La clínica 7 #3
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7 #3

—Según la clínica, mañana. Siempre mañana. Hoy necesitaba descansar. Ayer necesitaba observación. Antes de ayer era mejor no interferir en la adaptación. Me mandan mensajes muy educados. Me llaman por mi nombre. Eso siempre me da mala espina.

—¿Que sean educados?

—Que lo sean de manera perfecta.

Linda pensó en Kaja, en su sonrisa exacta, en los documentos firmados, en los pasillos sin ruido, en la forma en que Aurum Vitae parecía haber eliminado de su funcionamiento cualquier rugosidad humana.

—A Susan tampoco la puedo ver aún —dijo.

Manu no pareció sorprendido. Eso la inquietó más que una reacción exagerada.

—He preguntado por otros acompañantes —dijo él—. En el hotel, en el pabellón, a un conductor. Nada serio. Solo curiosidad profesional.

—¿Y?

—Que hay muchos. Más de los que parece. Gente que viene por operaciones baratas, por tratamientos nuevos, por cansancio. Sobre todo, por cansancio. Eso me dijo una mujer irlandesa en la recepción: «Estoy cansada de ser yo». Lo dijo riéndose. Pero no era una frase graciosa.

Linda miró el último trozo de pizza, ya frío en el plato.

—No.

—Y luego está lo raro.

Linda levantó los ojos.

—¿Qué raro?

Manu dudó. Por primera vez pareció medir el terreno antes de pisarlo.

—Un colega lituano, fotógrafo. Vive aquí. Le pregunté por Aurum Vitae porque Rebeca estaba ingresada y porque yo soy así de pesado. Me dijo que tuviera cuidado. Luego me dijo que no le hiciera caso. Luego cambió de tema y empezó a hablarme de cerveza con un entusiasmo muy poco natural.

—Quizá le gusta mucho la cerveza.

—A todo el mundo le gusta mucho algo cuando quiere dejar de hablar de otra cosa.

Linda no respondió. La frase era demasiado aplicable a demasiadas personas.

Manu sacó el móvil, miró la pantalla y la apagó sin desbloquearla.

—Rebeca me escribió hace una hora —dijo—. «Estoy bien. No te preocupes. Mañana hablamos». Ni un emoji. Rebeca pone emojis hasta en la lista de la compra. Una vez me mandó un aguacate para decirme que comprara aguacates. Sin una sola palabra. Ella es así.

Linda sintió un frío muy localizado, independiente de la temperatura del restaurante.

—Susan tampoco responde.

Manu la miró.

No hubo alarma explícita entre ellos. Ninguno elevó la voz. Ninguno dijo que algo iba mal. Pero la conversación, que hasta entonces había avanzado por aproximaciones, humor, grasa y cerveza, encontró de pronto una superficie dura bajo la nieve.

—No creo que debamos sacar conclusiones —dijo Linda.

—No.

—Los posoperatorios son así.

—Sí.

—Sedación, cansancio, protocolos.

—Claro.

Ambos sabían que estaban enumerando explicaciones no para convencerse, sino para comprobar cuántas cabían antes de que apareciera la siguiente pregunta.

Manu terminó su cerveza.

—Mañana voy a acercarme a la clínica después de enviar la crónica de resaca del partido —dijo Manu—. El Madrid seguramente ya estará en el aeropuerto cuando yo siga corrigiendo frases sobre rebotes ofensivos, faltas inexistentes y tiros libres. No voy a montar ningún número. Solo preguntar.

—Yo también iré.

—¿Quiere que vayamos juntos?

Linda pensó en Susan, en Rebeca, en la clínica, en Naseda, en las fotografías antiguas que todavía la esperaban en el portátil del apartamento. Pensó también en la facilidad con que dos desconocidos podían parecer aliados cuando compartían una misma forma de ignorancia.

—No —dijo—. Mejor por separado.

Manu sonrió apenas.

—Respuesta inteligente.

—Respuesta de supervivencia.

—Eso también.

Pidieron la cuenta. Manu insistió en pagar el pan frito porque, según él, había sido una iniciación cultural y las iniciaciones debían tener padrino.

Linda aceptó, no por cortesía, sino porque discutir habría prolongado la escena hacia una familiaridad que ninguno de los dos necesitaba.

Al levantarse, él se colgó la acreditación al cuello.

El plástico golpeó contra su pecho con un sonido pequeño.

—Linda Harris de Nueva York —dijo—, ha sido un placer raro.

—Manu de Marca —respondió ella—, procure no gritarles a más camareros.

—No prometo nada. Si me sirven otra falta inexistente, actuaré en defensa propia.

Se despidieron en la salida del restaurante, bajo la luz impersonal del centro comercial.

Manu se alejó hacia las escaleras mecánicas, todavía con esa manera suya de caminar como si llegara tarde a una pregunta.

Linda se quedó un instante mirando la galería.

En Akropolis, la noche no entraba; se quedaba prensada contra los cristales, reducida a reflejos oscuros detrás de los anuncios.

Entonces vibró su móvil.

Linda bajó la vista con demasiada rapidez.

No era Susan.

Era un mensaje de Gabrielius Naseda.

He revisado la segunda fotografía. El hombre aparece dos veces. No puede ser posible. Venga mañana temprano.

Linda leyó el mensaje una vez.

Luego otra.

Al fondo, en algún lugar del centro comercial, alguien rio. Una risa joven, limpia, completamente ajena al hecho de que ciertas imposibilidades, cuando se documentaban dos veces, dejaban de ser errores y empezaban a comportarse como pruebas.