10 #2
El viento le golpeó la cara con la precisión de una bofetada.
La tarde se había convertido en noche sin transición visible.
Laisvės alėja mantenía su orden de bulevar peatonal, con las hileras de tilos desnudos partiendo la avenida, pero alrededor del Soboras el espacio se abría y el viento encontraba sitio para acelerar.
La nieve amontonada ya no era blanca. En los bordes inferiores tenía vetas grises, marrones, granuladas por sal y gravilla.
Por fuera parecía una sustancia inocente; por dentro era una mezcla de hielo, suciedad y tiempo comprimido.
El operario municipal sostenía una pala con ambas manos.
Era un hombre grande, de cuello ancho, con un gorro azul oscuro calado hasta las cejas.
A su lado, dos chicas jóvenes temblaban.
Una lloraba. La otra sostenía el móvil en alto, todavía grabando, no porque quisiera hacerlo, sino porque el cuerpo no siempre obedece a la ética cuando ha empezado un gesto.
—Baja el teléfono —ordenó Kaflan en lituano.
La chica lo miró sin entender.
—Bájalo.
Obedeció.
Rasa llegó detrás de él, ajustándose el abrigo. No preguntó qué pasaba. Miró el montón de nieve, después al operario, después a la pala.
—¿Dónde? —dijo.
El hombre señaló con el mango.
Al principio solo se veía una zona rota, una hendidura oscura abierta en la pared del montículo. Kaflan se acercó despacio, no por prudencia escénica, sino porque cada paso debía conservar la escena. Se agachó sin tocar nada.
Había pelo.
No mucho. Un mechón castaño, húmedo, pegado al hielo.
Debajo, una curva de piel. La frente. Parte de una ceja.
Un párpado cerrado con una serenidad que no pertenecía a la muerte, sino a la congelación.
La pala había arrancado una placa de nieve y había dejado al descubierto medio rostro, como si alguien hubiese retirado la sábana de una cama equivocada.
Mujer.
Kaflan lo supo antes de que Rasa lo dijera.
—No sigas —indicó ella al operario.
—Yo no sabía… —balbuceó él—. Estaba despejando. Pensé que era hielo. Había que romperlo desde arriba.
—Nadie dice que supieras nada.
Rasa se puso los guantes. Se inclinó junto al hueco y examinó la parte visible de la cara sin tocarla. La luz de la plaza no bastaba. Kaflan encendió la linterna del móvil y sostuvo el haz inclinado para no borrar relieves.
La mejilla derecha tenía una marca.
Pequeña. Circular. Oscura.
Rasa no dijo nada, y precisamente por eso Kaflan entendió que la había visto.
—Otra vez —murmuró él.
—Calla.
—No me pidas que no vea.
—Te pido que no contamines mi escena con conclusiones precipitadas.
Pero su voz ya no tenía la misma firmeza que en Nuogas.
Llegaron dos agentes uniformados. Luego otro operario.
Después, una patrulla que bloqueó parcialmente la entrada de vehículos.
La gente se acumulaba a distancia, atraída por esa forma miserable de curiosidad que permite acercarse a la muerte siempre que haya una cinta, un uniforme o una excusa moral entre el cadáver y los ojos.
Kaflan ordenó despejar la plaza.
Una de las chicas empezó a sollozar con más fuerza cuando comprendió que había estado posando sobre el montón cinco minutos antes.
Llevaba falda corta, medias gruesas, botas altas y una chaqueta de pelo sintético demasiado clara.
La nieve le había manchado una rodilla. Kaflan reparó en ese detalle porque el cerebro, ante lo intolerable, a veces escoge una superficie pequeña donde descansar.
—Queríamos una foto con la iglesia —dijo la chica, en inglés—. Solo una foto para subirla a las redes.
Nadie respondió.
Rasa pidió herramientas finas, mantas térmicas, bolsas de indicios. Se movía con una concentración casi agresiva. La muerte no la asustaba; la desobediencia de la muerte, sí. Kaflan la conocía lo suficiente para detectar esa diferencia.
Trabajaron desde el lateral, retirando nieve por capas.
No podían extraer el cuerpo allí, no por completo, pero necesitaban confirmar postura, signos visibles, posibles elementos de identificación.
La plaza quedó convertida en un quirófano improvisado: linternas, guantes, vapor de respiraciones, botas evitando pisar donde no debían.
Sobre ellos, las cúpulas del Soboras permanecían iluminadas, enormes, indiferentes, como una maquinaria religiosa incapaz de intervenir en nada que ocurriera a sus pies.
La mano izquierda apareció primero.
Los dedos estaban semiflexionados. No cerrados en puño, no abiertos. Una posición intermedia, de gesto interrumpido. En la muñeca había una pulsera blanca.
Kaflan se inclinó.
El plástico estaba parcialmente cubierto de escarcha, pero las letras seguían ahí, comprimidas bajo una lámina de hielo translúcido.
AURUM VITAE.
Debajo, un código.
Debajo, un nombre.
Rasa lo vio al mismo tiempo. Durante un segundo ninguno de los dos habló. El aire entre ellos pareció endurecerse.
—Lee —dijo Kaflan.
—No.
—Rasa.
Ella limpió el borde con una gasa apenas humedecida en solución estéril. No tocó la piel. No alteró el cierre. Solo retiró la película de hielo que cubría el texto.
—Rebeca Martín —dijo.
Kaflan no conocía el nombre, pero conocía ya su utilidad. Un nombre era una grieta en la administración del horror. Un cuerpo sin nombre podía esperar. Un cuerpo con nombre empezaba a exigir horarios, llamadas, informes, testigos y contradicciones.
—Española —añadió Rasa, mirando una segunda línea—. Fecha de ingreso: seis de febrero.
Kaflan pensó en el periodista del Marca.
Manu. El español que hacía preguntas con demasiada naturalidad, que había llegado a Kaunas por un partido de baloncesto y se había encontrado, sin saberlo, dentro de otro marcador.
Recordó que Ugnė había mencionado su nombre esa mañana: un español alojado en el centro, acreditación deportiva, esposa ingresada en Aurum Vitae.
Como ya había cubierto el partido y tenía que alargar su estancia estaba husmeando sobre las muertes y haciendo preguntas incómodas.
La esposa.
Kaflan se apartó dos pasos y llamó a Ugnė.
Contestó al tercer tono.