10 #3
—Necesito que localices al periodista español —dijo—. Me dijiste que estaba en uno de los hoteles del centro. Vino por el Žalgiris-Real Madrid y andaba husmeando. También había puesto una queja formal porque no le dejaban visitar la clínica en la que estaba ingresada su mujer.
— Manuel… Manu. Un tipo peculiar. Siempre acaba hablando de una falta de ese partido ¿Qué ha pasado?
Kaflan miró el rostro parcial de Rebeca, la pulsera, la nieve retirada como si alguien estuviera excavando no un cadáver, sino una respuesta mal conservada.
—Su mujer acaba de aparecer.
Ugnė tardó un segundo en hablar.
—¿No estaba en la clínica?
Kaflan observó la piel azulada, la boca apenas entreabierta, el punto oscuro de la mejilla, las pestañas rígidas por cristales microscópicos de hielo.
—Ya no.
Al otro lado hubo un silencio breve, profesional. No hacían falta más palabras. Luego Ugnė dijo que se encargaba.
Kaflan guardó el teléfono.
Rasa seguía junto al cuerpo. Tenía la linterna fija sobre la mejilla de Rebeca, pero su mirada no estaba allí, sino un poco más abajo, en la línea del cuello. Kaflan se acercó.
—¿Qué ves?
—No lo sé todavía.
—Has dicho eso hace media hora.
—Y sigue siendo cierto.
Retiraron otra capa de nieve. Apareció la clavícula, parte de una bata y un camisón térmico hospitalario, una zona de piel con restos de adhesivo circular bajo la oreja.
No había signos evidentes de lucha. No había sangre visible.
No había el desorden que una mente sencilla espera encontrar alrededor de un asesinato.
Eso era lo peor: la escena no parecía violenta. Parecía gestionada.
Rasa respiró hondo.
Retiró con dos dedos enguantados un trozo grande de nieve.
Aparecieron los pies.
Uno quedaba prácticamente todavía oculto.
El otro había aparecido bajo la nieve desplazada.
No llevaba zapato. Llevaba un calcetín hospitalario antideslizante, blanco, con pequeños puntos de goma en la planta.
El tejido estaba roto en la zona del talón.
La piel mostraba una abrasión amplia, sucia, con cristales de hielo incrustados.
Había sangre, poca, oscura, mezclada con agua y sal.
No era la sangre espectacular de una muerte violenta.
Era sangre de caminar donde no se debía caminar, de apoyar un pie anestesiado o aterido sobre suelo helado, de seguir avanzando cuando el cuerpo ya no calcula bien el dolor.
—Se escapó —dijo Kaflan.
Rasa levantó la vista, molesta por la rapidez de la conclusión, pero esta vez no lo corrigió.
Retiraron más nieve con cuidado. La posición del cuerpo confirmó lo que la mano y el pie ya habían empezado a decir.
Rebeca no yacía colocada, sino vencida. Tenía una rodilla flexionada bajo el cuerpo, el torso girado hacia un lado, la cara hundida contra la base gris del montón.
La nieve se había acumulado sobre su espalda y su pelo, pero no formaba una cubierta uniforme.
Había huecos. Pliegues. Zonas en las que el viento había depositado cristales finos y otras en las que el calor residual del cuerpo había creado una pequeña depresión antes de perderse.
No era un cadáver escondido.
Era una trayectoria interrumpida.
Rasa volvió a la parte superior del cuerpo y apartó un mechón húmedo de la mejilla derecha. Allí estaba la marca: un punto circular bajo el pómulo, limpio, exacto, casi delicado.
—La misma punción —dijo Kaflan.
—Parecida.
—Rasa.
—Parecida —insistió ella—. Hasta que no la examine, es parecida.
Pero su voz había perdido la dureza.
En la mano derecha, Rebeca conservaba algo atrapado entre los dedos. No era un objeto grande. Kaflan tuvo que agacharse más para verlo. Un fragmento de plástico transparente, quizá arrancado de una tarjeta, quizá de una funda de identificación. Rasa lo señaló con la barbilla.
—Bolsa de indicios.
Un agente se acercó.
—Y fotografía antes —añadió ella.
La linterna reveló entonces otras marcas alrededor del cuerpo. Huellas.
No muchas. No limpias. La plaza había recibido demasiado tránsito durante el día, y los operarios habían empujado nieve desde varias direcciones.
Aun así, cerca del bordillo se distinguía una secuencia incompleta: un apoyo ovalado, arrastrado; después otro; después una zona donde la nieve se había hundido con una forma más amplia, como si Rebeca hubiera caído de rodillas.
Desde allí, una línea irregular avanzaba hacia el montón.
Kaflan siguió la dirección con la mirada.
No venía desde la avenida principal, sino desde una calle lateral.
Desde algún lugar situado al norte.
—No murió aquí al instante —dijo Kaflan.
Rasa observó las huellas, luego el cuerpo, luego la plaza.
—No.
—Llegó hasta aquí.
—O casi.
La diferencia importaba.
Kaflan llamó a comisaría.
—Necesito cámaras. Toda la zona entre Aurum Vitae y el Soboras. Hoteles, tiendas, tráfico, lo que haya. Lo quiero para ya.
Kaflan miró alrededor. Nuogas seguía abierto. La gente seguía pegada a los cristales. La iglesia seguía iluminada. La avenida seguía siendo hermosa en ese modo en que algunas ciudades saben ser hermosas incluso cuando sirven de contenedor a lo inadmisible.