La clínica 8
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A Susan la despertaron a las seis y veinte.

No había amanecido del todo, aunque en Kaunas esa diferencia tenía poco valor.

La luz del exterior era una masa gris acumulada detrás de las ventanas, sin dirección precisa, como si la mañana no hubiera decidido todavía entrar en la ciudad.

En la habitación, en cambio, todo estaba ordenado con una claridad artificial: la bandeja metálica junto a la cama, el vaso de agua, la bata limpia doblada sobre la silla, las zapatillas orientadas en paralelo, esperando sus pies.

La enfermera que entró no llevaba el uniforme azul claro de los días anteriores, sino uno blanco, más rígido, con el cuello cerrado y una tarjeta identificativa que Susan no alcanzó a leer porque la mujer se movía siempre un poco antes de que la mirada pudiera fijarla.

—Buenos días, Susan. Hoy tenemos la segunda fase.

La segunda fase.

La expresión no contenía ninguna amenaza.

Era rutinaria, casi amable. Una de esas fórmulas pensadas para que el paciente aceptara la existencia de pasos que no había terminado de comprender.

Susan asintió, todavía con la boca seca, y tardó unos segundos en recordar que ya la habían operado físicamente: el cuerpo corregido, vendado, inspeccionado, convertido en una versión más aceptable de sí mismo según criterios que ella misma había elegido meses antes frente a una pantalla en Nueva York.

Aquello otro, LIMBO, pertenecía a una categoría distinta.

No era exactamente cirugía, aunque usara agujas.

No era terapia, aunque prometiera alivio.

No era olvido, le había explicado Fowler, sino desactivación selectiva.

Seleccionamos. Liberamos. Usted decide qué quiere soltar.

La frase había funcionado en ella como una absolución anticipada.

La enfermera le tomó la tensión arterial, la saturación de oxígeno y la temperatura con movimientos que no tenían prisa.

Después le pidió que se pusiera la bata abierta por detrás.

Susan obedeció con esa docilidad extraña que se instala en los hospitales cuando el cuerpo comprende que ha dejado de pertenecerse por completo.

Se desnudó despacio, protegiéndose las zonas doloridas de la operación estética, y durante un instante se vio reflejada en el cristal oscuro de la ventana: una mujer pálida, con vendajes bajo la bata y el pelo recogido de cualquier manera, esperando que alguien le quitara de la cabeza lo que no había podido quitarse de la vida.

Pensó en Linda.

Había escrito dos mensajes la noche anterior.

Hoy protocolo mental. No te preocupes.

Y luego, diez minutos después:

Cuando salga te llamo. Si todo va bien, Charlie Pizza cuando me dejen comer algo decente.

Linda había respondido casi de inmediato.

No me gusta ese «si todo va bien». Voy a pasarme por la clínica por la mañana.

Susan sonrió al recordarlo. Linda era incapaz de dejar sin supervisión cualquier proceso que incluyera formularios, médicos y países extranjeros. Sobre todo, si el proceso afectaba a alguien a quien quería, aunque ella nunca habría usado una frase tan simple.

—¿La doctora Fowler estará allí? —preguntó Susan.

—Sí —respondió la enfermera—. Y el equipo técnico.

Equipo técnico.

La enfermera lo dijo sin darle más importancia que si hubiera hablado del personal de limpieza.

Salieron de la habitación a las seis y cuarenta y tres.

El pasillo de la planta de recuperación estaba inusualmente silencioso.

No había pacientes caminando con goteros, ni auxiliares retirando bandejas, ni conversaciones en voz baja detrás de las puertas.

Solo el zumbido del sistema de climatización y el roce de las suelas de goma contra el suelo.

Al pasar junto al ascensor, Susan miró de manera automática hacia el indicador luminoso. La flecha señalaba hacia arriba.

Tercera planta.

La enfermera pulsó el botón de bajada antes de que Susan pudiera formular una pregunta.

—Pensé que el área de procedimientos estaba arriba —dijo.

—No todas las salas.

El ascensor llegó sin sonido. Dentro olía a desinfectante y a algo metálico, una nota más fría, quizá procedente de la camilla plegable que habían dejado contra una pared.

Subieron una planta. La enfermera sostuvo la puerta con la mano enguantada y la condujo por un corredor que Susan no había visto antes, más estrecho que los demás, con paredes sin cuadros y luces empotradas en el techo.

No parecía diseñado para tranquilizar a pacientes. Parecía diseñado para moverlos.

Al fondo había una puerta con lector de tarjeta. La enfermera pasó la suya. La luz cambió de rojo a verde.

La sala de LIMBO no era un quirófano, pero había tomado de los quirófanos lo necesario para imponer obediencia: superficies lavables, instrumental cubierto, monitores suspendidos, una mesa articulada en el centro y varios brazos mecánicos plegados sobre sí mismos como insectos dormidos.

