La clínica 10
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Tres días después, el inspector Kaflan se encontraba esperando a la forense.

No eligió Nuogas por la comida, aunque la carta parecía diseñada para distraer a quienes necesitaban olvidar durante una hora que Kaunas seguía allí fuera, blanca y compacta, administrando el frío con una precisión casi municipal.

Lo eligió porque desde una de las mesas del fondo podía ver, a través del cristal, la franja iluminada de Laisvės alėja y, más allá, la masa clara del Soboras cerrando la perspectiva de la avenida como una pieza demasiado pesada colocada al final de una bandeja.

La Iglesia de San Miguel Arcángel tenía algo de edificio trasladado desde otra lógica.

Sus cúpulas, sus columnas, la simetría de fortaleza religiosa construida para una guarnición, no terminaban de pertenecer a la vida comercial que se extendía a sus pies: estudiantes con vasos de café, parejas que caminaban abrazadas por puro cálculo térmico, repartidores en bicicleta, escaparates y nieve sucia empujada hacia los bordes.

La ciudad funcionaba como un organigrama.

Encima, la iluminación turística. Debajo, el hielo.

Más abajo aún, pensó Kaflan, lo que alguien había decidido esconder.

Rasa Vaitkienė llegó con diez minutos de retraso y sin disculparse. Se quitó los guantes dedo a dedo, los dejó sobre la mesa y abrió una carpeta azul antes de sentarse.

—No me gusta que me cites en bares, Kaflan.

—No te he citado en un bar. Te he citado en un restaurante con lámparas caras.

Rasa miró alrededor. El interior tenía madera oscura, superficies brillantes, una barra con botellas ordenadas por alturas, y una música demasiado suave para ser casual.

En una mesa próxima, dos mujeres compartían unos rollitos de primavera y hablaban en inglés con acento escandinavo.

El camarero depositó una cerveza frente a Kaflan y una copa de agua con gas frente a Rasa, que no había pedido nada.

—Esto tampoco me gusta —dijo ella.

—El agua es buena para la objetividad.

—Entonces deberías beberla tú.

Kaflan no sonrió. Desde hacía tres días, sonreír exigía una forma de musculatura que no le apetecía utilizar.

Rasa sacó tres fotografías impresas y las colocó boca abajo. No las mostró todavía. Kaflan agradeció ese gesto mínimo. Había visto suficientes cuerpos como para saber que las imágenes tienen temperatura propia, y que algunas enfrían más que el aire de febrero.

—El primer cadáver —empezó Rasa— no me da un homicidio limpio.

—Eso ya lo escribiste.

—Lo escribí porque es verdad.

—Escribiste que las lesiones en muñeca podían ser compatibles con acción autoinfligida.

—Sí.

—Y que la causa probable de muerte era shock hipovolémico.

—Sí.

—Pero no había sangre suficiente.

Rasa apoyó los antebrazos sobre la mesa. Tenía las manos secas, cuidadas con una austeridad profesional. Ningún anillo. Ningún esmalte. Uñas cortas. Kaflan siempre había pensado que las manos de un forense acaban pareciéndose a sus informes: reducidas a función.

—La nieve absorbe, desplaza, diluye. El frío altera la escena. No puedes mirar un cadáver congelado como si estuviera en una habitación cerrada a veinte grados.

—No estoy mirando el cadáver. Estoy mirando lo que falta.

—Siempre falta algo.

—No tanto.

Rasa giró una de las fotografías. Era una ampliación de la cara de la mujer encontrada por los niños junto al castillo.

La piel conservaba esa palidez azulada que el papel fotográfico volvía casi mineral.

En la mejilla derecha, por debajo del pómulo, se apreciaba un punto oscuro, circular, demasiado limpio para ser una herida accidental.

—La marca de la cara —dijo Kaflan.

—Punción.

—Eso no estaba en el primer resumen.

—Porque no era concluyente.

—Ahora lo es.

—Ahora tengo el segundo cuerpo, Kaflan.

El ruido del local se estrechó a su alrededor. Kaflan notó el cambio antes de entenderlo: no hubo silencio, sino una reducción de frecuencias, como cuando una puerta gruesa se cierra al fondo de un pasillo.

Rasa giró la segunda fotografía.

El hombre del parque de Draugystės aparecía de perfil, con el cuello rígido, la mandíbula desplazada apenas unos milímetros, y varias marcas circulares en el cráneo y la parte alta de la espalda.

No eran heridas abiertas. Eran zonas de piel irritada, geométricas, distribuidas con una regularidad que ningún accidente suele conceder.

—Electrodos —dijo Kaflan.

—Adhesivos. Probablemente electrodos, sí.

—¿Probablemente?

—No voy a escribir una palabra que no pueda defender. Había restos de gel conductor. También sedación. Benzodiacepina en sangre. No suficiente para matarlo. Suficiente para reducir resistencia.

Kaflan bebió cerveza. La espuma le dejó un borde amargo en el labio superior.

