del todo.

Llevaba la carpeta contra el pecho, debajo del abrigo, no por frío sino por desconfianza.

Dentro estaban las copias de Naseda, las fotografías del ámbar negro, la transcripción provisional del lingüista y la lista que la mujer del pasillo —que dijo llamarse Rona, aunque la clínica negó después que hubiera una paciente con ese nombre— le había entregado con la precisión de quien no entrega un papel, sino una infección.

Había pensado en ir primero al apartamento.

Después pensó en Susan.

Después volvió a mirar la lista. Tenía demasiados frentes abiertos.

El primer nombre que había subrayado durante el viaje no era el de un paciente muerto ni otros nombres del holocausto.

Ahora pensaba en la clínica. Era un apellido.

Kaflan. No Kaplan, como Linda había escrito mentalmente las primeras veces, arrastrada por una familiaridad anglosajona que no le pertenecía al hombre.

Kaflan. Con esa f intermedia que obligaba a cerrar los labios antes de terminar la palabra.

Elada Kaflan.

Naseda la conocía. Le extrañó que siguiera utilizando ese apellido. Estaba separada del inspector que investigaba los cadáveres hallados en la nieve que empezaban a inquietar a la tranquila ciudad de Kaunas.

Aunque la oficina de turismo proclamaba con entusiasmo en sus guías que Kaunas era Kaunastic! Linda pensó que hasta que deja de serlo.

Junto al nombre no aparecía lost . Tampoco transferred .

Aparecía una marca más corta.

CAL.

Naseda le pasó el número directo del inspector Kaflan.

No llamó desde el Bolt. Esperó a llegar al apartamento, ponerse ropa cómoda y comprobar que la cerradura cerraba con un sonido limpio.

Solo entonces colocó los documentos sobre la mesa de la cocina y abrió una cerveza al azar: la ganadora del premio a la mejor cerveza báltica de Europa.

Era oscura e intensa, con notas de caramelo y matices de madera.

Encendió el portátil y buscó el número que Naseda le había dado durante su último encuentro, escrito en una tarjeta sin rango visible, sin ornamento, con el número de teléfono en una letra tan pequeña que parecía puesta para no ser leída.

Contestó al tercer tono.

Linda se presentó. Indicó que necesitaba tratar un asunto urgente. Un asunto sobre… la clínica.

—¿Dónde está? —preguntó él.

La pregunta fue seca y directa. No fingió cortesía.

—En Kaunas. En mi apartamento. Cerca del Akropolis.

Hubo una pausa mínima. Linda imaginó al inspector apartándose de alguien, de una mesa, de una ventana.

—No hable con nadie más sobre esto.

—Ya lo he hecho.

—Entonces no vuelva a hacerlo.

Linda miró la puerta que daba a la calle. Aún no tenía miedo. Tenía algo más operativo y, por eso mismo, más desagradable: la sensación de haber entrado en una habitación cuya distribución no conocía, pero en la que alguien ya había medido la distancia hasta su garganta.

—Tengo una lista —dijo—. Y creo que uno de los nombres le pertenece.

La respiración de Kaflan no cambió. Eso fue lo que la inquietó.

—Nos vemos dentro de siete minutos —respondió—. En el Akropolis. La recogeré con el coche. Puerta lateral del centro comercial, no vaya por la principal. No coja nada que no pueda llevar encima.

—Inspector...

—Siete minutos.

Colgó.

Linda permaneció inmóvil, con el teléfono todavía junto al oído, hasta que la pantalla se apagó.

Después recogió los documentos. No dobló la lista; la introdujo entre dos hojas en blanco, como se protege una muestra que no debe contaminarse.

En el espejo de la habitación vio su cara con una distancia casi profesional.

Ojeras, piel pálida, labios sin color. Una mujer que había viajado demasiado rápido entre signos muertos y pacientes vivos.

En la puerta lateral del centro comercial olía a sal húmeda y dulces recién horneados.

Kaflan no llegó en coche oficial. Apareció en un Škoda oscuro con una abolladura junto al faro derecho y el limpiaparabrisas trabajando sobre un cristal casi limpio.

Linda entró sin saludar. Él no la miró hasta incorporarse al tráfico.

