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Charlie Pizza no tenía nada que ver con una pizzería italiana, y precisamente por eso a Linda le pareció un lugar aceptable.
Había llegado allí caminando desde el apartamento.
Akropolis era un centro comercial enorme, caliente, iluminado con una intensidad que no pretendía imitar el día, sino corregirlo.
Fuera, Kaunas seguía administrando su invierno en capas: nieve pisada junto a los bordillos, charcos oscuros bajo las ruedas de los autobuses, aire compacto entre edificios.
Dentro, en cambio, había adolescentes con bolsas de ropa, familias empujando carritos, parejas que caminaban sin prisa, empleados recogiendo bandejas y una música ambiental lo bastante neutra como para no pertenecer a ningún país.
Después de Aurum Vitae, aquella normalidad tenía una cualidad casi obscena.
Linda se sentó en una mesa pequeña, junto a un cristal desde el que podía verse el movimiento de la galería.
Había pedido una pizza mediana, no porque la deseara, sino porque la palabra pizza permitía aplazar decisiones.
También una cerveza lituana cuya pronunciación no se había atrevido a ensayar delante del camarero.
Cuando se la sirvieron, leyó la etiqueta con atención académica: Volfas Engelman.
Kaunas producía su propia cerveza, al parecer, y Linda encontró cierta cortesía en ese dato, como si la ciudad, bajo su superficie fría, todavía ofreciera mecanismos locales de supervivencia.
Susan habría querido estar allí.
Ese pensamiento llegó sin dramatismo, por una ruta breve y desagradable.
La noche antes de ingresar, Susan había hablado de Charlie Pizza con una ilusión casi infantil, como si después de semanas de restricciones alimentarias, controles, batidos proteicos, indicaciones preoperatorias y pequeñas renuncias, la palabra pizza hubiera adquirido un carácter insurreccional.
Una pizza, había dicho, no una ensalada tibia de hotel, no una sopa clínica, no esa cena ligera que la clínica terminó ofreciéndole en una bandeja blanca, bajo una tapa de acero, cuando decidieron que era preferible que pasara la noche ingresada.
Linda recordaba el mensaje de Susan:
Me han dado caldo. Caldo, Linda. El cuerpo que quiero arreglar acaba de ser castigado con agua con memoria de pollo.
Después, un segundo mensaje:
Cuando salga, Charlie Pizza. Con queso. Con pecado. Con todo.
Y luego nada durante varias horas.
Linda cortó una porción. El queso se estiró con una elasticidad vulgar, tranquilizadora. Había algo profundamente placentero en disfrutar de los alimentos que se negaban a separarse con elegancia. Comió despacio, mirando de vez en cuando el teléfono. Susan seguía sin responder al último mensaje.
¿Todo bien?
Dos palabras.
Un signo de interrogación.
La forma más pobre del miedo.
En la barra, un hombre empezó a reírse demasiado alto.
Linda levantó la vista, no por irritación inmediata, sino por evaluación.
Lo tenía claro, el hombre era español incluso antes de abrir la boca de nuevo.
No por el volumen, aunque ayudaba, sino por la manera de ocupar el espacio con una confianza no agresiva, una familiaridad portátil que parecía haber traído plegada dentro del abrigo.
Tendría unos cuarenta y tantos, quizá menos si se afeitaba con intención, quizá más si dormía poco.
Llevaba una acreditación colgada al cuello, vuelta del revés, y una mochila negra apoyada contra el taburete.
Tenía el pelo castaño, algo revuelto, y esa expresión de cansancio activo de quienes han terminado una jornada, pero todavía no han permitido que el cuerpo se entere.
—No, no, no —decía en español, hablando con el camarero, con un hombre de la barra o quizá con el universo—. Eso no es falta. Eso en Kaunas lo pitan porque aquí el pabellón respira en lituano y los árbitros se ponen sentimentales. Pero falta, lo que se dice falta, no es.
El camarero sonrió sin entenderlo del todo.
Linda volvió a su plato.
—Perdón —dijo el hombre, ahora en inglés, aunque con la misma energía—. Estaba hablando de baloncesto. Es un asunto muy importante. Podría tratarse de un conflicto internacional.
El camarero dijo algo que Linda no entendió. El hombre rio otra vez.
Linda cortó otra porción.
—Si va a hacer diplomacia deportiva —dijo ella en español, sin levantar demasiado la voz—, quizá debería sentarse. Está usted negociando con medio restaurante.
El hombre giró la cabeza.
Durante un segundo pareció sorprendido de encontrar castellano en aquel ángulo improbable de Lituania. Luego sonrió con una rapidez limpia, casi periodística: registrar, interpretar, entrar.
—Española.
—No.
—Latinoamericana.
—Tampoco.
—Vale. Entonces mi radar está oxidado.
—Nueva York.
—Eso explica la autoridad.
Linda señaló la silla vacía frente a ella con el cuchillo, no como invitación sentimental, ni como amenaza, sino como medida acústica.
—Si se sienta, quizá no tenga que seguir informando a todo el Akropolis.
—Acepto por el bien de las relaciones internacionales.
El hombre tomó su vaso y su mochila, se acercó y dejó la acreditación sobre la mesa sin darse cuenta. Linda leyó antes de querer leer: Manuel Arroyo. MARCA. Press.
