La clínica 9
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Al día siguiente, Linda Harris tuvo suerte a las once y veintidós de la mañana, aunque no lo supo de inmediato.

La suerte, cuando aparece en edificios como Aurum Vitae, rara vez se presenta como una puerta abierta o una contraseña olvidada sobre una mesa.

Suele adoptar formas más discretas: un ascensor que llega vacío, una recepcionista que atiende dos llamadas a la vez, un vigilante que desvía la mirada hacia una pantalla justo cuando alguien atraviesa el vestíbulo con la determinación suficiente para parecer autorizada.

Linda había aprendido eso en archivos universitarios, depósitos de museos y almacenes de instituciones públicas donde nadie quería asumir la responsabilidad de negar el acceso a una profesora de Columbia que hablaba despacio, sonreía poco y pronunciaba la palabra investigación como si perteneciera a una jurisdicción superior.

En la clínica, sin embargo, la suerte exigía una presión más delicada.

—Otra vez tú. Me dijeron que no habría visitas hasta el alta —dijo Kaja, desde la recepción.

No lo dijo con hostilidad. La hostilidad habría sido una información. Kaja prefería la superficie lisa: voz baja, inglés limpio, sonrisa calibrada a una temperatura que no llegaba a ser humana.

—Eso fue antes del protocolo —respondió Linda—. Susan me escribió esta mañana. Quiere verme.

No era del todo mentira. Susan había escrito un mensaje a las nueve y cuarenta y tres.

Estoy bien. No te preocupes.

Linda había leído esas cinco palabras seis veces. La primera, como alivio. La segunda, como prueba insuficiente. La tercera, como sintomatología.

—La señora Powell se encuentra en observación.

—Precisamente.

Kaja bajó la vista al ordenador. Tecleó algo.

Linda observó sus manos: uñas cortas, esmalte transparente, ningún anillo, un pequeño corte en el nudillo del índice derecho cubierto con una tirita color piel.

El detalle no importaba, pero Linda lo archivó.

En su oficio, todo detalle era irrelevante hasta que dejaba de serlo.

—Ya la viste ayer. Cinco minutos serán suficientes —dijo Kaja.

—Diez.

Kaja levantó la mirada.

Linda no añadió nada. A veces, la insistencia más eficaz consiste en no ampliar el argumento.

—Siete —concedió Kaja.

Le entregó una tarjeta de visitante con una cinta gris. Linda la tomó sin agradecer demasiado. La gratitud excesiva también podía delatar culpa.

El ascensor olía a metal caliente y a desinfectante con perfume de cítricos.

Mientras subía, Linda vio su reflejo en las puertas: abrigo oscuro, bufanda mal enrollada, ojeras de dos noches mal dormidas.

Tenía el aspecto de una mujer que acompañaba a una amiga operada.

Eso era útil. También tenía el aspecto de una mujer que no había dejado de pensar en fotografías alemanas de 1943, en ámbar negro y en un hombre joven que, según una anotación imposible, seguía siendo el mismo en 1987.

Eso era menos útil.

El ascensor se abrió en la segunda planta.

El pasillo tenía la serenidad impersonal de los lugares caros.

Suelo claro, paredes blancas, líneas de luz empotradas en el techo, cuadros abstractos que no representaban nada con la suficiente intensidad como para no molestar a nadie.

A la izquierda, una ventana alargada mostraba el parque cubierto de nieve endurecida.

Desde allí, los montones parecían elementos del paisaje urbano, acumulaciones sin biografía.

Linda avanzó hacia la habitación de Susan.

Había recorrido apenas diez metros cuando una mujer salió de una puerta entreabierta y se detuvo en mitad del pasillo.

Era delgada de una manera agotada, no estética.

Llevaba una bata de paciente demasiado grande y calcetines grises.

El pelo, rubio oscuro, le caía en mechones secos alrededor de la cara.

Tendría cuarenta años, quizá cincuenta si la enfermedad había reducido su edad a una estimación imprecisa.

Lo más llamativo eran los ojos. No estaban perdidos.

No estaban medicados. Estaban demasiado presentes.

Un cuerpo exhausto con una mente en guardia.

—Disculpa —dijo la mujer, en inglés.

Linda se detuvo.

Al fondo del pasillo, una enfermera empujaba un carro de medicación. Las ruedas emitían un sonido mínimo, ordenado, como si incluso la fricción obedeciera allí un protocolo.

—¿Tienes hora? —preguntó la mujer.

Linda miró instintivamente su reloj.

—Once y veinticuatro.

—Gracias.

La mujer sonrió, pero la sonrisa no participó en la conversación. Fue un movimiento independiente, como el espasmo residual de un músculo entrenado para parecer cortés. Al pasar junto a Linda, tropezó apenas. Su hombro rozó el de ella. Un contacto breve, clínico, sin calor.

Linda sintió algo en la palma de la mano.

Papel.

—La vi ayer —murmuró la mujer, sin dejar de mirar hacia el carro de medicación—. No es paciente.

—¿Quién es usted?

—Una enfermera me dejó utilizar su tarjeta. Creía que así me protegía. Solo me permitió saber lo que estaban haciendo.

La mujer acercó el hombro al de Linda.

—Elada copió los primeros nombres. Los escondió entre los archivos de traducción. Yo añadí los que vinieron después.

—¿Elada?

—Busque ese nombre. Después busque al hombre que todavía lo lleva.