—¿Quién le dio la lista?

—Una paciente de la clínica. O alguien que estaba allí haciéndose pasar por paciente.

—Nombre.

—Rona. No sé más. Ni siquiera sé si es su nombre.

Kaflan hizo un gesto mínimo con la mandíbula. No fue reconocimiento. Fue archivo.

—¿Está segura de que no la siguieron?

—No.

—Buena respuesta.

Condujo hacia el centro evitando las avenidas principales, no de forma espectacular, sino mediante pequeñas desviaciones que parecían costumbre.

Pasaron por una calle lateral, un aparcamiento vacío y dieron un giro repentino, pero suave, antes de un semáforo.

Linda comprendió que para Kaflan la sospecha no era una reacción, sino una forma de urbanismo.

La ciudad se le había convertido en un mapa de exposiciones, ángulos muertos y cámaras municipales.

—¿Vamos a comisaría? —preguntó ella.

—No todavía.

—¿Por qué?

—Porque si lo que tiene es real, la comisaría es un edificio con demasiadas puertas.

No añadió que algunas podían abrirse desde dentro. No hacía falta.

Se detuvieron en un café estrecho cerca de una calle secundaria, un local con luces amarillas y mesas de madera oscurecida por años de vasos calientes.

Había tres clientes: una mujer mayor con una bolsa de farmacia, un estudiante con auriculares y un hombre que leía el periódico como si el periódico fuera una excusa para ocupar un lugar.

Kaflan eligió una mesa desde la que se veía la entrada, el reflejo del ventanal y una puerta al fondo que probablemente daba a la cocina.

Linda no pidió nada. Kaflan pidió dos cafés cargados con licor de Moka.

—Enséñemela.

Ella sacó la carpeta. Durante un segundo, antes de abrirla, tuvo la impresión de que el papel había ganado peso. La lista no era larga. Veintisiete nombres, cada uno acompañado por fechas de ingreso, números de habitación —casi todos de la tercera planta—, iniciales y una palabra final.

Lost.

Transferred.

Obs.

CAL.

Algunos nombres estaban escritos con la prisa de quien copia de una pantalla.

Otros tenían correcciones. Había fechas añadidas con tinta distinta.

No era un documento oficial, pero precisamente por eso parecía más peligroso.

Los documentos oficiales saben mentir con formato.

Aquello mentía mal, o no mentía en absoluto.

Kaflan leyó sin tocar el papel. Bajaba los ojos línea por línea, reteniendo cada dato con una quietud que Linda ya empezaba a identificar como su forma de violencia contenida.

Cuando llegó a Elada, se detuvo.

No fue un movimiento perceptible. No hubo exhalación, ni parpadeo abrupto, ni una mano cerrándose en puño. Solo se produjo una interrupción general, como si todos los sistemas periféricos del hombre hubieran recibido una orden de ahorro energético. La cara siguió en su sitio. Los ojos no.

—¿Quién es? —preguntó Linda, aunque ya lo sabía por el apellido. Precisamente por eso lo había llamado.

Kaflan levantó la vista.

—Mi exmujer.

La frase cayó sobre la mesa sin dramatismo, con la densidad seca de un objeto metálico.

Linda no habló.

El camarero dejó los cafés. Kaflan esperó a que se alejara. Después giró la taza entre los dedos, no para beber, sino para corregir una asimetría invisible.

—Desapareció hace casi dos años —dijo—. Oficialmente, no desapareció.

Esa fue la primera mentira útil. Había retirado dinero.

Había dejado su apartamento sin signos de violencia.

Había enviado un mensaje desde su teléfono diciendo que necesitaba irse un tiempo.

Dicen que había perdido los mellizos que esperaba.

Un caso adulto, sin indicios suficientes, sin sangre, sin testigos.

Un asunto privado disfrazado de decisión personal.

—¿Usted no lo creyó?

—Yo había estado casado con ella.

La respuesta no aclaraba nada y lo aclaraba todo.

Kaflan tomó un sorbo de café. Linda observó que sostenía la taza con la mano izquierda. La derecha permanecía libre, apoyada cerca del borde de la mesa.