La clínica 8 #3
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Kaja ladeó la cabeza con una amabilidad estudiada.

—El protocolo LIMBO no admite acompañantes.

—No quiero entrar en el protocolo. Quiero esperar y hablar con su doctora responsable cuando termine.

—La doctora Fowler la informará si es necesario.

Linda apoyó las manos sobre el mostrador. No levantó la voz. En su experiencia, levantar la voz servía para que la otra parte pudiera fingir que el problema era el tono.

—Susan es mi amiga. Estoy autorizada como contacto durante su estancia. Anoche me escribió diciendo que hoy pasaría por ese proceso.

Kaja consultó la pantalla. Tardó demasiado para leer un dato tan sencillo.

—Sí. Figura como contacto.

—Perfecto.

—Pero no como familiar responsable.

Linda sonrió sin alegría.

—En Estados Unidos eso no significa lo que cree que significa.

—Estamos en Lituania, doctora Harris.

La frase quedó suspendida entre ellas con una limpieza desagradable.

Linda miró hacia los ascensores. En el indicador luminoso, una flecha descendió desde la segunda planta hasta la planta baja, se detuvo unos segundos y volvió a subir.

No era información suficiente. Pero las personas como Linda no necesitaban información suficiente para empezar a construir una sospecha.

Les bastaba una repetición, una pausa, una respuesta demasiado pulida.

—Esperaré —dijo.

Kaja señaló la zona de sofás.

—Por supuesto. ¿Café?

—No.

Linda se sentó con el abrigo puesto. Desde allí veía la entrada, el mostrador y parte del pasillo lateral que llevaba a consultas. Sacó el móvil. No había mensajes de Susan. Abrió la conversación y leyó de nuevo el último.

Cuando salga te llamo. Si todo va bien, Charlie Pizza cuando me dejen comer algo decente.

Linda escribió:

Estoy abajo.

No recibió respuesta.

A las diez y cuatro, Fowler apareció por el pasillo lateral.

Se había quitado el gorro quirúrgico, pero aún llevaba en el cuello la marca leve de la mascarilla. Al ver a Linda, no pareció sorprendida. Eso fue peor.

—Doctora Harris.

—Quiero ver a Susan.

—Está despertando. El procedimiento ha ido bien.

—¿Qué significa bien?

Fowler la observó un instante con una paciencia que Linda encontró ofensiva.

—Significa que ha tolerado la modulación con parámetros excelentes. No hay signos de reacción adversa. Podrá verla cuando esté instalada en su habitación.

—¿Y eso será cuándo?

—En breve.

—Ustedes usan mucho esa clase de palabras.

—¿Qué clase?

—Las que no se pueden medir.

Fowler no sonrió.

—Comprendo su preocupación. Pero Susan ha consentido este tratamiento. Y, hasta donde sé, usted no es su tutora legal.

La precisión era innecesaria. Por eso Linda la archivó.

Cuarenta minutos después, una auxiliar condujo a Linda hasta la habitación.

Susan estaba incorporada en la cama, con una manta sobre las piernas y una gasa pequeña adherida a un lado del rostro, justo bajo el pómulo.

Tenía buen color. Demasiado buen color para alguien que acababa de pasar por un procedimiento cerebral, o neurológico, o lo que fuese aquella cosa que la clínica insistía en llamar modulación.

Al verla, sonrió.

—Has venido.

Linda se acercó a la cama.

—Claro que he venido. ¿Cómo estás?

Susan tardó apenas un segundo en contestar.

—Bien.

Linda esperó.

—¿Bien?

—Sí. Bien de verdad.

Eso fue lo que la inquietó.

No la calma. No la ausencia de dolor. No la sonrisa.

La expresión exacta de Susan al decirlo: no alegría, sino alivio sin memoria de haber sufrido.

Como si alguien hubiera retirado un mueble enorme de una habitación y Susan, al entrar, no pudiera recordar qué forma tenía ni por qué había ocupado tanto espacio.

—¿Te acuerdas de lo de anoche? —preguntó Linda.

—¿De qué parte?

—Charlie Pizza.

Susan cerró los ojos con una sonrisa cansada.

—Dios. Sí. Sigo queriendo pizza. Aunque ahora mismo creo que me darían una sopa transparente y me convencerían de que es alta cocina báltica.

Linda se permitió respirar.

—Eso suena a ti.

—Soy yo.

La frase fue inmediata. Demasiado inmediata.

Linda miró la gasa del rostro.

—¿Te duele?

—No. Solo noto presión. Como si me hubieran tocado un nervio que no sabía que existía.

En la cabina técnica, ya vacía, Fowler observaba el registro final en una de las pantallas.

El informe automático proponía una conclusión limpia: tolerancia alta, respuesta emocional satisfactoria, reducción de carga somática dentro del rango previsto.

El sistema no sabía qué hacer con la zona sin señal, así que la había desplazado a un apéndice de incidencias menores.

Fowler amplió la imagen.

El mapa de Susan mostraba una región intacta, cerrada sobre sí misma.

No era resistencia.

No era daño.

Era custodia.

La doctora Fowler permaneció inmóvil varios segundos. Después borró la ampliación de la pantalla y guardó el informe en una carpeta restringida.

En la cámara transparente, el ámbar negro había dejado de brillar.

Pero en su centro, muy al fondo, quedaba un punto opaco que no reflejaba la luz de la sala. La retenía.

Hacía años que la doctora no veía algo similar. Tenía que realizar una llamada urgente.