—Manu —dijo él, extendiendo la mano—. Manuel solo cuando Hacienda me escribe.
—Linda Harris.
—¿Harris de verdad o Harris de «no quiero dar mi nombre completo a un desconocido que grita sobre arbitraje»?
—De verdad.
Se estrecharon la mano. Manu tenía los dedos fríos y una presión breve, directa, sin ensayo. Se sentó, miró la pizza de Linda y luego la carta, como si estuviera comparando dos versiones de un documento filtrado.
—¿Está buena?
—Es funcional.
—Eso en Nueva York debe de ser una crítica devastadora.
—En Nueva York habría añadido más adjetivos.
Manu pidió otra cerveza y un plato que pronunció con una seguridad errónea. El camarero lo corrigió.
—Eso —dijo Manu—. Pan frito con queso. Me da igual cómo se diga mientras llegue.
—¿Pan frito con queso?
—No lo ha probado.
—Acabo de llegar al país.
—Entonces todavía está a tiempo de arruinarse correctamente.
Es pan negro frito, ajo, queso por encima o en salsa, depende del sitio.
Aquí es con mucho queso y un toque agrio.
Cruje como si estuviera cometiendo un delito menor.
En el pabellón me dijeron que lo toman con cerveza.
Y yo respeto las tradiciones locales cuando incluyen grasa.
Linda observó cómo hablaba: no solo con la boca, sino con los ojos, con los hombros, con pequeñas inclinaciones del cuerpo hacia delante.
Había en él una cordialidad natural, pero no era simple extroversión.
Era método. Manu preguntaba incluso cuando afirmaba.
Dejaba frases abiertas. Ofrecía información propia para que el otro se sintiera autorizado a entregar la suya.
Linda había conocido antropólogos con menos técnica.
—¿Baloncesto? —preguntó ella, señalando la acreditación.
—Euroliga. Žalgiris contra Real Madrid. Vengo de cubrirlo.
—¿Y el conflicto internacional?
Manu se pasó una mano por la cara.
—Partido de los que te dejan escribiendo la crónica con la mandíbula apretada.
El Žalgiris Arena lleno, quince mil personas haciendo ruido como si el edificio tuviera pulmones.
El Madrid controlando tramos, perdiendo otros, Tavares recibiendo golpes con esa resignación de faro marino, Hezonja metiendo tiros que parecían decisiones personales contra el mundo…
y al final, los últimos segundos. Una penetración, contacto, silbato, tiros libres.
Dos abajo. Última jugada. Triple que se sale.
Ya está. Kaunas se viene abajo y tú tienes que escribir «derrota en el último suspiro» sin parecer un poeta barato.
—¿Lo consiguió?
—No. Puse «último suspiro». Luego lo borré. Luego lo volví a poner. La derrota manda.
Llegó el pan frito.
No era una ración elegante. Eran bastones oscuros, irregulares, brillantes de aceite, con queso claro adherido en superficies discontinuas.
Linda tomó uno entre los dedos. Estaba caliente, más pesado de lo que parecía.
Al morderlo, el exterior crujió con una violencia seca y el interior conservó una densidad ácida, fermentada, de pan negro y ajo.
El queso no suavizaba del todo; añadía sal, grasa, una capa láctea que prolongaba el sabor hasta hacerlo casi excesivo.
—Entiendo la obsesión —admitió.
Manu levantó el vaso.
—Bienvenida a Lituania.
Linda bebió. La cerveza tenía un amargor limpio, sin complicaciones. Mejor que muchas cosas que había probado en recepciones universitarias donde alguien había usado la palabra «artesanal» como defensa previa.
—¿Es buena? —preguntó Manu.
—No sé si buena. Es competente.
—Otra vez la escuela de Nueva York.
—¿Cuál es la mejor cerveza local?
Manu adoptó una gravedad súbita.
—Pregunta peligrosa. En Vilnius te dirán una cosa, en Kaunas otra, y si hay un lituano escuchando probablemente nos corrija a los dos.
A mí me han recomendado la que estás tomando, Volfas Engelman, porque es de aquí, de Kaunas.
También Švyturys, que ves por todas partes, aunque esa es más de Klaipėda.
Y luego están las pequeñas, que siempre aparecen cuando ya has bebido dos y alguien decide educarte.
—Eso también es universal.
—La pedagogía alcohólica une a Europa.
Linda sonrió. Fue una sonrisa breve, pero real. Le sorprendió notarla en la cara, como si alguien hubiera activado un músculo que llevaba horas sin recibir señal.
—¿Y usted? —preguntó Manu—. ¿Trabajo, turismo o huida?
—Acompaño a una amiga.
Él no respondió enseguida. Esa fue la primera vez que Linda percibió una modificación en su ritmo. Manu dejó el vaso sobre la mesa con cuidado.
—La clínica —dijo.
No era una pregunta.
Linda sostuvo su mirada.
—¿Por qué lo dice?
—Porque estamos en Kaunas en invierno. Porque no lleva usted pinta de haber venido a un spa báltico. Porque está cenando sola con el teléfono boca arriba. Y porque yo también acompaño a alguien.