9 #2
—Marsha habla demasiado.
Linda la observó.
—¿No te parece extraño?
Susan miró hacia la puerta, no con miedo, sino con cansancio.
—Me parece que estás buscando algo.
—Estoy buscando una explicación.
—Eso es casi lo mismo.
La frase no tenía violencia. Precisamente por eso hirió más. Linda guardó el papel en el bolsillo interior de su abrigo y, al hacerlo, comprendió que acababa de esconder algo no solo de la clínica, sino también de Susan.
Dos habitaciones más allá, en la habitación 214, Rebeca abrió los ojos con la sensación de haber tragado vidrio molido.
Durante unos segundos no supo si estaba despierta o si el dolor había construido una habitación para alojarla.
El techo era blanco. La luz, demasiado limpia.
A su izquierda, un monitor registraba el pulso con una insistencia obscena.
Las cifras cambiaban deprisa. Noventa y ocho. Ciento seis. Ciento catorce.
El cuerpo, cuando se siente invadido, no argumenta. Enumera.
Fiebre.
Taquicardia.
Rigidez cervical leve.
Quemazón en el punto de inyección.
Dolor retroorbitario.
Rebeca no conocía esos nombres, pero los padecía con exactitud.
Se llevó la mano al cuello. Cerca de la línea mandibular, donde la habían pinchado la última vez, notó una zona caliente, abultada. Al tocarla, el dolor se abrió hacia la sien como una corriente eléctrica mal aislada.
Llamó al timbre.
La doctora no tardó. No era Fowler. Era una mujer joven, lituana, con el pelo recogido y una forma de caminar que intentaba parecer tranquila sin conseguirlo del todo. Cerró la puerta al entrar.
Eso fue lo primero que Rebeca registró.
La puerta.
—¿Qué ocurre, Rebeca? —preguntó en inglés—. ¿Cómo te encuentras?
Rebeca intentó incorporarse. El movimiento le produjo una náusea inmediata.
—Mal.
La doctora se acercó con un termómetro de oído, le tomó la temperatura, miró el monitor, después la piel del cuello. Sus dedos fueron cuidadosos, pero no compasivos. La compasión tiene una temperatura propia. Aquello era protocolo.
—Tienes fiebre.
—No me digas.
—Necesito administrarte medicación.
La doctora abrió un cajón del carro que había dejado junto a la cama. Sacó una jeringa precargada, retiró el capuchón y expulsó una gota mínima. La gota brilló en la punta de la aguja con una perfección casi decorativa.
Rebeca la miró.
—Ni se te ocurra.
—Es para ayudarte.
—La última vez también.
La doctora no respondió de inmediato. Ese silencio fue el error. Los mentirosos profesionales suelen hablar enseguida; los que todavía necesitan calcular tardan una fracción de segundo más.
—Tenemos que revertir parte del tratamiento —dijo.
—¿Revertir?
—Ha habido una respuesta no deseada.
—¿Respuesta?
La palabra le salió rota. No por miedo. Por rabia.
La doctora dejó la jeringa apoyada en la bandeja metálica y abrió una carpeta electrónica en la tableta.
—Tu organismo no está integrando bien la intervención. Hay patrones de actividad que no se estabilizan. Alteraciones autonómicas, inflamación local, fiebre. No es frecuente, pero puede ocurrir. El sistema necesita compatibilidad entre determinados perfiles de memoria, respuesta celular y receptor.
—¿Qué receptor?
La doctora levantó la vista.
Demasiado tarde.
—Me dijisteis que podía olvidarlo —dijo Rebeca.
—Y podemos ayudarte, pero ahora hay que parar.
Rebeca miró la bandeja con la comida que no había tocado. Caldo claro. Pan blando. Gelatina roja. La apartó de un manotazo. El plato cayó al suelo y se rompió en tres fragmentos grandes, casi limpios.
—No he olvidado una mierda.
La doctora dio un paso atrás.
—Rebeca, tranquilízate.
La frase entró en ella por un sitio antiguo.
Tranquilízate.
También ellos lo habían dicho.
No en inglés. En español. Con risas alrededor.
Con música al otro lado de una pared. Con una habitación que olía a alcohol derramado, colonia barata y ropa sudada.
Primero habían sido amables de una manera excesiva, como si cada gesto tuviera que ir preparando el siguiente.