A la derecha, tras un cristal, había una cabina técnica con tres pantallas.

En una de ellas Susan vio su nombre, su edad, una fotografía tomada el día del ingreso y una serie de curvas que no supo interpretar.

La doctora Fowler estaba de pie junto a la mesa. Llevaba el pelo recogido bajo un gorro quirúrgico y una mascarilla colgando todavía bajo la barbilla. Sus ojos parecían descansados. Esa fue la primera cosa que inquietó a Susan: la doctora Fowler parecía haber dormido bien.

—Buenos días, Susan.

—Buenos días.

—¿Cómo se encuentra?

La pregunta tenía dos capas. Susan eligió contestar a la superficial.

—Un poco nerviosa.

—Es normal. Hoy no vamos a intervenir sobre el cuerpo. Su cirugía física ya está evolucionando correctamente. Lo que haremos ahora es completar el protocolo de modulación. Usted estará sedada, pero no completamente dormida durante la primera fase. Necesitamos confirmar respuesta.

—¿Voy a notar algo?

—Presión. Quizá algún estímulo sensitivo. Nada que no podamos controlar.

Fowler hablaba como hablaban los médicos buenos cuando estaban a punto de hacer algo que dependía menos de la confianza del paciente que de la precisión de sus propias manos.

La colocaron en la mesa. Una enfermera joven, de acento lituano casi imperceptible al hablar inglés, le pegó electrodos en el pecho, en las sienes, detrás de las orejas y en la parte alta del cuello.

Otro sanitario ajustó una banda elástica alrededor de su frente, no para inmovilizarla del todo, sino para recordarle que no debía moverse.

Alguien le tomó la mano izquierda y le canalizó una vía.

El pinchazo fue breve, limpio. Después llegó el frío del suero entrando en la vena.

—Vamos a enseñarle la interfaz antes de empezar —dijo Fowler.

Una pantalla descendió frente a ella.

No era como Susan la había imaginado. No había imágenes familiares, ni fotografías, ni vídeos domésticos. Solo categorías. Dolor anticipatorio. Repetición intrusiva. Asociaciones de duelo. Carga somática. Respuesta vegetativa a estímulo materno. Debajo, una escala de intensidad.

La muerte de su madre se había convertido en un menú.

Susan tragó saliva.

—No veo recuerdos.

—No trabajamos con recuerdos como tales —dijo Fowler—. Trabajamos con redes de acceso. Usted no perderá los hechos. No olvidará quién era su madre ni qué ocurrió. Lo que reduciremos es la activación patológica del circuito.

La palabra patológica le dio permiso.

Durante años, Susan había sentido que su dolor era una prueba de amor, y que cualquier alivio equivaldría a una traición.

Pero allí, tumbada bajo luces quirúrgicas, con el cuerpo aún dolorido y la cabeza sujeta por una banda, la palabra patológica reorganizó la culpa en otra categoría.

No estaba abandonando a su madre. Estaba tratando una lesión.

—Quiero seguir —dijo.

Fowler asintió al técnico situado tras el cristal.

—Iniciamos mapa basal.

La sala se llenó de sonidos pequeños: pitidos aislados, ventilación, el chasquido de un teclado, un motor casi inaudible desplazando uno de los brazos mecánicos sobre la cabeza de Susan.

Fowler se colocó a su derecha. Otra médica, a quien Susan no había visto antes, palpó con dos dedos un punto bajo el pómulo, no en la mejilla exactamente, sino más atrás, en una región que parecía pertenecer al cráneo antes que al rostro.

Marcó la piel con un rotulador quirúrgico.

—No se mueva —dijo—. Va a sentir anestesia local.

El primer pinchazo fue superficial. El segundo, más profundo, tuvo una cualidad distinta: no dolor, sino invasión. Susan cerró los ojos. Sintió la mano de Fowler sobre su antebrazo, firme, profesional.

—Respire por la nariz.

Susan obedeció.

La aguja principal no entró de inmediato.

Hubo una pausa destinada a comprobar que el anestésico había hecho su trabajo.

Después, una presión lenta, dirigida, casi inquisitiva, avanzó por un territorio donde el cuerpo no esperaba ser atravesado.

No era un corte. No era una herida abierta.

Era peor en algún sentido más íntimo: una ruta estrecha buscando un punto que no podía verse desde fuera.

—Estímulo de comprobación —dijo alguien.

Un relámpago blanco le cruzó la cara.

Susan aspiró con fuerza. No llegó a gritar. El fogonazo se extinguió tan deprisa que durante un segundo dudó de haberlo sentido. Le había recorrido la mandíbula, el ojo, la parte alta de la boca, como si alguien hubiera tocado una cuerda enterrada bajo el hueso.

—Respuesta adecuada —dijo la médica.

—Buen acceso —añadió Fowler.

La pantalla cambió.