—Entonces hay delito.

—Hay indicios.

—Eso es una forma elegante de decir delito cuando uno no quiere molestar a la gente adecuada.

Rasa no apartó la mirada.

—No sabes lo que quiero molestar.

—Sé lo que no quieres firmar.

Durante unos segundos, la conversación quedó suspendida entre ellos como un instrumento afilado.

Kaflan pensó en Elada, no porque quisiera pensar en ella, sino porque su memoria ya había aprendido a introducirla en cualquier hueco.

El alta administrativa sin informe clínico.

La llamada que no llegó. La habitación vacía.

La clínica pronunciando el nombre de su exmujer con una compasión perfectamente entrenada.

—Hay algo más —dijo Rasa.

Giró la tercera fotografía.

Kaflan tardó un instante en ordenar lo que veía.

No era una imagen del exterior del cuerpo, sino una sección de tejido tomada durante la autopsia.

Había estratos, capas de coloración distinta, una frontera interna que no correspondía a una cicatrización normal.

Parecía carne que hubiese recibido instrucciones contradictorias sobre cómo repararse.

—¿Qué es?

—No lo sé.

La frase fue peor que cualquier explicación. Rasa casi nunca decía «no lo sé». Decía «no hay datos suficientes», «no puede determinarse», «la hipótesis más prudente es otra». Decir no lo sé era una desnudez.

—El tejido subcutáneo presenta zonas de reparación incompatibles con el tiempo estimado de lesión. Hay inflamación reciente junto a fibrosis antigua. En el mismo plano. En la misma región.

—Como si lo hubieran operado varias veces.

—Como si el cuerpo recordara operaciones que no constan en su historia clínica.

Kaflan dejó la cerveza.

—Eso no lo vas a escribir.

—No con esas palabras.

Fuera, una risa de mujer rebotó contra el cristal.

Al otro lado de la avenida peatonal, varias personas se detenían para fotografiar el Soboras.

La iglesia, iluminada desde abajo, parecía más limpia que durante el día.

La luz nocturna no mostraba las grietas ni la fatiga de la piedra; solo ofrecía volumen, cúpulas, autoridad.

Una arquitectura que había nacido para imponer presencia y que ahora servía de fondo para teléfonos móviles.

En la plaza, Vytenis, el operario municipal, llevaba veinte minutos trabajando junto al lateral de Nepriklausomybės aikštė, donde la nieve retirada durante la semana formaba una línea irregular entre la acera y la calzada.

No era nieve limpia. Era esa mezcla compacta de hielo, sal, gravilla y basura mínima que las ciudades producen cuando intentan seguir funcionando bajo cero.

Había colillas, envoltorios transparentes, hojas negras de humedad y fragmentos de barro endurecido.

Vytenis clavó la pala una vez más, no con fuerza, sino con oficio. La hoja metálica entró en la costra superior y la separó en una placa gruesa. Al apartarla vio algo blanco que no pertenecía al hielo.

Al principio pensó en una bolsa.

No tardaría en averiguar qué secreto podría ocultar la nieve.

Siguió con la pala mientras dos chicas se fotografiaban con el Soboras de fondo.

En el restaurante, el inspector miraba fijamente a Rasa.

—Aurum Vitae —dijo Kaflan.

Rasa cerró la carpeta.

—No.

—Los dos cuerpos aparecen en radios compatibles con la clínica.

—Uno apareció junto al castillo.

—Con una pulsera hospitalaria.

—No se pudo leer el centro.

—Todavía.

—Kaflan.

—El segundo apareció en Draugystės, sedado, con marcas de electrodos, tejido anómalo y una punción en la cara.

Mi exmujer desapareció después de ingresar allí.

Tenemos tres desaparecidos recientes con última señal telefónica cerca de la clínica.

¿Cuántos elementos necesitas para permitirte una sospecha?

Rasa iba a responder, pero un golpe seco llegó desde la plaza.

No fue un grito. Primero fue el golpe: metal contra algo compacto. Después, una pausa. Después sí, el grito, agudo, sostenido, de una joven que todavía no había decidido si pedía ayuda o expulsaba de su cuerpo una imagen que no podía alojar.

Kaflan se volvió hacia el ventanal.

En la acera, varias cabezas giraban hacia Nepriklausomybės aikštė.

Un camarero se quedó inmóvil con una bandeja en la mano.

Las dos escandinavas dejaron de hablar. A través del cristal empañado se veía movimiento junto a uno de los montones de nieve acumulados en el borde de la plaza, cerca de la zona donde los operarios municipales habían abierto una franja para que el agua del deshielo encontrara la alcantarilla.

Kaflan se levantó.

—No —dijo Rasa.

—¿No qué?

—No salgas corriendo como si esto fuera tuyo.

—Lo será en treinta segundos.

Salió antes de que ella pudiera añadir nada.

En realidad, no corrió. El alcohol, el frío y la edad habían enseñado a su cuerpo que correr rara vez mejora una investigación.