Que no pasaba nada. Que todos estaban de fiesta.
Que era guapa. Que no fuese borde. Que su novio no tenía por qué enterarse. Que sabían tratar bien a una chica.
Ella dijo no.
Lo recordó con una precisión quirúrgica. No como una escena, sino como una serie de pruebas.
La mano en su muñeca.
El pomo de una puerta que no giraba.
Una navaja pequeña, doméstica, apoyada bajo la mandíbula.
Una voz explicándole que sí podía aprenderse a decir sí cuando alguien quería vivir.
Después hubo un apagón parcial, pero no completo. Nunca completo. Eso era lo peor. La memoria no había tenido la decencia de romperse. Había conservado detalles inútiles: una lámpara sin pantalla, una mancha de humedad en el techo, una pulsera de hilo rojo en una muñeca masculina.
La doctora tomó de nuevo la jeringa.
—Voy a darte un calmante. En unos segundos podrás dormir.
Rebeca vio la aguja cerca de su cuello.
Una fría navaja acariciando.
Y el cuerpo decidió antes que la mente.
No otra vez.
Le agarró la muñeca con una fuerza que sorprendió a ambas. La doctora intentó retirar el brazo, pero Rebeca ya había girado sobre la cama, usando el dolor como palanca. La aguja cambió de dirección. Hubo un forcejeo breve, torpe, sin coreografía. La jeringa se clavó en el antebrazo de la doctora.
El émbolo descendió.
La doctora abrió la boca.
—¿Qué has hecho?
Rebeca no respondió al principio. Observó cómo la sorpresa se convertía en cálculo y el cálculo en debilidad. El sedante actuaba deprisa. Muy deprisa. La doctora intentó apoyarse en el carro, falló, golpeó la bandeja y dejó caer unas gasas al suelo.
—Revertir el tratamiento —dijo Rebeca.
La ayudó a caer sobre la cama, no por piedad, sino por silencio. Un cuerpo desplomado hace más ruido que un cuerpo guiado.
Luego cerró la puerta con pestillo.
Le temblaban las manos. La fiebre le hacía ver un halo alrededor de las luces. Cada latido empujaba contra el cráneo como si el cerebro hubiera aumentado de volumen dentro de una caja demasiado pequeña.
Desnudó a la doctora con movimientos rápidos y torpes. Bata blanca. Identificación. Zapatillas. Mascarilla. El uniforme no le quedaba perfecto, pero las instituciones no miran los cuerpos; miran las señales. Una bata autoriza más que un rostro.
Antes de salir, Rebeca se miró en el espejo del baño.
No parecía una médica.
Parecía una paciente vestida con la piel equivocada.
Se colocó la mascarilla.
En el pasillo, nadie la detuvo.
Caminó sin correr, porque correr es una confesión. Pasó junto a una enfermera que hablaba por teléfono en lituano, junto a un hombre con flores, junto a una mujer americana que salía de una habitación y guardaba algo en el bolsillo interior del abrigo.
Durante una fracción mínima, Rebeca y Linda se miraron.
Linda vio unos ojos febriles sobre una mascarilla quirúrgica.
Rebeca vio a una mujer que todavía podía marcharse.
Ninguna dijo nada.
El ascensor tardó demasiado. Rebeca bajó por las escaleras de servicio, siguiendo carteles que no entendía y flechas verdes que parecían diseñadas para incendios, no para fugas.
En la planta baja, cruzó un corredor estrecho, salió por una puerta lateral y recibió el aire de Kaunas como una bofetada.
La fiebre no disminuyó. El frío tampoco la curó. Solo ordenó el dolor en capas.
Delante de ella, la ciudad se extendía bajo un cielo bajo, con sus calles húmedas, sus montones de nieve sucia y sus edificios demasiado silenciosos.
Rebeca no sabía hacia dónde ir. Recordó que Manu le había hablado del casco antiguo, de una plaza, de un castillo, de un sitio bonito para pasear cuando terminara todo.
Cuando terminara todo.
Esa expresión le pareció de pronto una dirección.
Se quitó la mascarilla, la guardó en el bolsillo de la bata y empezó a caminar hacia el centro, dejando atrás la clínica con la misma lentitud con la que se abandona una sala de operaciones cuando nadie ha firmado todavía el certificado de defunción.
No llegó a ser consciente de que una sombra la seguía. No había abandonado la clínica sola.