La clínica 8 #2
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8 #2

Al otro lado del cristal, uno de los técnicos introdujo en una cámara transparente un fragmento oscuro.

Susan no lo vio con claridad al principio.

Parecía una piedra, pero no tenía el silencio mineral de las piedras.

Bajo la luz quirúrgica, el objeto conservaba una densidad propia, una opacidad atravesada por vetas internas que no brillaban del todo.

Ámbar, pensó. Pero no el ámbar de los escaparates de Kaunas, no el dorado cálido vendido a turistas en colgantes y pulseras.

Aquello era ámbar después de haber absorbido demasiada noche.

—¿Eso es…? —empezó.

—Un estabilizador de señal —dijo Fowler.

No mintió exactamente. O quizá mintió con la precisión de quien ha aprendido a conservar solo la parte útil de la verdad.

El sedante llegó entonces.

No fue sueño. Fue distancia.

La sala perdió bordes. Las voces continuaron, pero se desplazaron hacia una profundidad amable, como conversaciones oídas desde una habitación contigua durante la infancia.

Susan sintió que la aguja seguía allí, que algo muy fino había establecido contacto con una zona de su cabeza que no sabía nombrar, y, sin embargo, dejó de importarle. La presión, los electrodos, la luz, el olor a antiséptico, todo se reorganizó alrededor de una tranquilidad imposible.

Primero apareció su madre joven.

No como en las fotografías.

No como la recordaba.

La vio en movimiento, cortando fresas en una cocina de Chicago, con una camiseta amarilla y el pelo sujeto con una pinza. Susan no reconocía esa escena. O no recordaba haberla recordado.

La imagen no dolía.

Entró en ella con una suavidad casi obscena, desprovista de la carga que durante años había acompañado cualquier aparición materna.

Su madre levantó la vista y sonrió, pero la sonrisa no exigía nada.

No pedía cuidado.

Tampoco memoria.

Ni culpa.

Solo estaba allí.

Después apareció el hospital.

La habitación donde su madre había muerto de Alzheimer siempre regresaba con olor a saliva seca, crema hidratante barata y flores envejecidas en un jarrón demasiado pequeño.

Esta vez no. Esta vez la habitación parecía ventilada.

Las sábanas estaban limpias. La piel de su madre no tenía ese tono translúcido de los días finales, cuando el cuerpo parecía ensayarse para desaparecer.

Susan la vio en la cama, reconoció los monitores, la boca entreabierta, el gesto ya separado de toda voluntad.

Y no sintió el golpe.

Esperó a que llegara. La contracción en el pecho. La náusea. La culpa perforando desde abajo. No llegó.

En su lugar hubo un dato.

Mi madre murió.

Luego otro.

Yo estaba allí.

Y después una frase sin sangre.

Hice lo que pude.

Susan lloró, pero las lágrimas parecían pertenecer a una persona que estaba viendo llover detrás de un cristal.

—Buena tolerancia emocional —dijo una voz lejana.

—Respuesta vegetativa dentro de rango.

—Reduciendo asociación.

El ámbar se iluminó.

No de una vez. Primero un pulso bajo, casi imperceptible, como si alguien hubiera soplado dentro de la piedra.

Después una claridad más definida recorrió las vetas negras desde el centro hacia los bordes.

Susan no podía verlo directamente; tenía los ojos cerrados o quizá abiertos sin utilidad.

Pero sintió la luz como se siente una presencia a espaldas de uno.

La sala cambió de temperatura. No mucho.

Lo suficiente para que una de las técnicas levantara la vista del monitor.

—Conductividad estable —dijo el técnico.

Fowler no respondió.

La experiencia se volvió todavía más agradable.

Demasiado.

Susan se encontró en el jardín de una casa que no reconoció al principio.

Había césped húmedo, una manguera enrollada y un perro pequeño corriendo con algo en la boca.

Milú. El nombre apareció sin esfuerzo, limpio, casi infantil.

