La clínica 7 #2
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7 #2

El ruido del centro comercial siguió alrededor de ellos con una indiferencia casi técnica: cubiertos, pasos, una risa de niño, el zumbido de una máquina de café.

—Mi amiga se llama Susan —dijo Linda.

—Mi mujer se llama Rebeca.

La frase quedó sobre la mesa entre la pizza y el pan frito, no como confidencia, sino como identificación de dos pacientes dentro de un mismo sistema.

—¿Aurum Vitae? —preguntó Linda.

Manu asintió.

—Aurum Vitae.

Linda miró el teléfono. Nada.

—¿Qué le hacen a su mujer?

—Reconstrucción después de bariátrica. Al menos esa fue la primera explicación.

Rebeca se operó de estómago hace años. Perdió mucho peso.

Muchísimo. Al principio todo era felicidad estadística: kilos, analíticas, ropa nueva, caminar sin ahogarse, esas cosas que la gente celebra porque son medibles. Pero luego vino lo demás.

—La piel.

—La piel. Y la cabeza.

Linda no dijo nada.

Manu tomó un trozo de pan frito, pero no lo comió. Lo sostuvo entre los dedos, como si acabara de descubrir que no tenía hambre.

—Después de la bariátrica cambió. No solo físicamente.

Eso ya lo esperábamos. Cambió la manera de pedir perdón, por ejemplo.

Antes pedía perdón por existir en una habitación.

Después empezó a no pedirlo nunca. Al principio me pareció sano.

Luego me pareció otra cosa. Como si al perder peso hubiera dejado caer también algunas piezas que yo creía suyas.

Linda pensó en Susan, en la alegría ansiosa con la que había hablado del cuerpo que quería recuperar, corregir, borrar parcialmente.

—Tal vez no cambió —dijo Linda—. Tal vez dejó de actuar como antes.

—Eso me lo he dicho muchas veces.

—¿Y no le convence?

—Me convence algunos días. Otros no.

Manu se inclinó hacia atrás. La luz del restaurante le marcó pequeñas sombras bajo los ojos. Ya no parecía el hombre que discutía faltas desde la barra. O quizá lo era exactamente: alguien que usaba el ruido para mantener a raya otra clase de silencio.

—Rebeca dice que esta vez será distinto. La clínica tiene un programa complementario. No sé si Susan se lo ha contado.

Linda sintió una presión leve en el estómago.

—No lo recuerdo.

—Rebeca lo llama la segunda fase —dijo Manu—. La primera era el cuerpo. La segunda, según ella, es la cabeza.

Linda dejó el vaso sobre la mesa.

—¿La cabeza?

—No literalmente. O eso espero. Algo de recuerdos, ansiedad, culpa. La clínica tiene un nombre para eso. Muy de folleto caro.

—¿Qué nombre?

Manu hizo memoria con una mueca.

—Limbo. En mayúsculas, creo. Como si fuera una sigla. Rebeca me lo dijo por teléfono y luego cambió de tema.

Linda no respondió enseguida. La palabra, pronunciada allí, entre restos de queso y vasos de cerveza, tenía una limpieza incómoda.

No pertenecía al vocabulario quirúrgico, ni al psicológico, ni al administrativo.

Pertenecía a otra zona: una sala de espera sin puertas, un lugar donde las cosas no estaban vivas ni muertas, solo pendientes de clasificación.

—Susan no me ha hablado de ningún Limbo —dijo.

—Tal vez no le dio importancia.

Linda miró el teléfono, todavía sin respuesta.

—O tal vez le pidieron que no se la diera.

—¿Y qué opinas sobre ese protocolo?

Manu miró hacia la galería del centro comercial. Pasaba una pareja joven con bolsas de ropa deportiva. Un hombre mayor consultaba un cajero. Dos chicas se hacían una fotografía junto a una barandilla. El mundo continuaba desplegando pruebas de normalidad con una insistencia poco convincente.

—Yo creo que, si a una persona le quitas dolor, hay que mirar muy bien qué estaba sujeto a ese dolor —dijo—. Porque a veces el dolor es una enfermedad. Y a veces es una costura.

Linda dejó el cuchillo sobre el plato.

Aquella frase no tenía la precisión de un artículo científico, pero poseía otra clase de exactitud: la que nace de observar durante años a alguien que cambia lentamente y no saber en qué momento el cambio dejó de ser recuperación.

—Susan quiere olvidar la muerte de su madre —dijo Linda.

No sabía por qué lo dijo. Quizá porque Manu había entregado ya una parte suficiente de sí mismo. Quizá porque necesitaba escuchar la frase fuera de su cabeza.

—Alzheimer —añadió.

Manu bajó la mirada.

—Lo siento.

—No era mi madre.

—También se puede sentir por lo que le pasa a otro.

Linda aceptó el matiz con una inclinación mínima.

—Susan no quiere borrar a su madre. Quiere borrar el final.

Los pañales, la agresividad, las llamadas a las tres de la mañana, el olor de las residencias.

Quiere recordar quién era antes. Aunque no sabía que la clínica serviría para eso también, eso sí que me lo comentó.

Ahora que lo pienso, no tiene nada de malo, buscar algo así, ¿no te parece?

—Claro.

—Pero no sé si un recuerdo funciona así. Como una pieza contaminada que se extrae y deja intacto lo demás.

Manu asintió lentamente.

—En el deporte pasa algo parecido, salvando todas las distancias y sin ponerme ridículo.

Un jugador se lesiona. Vuelve. Físicamente está curado.

Los médicos dicen que está curado. Las pruebas dicen que está curado.

Pero hay un gesto que ya no hace. Una entrada que evita.

Un salto que calcula medio segundo más. Si le quitas el miedo por completo, quizá recuperas al jugador.

O quizá le quitas también el freno que le impedía romperse otra vez.

Linda lo observó con atención renovada.

—Hace buenas observaciones para escribir de baloncesto.

—El baloncesto es gente tomando decisiones con poco tiempo y demasiada memoria. Da para todo.

Comieron durante unos minutos sin hablar. El silencio no fue incómodo. Había adquirido una función, como el espacio estéril alrededor de una mesa de operaciones. Linda revisó el móvil otra vez. Seguía sin respuesta.

—¿Rebeca puede recibir visitas? —preguntó.

Manu soltó una risa sin alegría.