Linda miró hacia el final del pasillo.

—¿Por qué me lo entrega a mí?

—Porque ha vuelto dos veces. Aquí nadie vuelve si no está buscando a alguien. Y porque usted todavía puede salir.

—¿Y usted?

La mujer cerró los dedos de Linda alrededor del papel.

—Esta mañana cambiaron la palabra que hay junto a mi nombre.

La enfermera estaba ya demasiado cerca.

—¿Cómo se llama? —preguntó Linda.

—Rona.

La mujer siguió caminando hacia el ascensor con una lentitud disciplinada. No miró atrás. La enfermera del carro tampoco pareció advertir nada. O lo advirtió y decidió que no había ocurrido. En instituciones cerradas, esa diferencia solía ser irrelevante.

Linda cerró los dedos sobre el papel.

No lo miró. Mirarlo allí habría sido transformar un hecho clandestino en un acto visible.

Continuó hasta la habitación de Susan.

La encontró tumbada, incorporada sobre dos almohadas, con el cabello recogido de cualquier manera y la piel limpia, casi luminosa.

Llevaba una bata azul claro y una manta sobre las piernas.

En la mesilla había una jarra de agua, un vaso, tres blísteres sin marca comercial visible y una bandeja con una comida intacta: caldo transparente, puré blanco, una compota de manzana.

Susan sonrió al verla.

—Conseguiste entrar. Dos días seguidos.

Había algo en aquella frase que no encajaba. No era el contenido. Era la distribución del afecto. Susan había sonreído, sí, pero la sonrisa parecía haber llegado a su cara por un camino administrativo, como una autorización concedida con retraso.

Linda se acercó a la cama.

—Soy muy insistente cuando quiero.

—Eso ya lo sabía.

—¿Cómo estás?

Susan respiró hondo. Miró hacia la ventana antes de contestar.

—Bien.

Linda esperó.

—¿Bien de verdad o bien de clínica privada?

Susan soltó una risa pequeña.

—Bien de verdad, creo. Me siento ligera. Es raro.

—¿Raro cómo?

—Como si alguien hubiera bajado el volumen de una habitación en la que llevaba años viviendo.

Linda se sentó en la silla junto a la cama. La frase era exacta. Demasiado exacta para ser tranquilizadora.

—¿Dolor?

—Molestias. Nada serio.

—¿Cabeza?

—Un poco. Pero me han dicho que es normal.

Linda miró la bandeja.

—No has comido.

—No tengo hambre.

—Ayer te habrías comido una silla.

—Ayer era otra persona.

Susan lo dijo sin dramatismo. Después bebió un sorbo de agua, como si acabara de comentar un cambio de temperatura.

Linda notó una contracción breve en el estómago.

La mente humana, cuando se defiende, suele pedir nombres.

Diagnóstico. Fatiga. Sedación. Euforia posoperatoria.

Pero había estados para los que las palabras corrientes no servían porque habían sido creadas para tranquilizar a los vivos, no para describir ausencias.

—Me he cruzado con una paciente —dijo Linda—. En el pasillo.

Susan dejó el vaso.

—¿Quién?

—Rona. Me ha preguntado la hora.

—Aquí hay gente muy rara.

—Me ha dado esto.

Linda abrió la mano. El papel estaba doblado dos veces, con una precisión nerviosa. Lo desplegó sobre sus rodillas, protegida por el borde de la cama y por el ángulo muerto de la puerta.

No era una nota. Era una lista.

Los nombres estaban escritos a mano, en letra apretada, inclinada hacia la derecha. Algunos eran lituanos; otros, polacos, alemanes, ingleses. Junto a cada nombre había una fecha, probablemente de ingreso, y una combinación de números precedida por una letra.

3A-12. 3B-07. 3C-04.

La tercera planta.

Linda continuó leyendo.

MARTA KOWALSKA — 18/11 — 3B-07 — transferred.

ELADA KAFLAN — 14/03 — 3C-02 — CAL.

JONAS PETRAUSKAS — 02/12 — 3A-16 — lost.

FRIEDRICH WERNER — 09/01 — 3B-11 — lost.

RONA V. — 06/02 — 3A-09 — pending.

La última línea estaba subrayada dos veces.

Linda sintió que el cuarto cambiaba de tamaño.

No físicamente. La cama seguía allí, la ventana seguía allí, Susan seguía allí con su bata azul y su expresión serena.

Pero las proporciones internas del espacio se modificaron, como ocurre cuando un museo recibe una pieza nueva y de pronto todo el catálogo anterior queda mal clasificado.

—¿Qué es? —preguntó Susan.

Linda le tendió el papel.

Susan lo leyó sin moverse apenas. Sus ojos descendieron por la lista con una lentitud que Linda no pudo interpretar.

Antes del protocolo, Susan habría reaccionado con una mezcla inmediata de alarma, curiosidad y sarcasmo defensivo.

Habría hecho una broma mala para ganar tres segundos de pensamiento.

Habría preguntado quién demonios era Rona y qué significaba transferred.

Ahora dobló el papel y se lo devolvió.

—Puede ser cualquier cosa.

—Susan.

—Una paciente paranoica. Medicación. Estrés. Hay gente que llega aquí muy mal.

—Hay nombres, fechas y habitaciones de una planta que supuestamente no existe para pacientes normales.

—Conspiraciones.

—Me dijiste que Marsha te habló de la tercera planta.