Ella tendría ocho años. Su madre, treinta y pocos.

En la escena no había muerte futura. Nadie estaba enfermo todavía.

Nadie había olvidado el nombre de su hija.

Susan quiso quedarse allí con una intensidad que no tenía forma de deseo, sino de adhesión física, como si cada célula hubiera encontrado por fin una postura cómoda.

Entonces el perro dejó de correr.

Su madre también se quedó quieta.

La imagen no se rompió. Se bloqueó.

El jardín conservó su luz, pero algo al fondo, detrás de la casa, se volvió inaccesible.

Susan no vio una puerta, aunque supo que había una.

No vio una pared, aunque entendió que algo impedía el paso.

La escena seguía siendo agradable, pero la agradabilidad había adquirido la textura de una anestesia insuficiente: por debajo, en una zona remota, algo resistía.

Al otro lado del cristal, el ámbar dejó de emitir luz continua y empezó a latir con irregularidad.

—Artefacto —dijo el técnico joven.

—No es el artefacto —corrigió Fowler.

La voz de Fowler había cambiado. Muy poco. Lo justo.

—Repita barrido.

—Repitiendo.

En la pantalla, una zona del mapa mnésico apareció sin señal. No era ausencia, ni destrucción, ni ruido. Era un espacio en blanco con bordes demasiado definidos.

—¿Bloqueo farmacológico previo? —preguntó la otra médica.

—No consta.

—¿Disociación?

—No así.

Susan oyó las palabras como si estuvieran ocurriendo dentro de una pecera. Le parecieron inofensivas. Técnicas. Casi elegantes.

El jardín seguía detenido.

Su madre miraba hacia la parte trasera de la casa.

El perro tenía algo en la boca. Ya no parecía un juguete.

—Intento de acceso lateral —dijo Fowler.

La presión en la cara aumentó. No dolor.

Profundidad. La aguja, o lo que hubiera más allá de la aguja, corrigió su ángulo con una precisión mínima.

Susan sintió otro fogonazo, esta vez oscuro, no blanco.

Una descarga breve que no iluminó nada, sino que apagó durante una fracción de segundo todo el jardín.

Entonces oyó una voz.

No era la de su madre.

Tampoco la de Fowler.

Una voz tranquila, muy baja, que no pronunció una frase completa. Solo una palabra, quizá dos, en un lugar de su mente donde no debería haber palabras.

Susan no las entendió.

El ámbar emitió un pulso seco.

La cámara transparente vibró sobre la bandeja.

Nadie se movió durante un segundo. Ese segundo, en una sala clínica, era una unidad peligrosa. Los equipos médicos estaban entrenados para que nada durara un segundo entero sin explicación.

—Interrumpa acceso lateral —ordenó Fowler.

—Pero la eliminación parcial está incompleta.

—He dicho que interrumpa.

La luz del ámbar se replegó hacia el centro, como si algo la hubiera aspirado desde dentro. Susan sintió que el jardín se alejaba. Su madre volvió a cortar fresas. El perro echó a correr. La zona detrás de la casa desapareció de su atención con la limpieza de una persiana bajada.

Después llegó el sueño.

Cuando Linda entró en Aurum Vitae a las nueve y diez, la recepción estaba casi vacía.

Kaja levantó la vista desde el mostrador con la misma sonrisa de siempre, una pieza facial de encaje perfecto.

Detrás de ella, la cafetera automática expulsaba vapor en una taza de porcelana blanca.

Dos pacientes se servían café gratis junto a la ventana, vestidos con ropa cómoda y zapatillas caras, como huéspedes de un hotel que hubiera decidido medicalizar la cortesía.

—Buenos días, doctora Harris.

Linda no recordaba haberle dado permiso para utilizar su título académico, aunque probablemente figuraba en algún formulario.

—Vengo a ver a Susan Powell.

—La señora Powell está en procedimiento.

—Lo sé. Precisamente por eso estoy aquí.