La clínica 11
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Berlín no envejecía de la misma manera que los hombres.

No acumulaba años en los huesos, sino en soldaduras: piedra nueva sobre piedra vencida, fachadas reconstruidas sobre cimientos quemados, avenidas donde los edificios nuevos evitaban mirar directamente a los huecos que habían sustituido a los antiguos, placas discretas en las aceras, nombres, fechas, una administración minuciosa de la culpa.

Hans Köller caminaba por la Friedrichstraße con el abrigo negro abrochado hasta el cuello, el sombrero ligeramente inclinado hacia delante y una bufanda de lana gris ocultándole la parte inferior del rostro.

No necesitaba esa protección con la urgencia de los ancianos.

El frío le molestaba, pero no lo vencía.

Aun así, se cubría con disciplina, porque el cuerpo, incluso cuando había sido seleccionado con precisión, seguía siendo un inventario de recursos finitos.

Según sus documentos tenía noventa y siete años.

El reflejo que le devolvían los escaparates pertenecía a un hombre de unos sesenta, quizá sesenta y dos en un mal día, alto, delgado, con los hombros todavía rectos y una piel demasiado firme para la edad administrativa que figuraba en sus expedientes bancarios, médicos y notariales.

No era joven. Eso habría sido vulgar, además de peligroso.

La juventud atraía atención, deseo, preguntas.

Köller prefería la conservación. Un organismo bien mantenido despertaba menos sospechas que un milagro.

Apoyaba la mano derecha en un bastón de empuñadura metálica, una pieza antigua rematada por la figura de un águila imperial con las alas plegadas.

No lo necesitaba siempre. Lo utilizaba porque corregía un leve fallo en la rodilla izquierda, un dolor intermitente que aparecía al bajar escalones y que no pertenecía a ninguno de los recuerdos que conservaba con claridad.

Esa era una de las incomodidades de su condición: las cicatrices no siempre venían acompañadas de explicación.

El cuerpo recordaba cosas que él no había vivido.

A la una y veinte entró en el restaurante.

Era un local estrecho, con paredes de madera oscura, lámparas bajas y una clientela acostumbrada a no levantar la voz.

Köller comía allí tres veces por semana, siempre en la misma mesa, de espaldas a la pared y con visión parcial de la puerta, no por miedo, sino por costumbre estructural.

Había costumbres que dejaban de ser prudencia y se convertían en arquitectura interna.

El camarero acudió antes de que hubiera terminado de quitarse los guantes.

—Me alegra verlo, señor Köller.

—A mí también, Albert.

Köller dejó el sombrero y el abrigo en el perchero, alisó la manga de la chaqueta y se sentó. No miró la carta. La carta era para quienes aún confundían elegir con tener apetito.

—¿Qué tenemos de primero?

—Sopa de la casa. Como cada miércoles.

—Que esté bien caliente, por favor.

Albert asintió con una sonrisa profesional.

—Desde luego. Bastante frío hace fuera. Ahora vuelvo con su bebida.

Köller extendió la mano y le sujetó el antebrazo.

No fue un gesto violento. Ni siquiera rápido. Cerró los dedos con una exactitud casi médica, rodeando tela, músculo y radio, y el camarero se quedó inmóvil. Durante un segundo miró la mano de Köller como se mira un instrumento que ha empezado a funcionar sin que nadie lo haya activado.

—Espere.

—¿Algún problema, señor?

La voz de Albert perdió medio tono. Era joven, treinta y tantos, suficiente edad para disimular el miedo y demasiado poca para comprender de dónde venía. Köller notó el pulso bajo la manga. Un animal pequeño golpeando desde dentro.

—Hoy no beberé lo de siempre —dijo—. Tráigame vino.

Albert tardó una fracción en responder.

—Claro. ¿Un tinto? Tenemos un Rioja que quizá le guste.

Köller soltó el brazo.

—Sí. Un Rioja.

El camarero se retiró con una diligencia excesiva.

Köller colocó los cubiertos sobre la mesa.

Primero el cuchillo, paralelo al borde. Luego la cuchara, con la concavidad hacia arriba.

Después el tenedor. La servilleta a la izquierda, doblada una sola vez.

No soportaba los pequeños desórdenes antes de comer.

Le recordaban laboratorios improvisados, mesas de madera manchadas, correas de cuero mal ajustadas, manos que temblaban cuando todavía no se había descubierto que el temblor podía arruinar una transferencia.

Albert volvió con la copa.

El vino tenía un color granate, cerrado, y dejaba una lágrima lenta en el cristal. Köller lo hizo girar. A veces pensaba que la memoria funcionaba así: una sustancia oscura, depositada en las paredes internas del recipiente, cuyo verdadero cuerpo solo podía medirse por la persistencia del rastro.

—Excelente elección —dijo tras el primer sorbo.

Albert sonrió, más relajado.

—Pensé que le gustaría. Era el que siempre pedía su esposa.

Köller alzó la vista.

—¿Mi esposa?

—Sí. La señora Köller. Venían juntos los jueves, ¿recuerda? Aún la recordamos con cariño. Fue una pena su pérdida.

Köller observó el vino.

La mujer había existido. Eso constaba en fotografías, en documentos, en una tumba mantenida por una empresa de jardinería y en la memoria emocional de personas como Albert.

Había compartido mesa con él, cama con él, cuentas bancarias con él.

También había muerto una mañana de noviembre, con los pulmones llenos de líquido y un gesto de sorpresa que a Köller le pareció, en su momento, una falta de disciplina.

Lo recordaba todo.

No sentía nada.

—Sí —dijo—. Claro.

Albert, quizá intentando reparar la incomodidad que él mismo acababa de producir, añadió:

—A veces comentamos aquella tarde en que entró hecha una furia porque se habían equivocado con la reserva y dijo que en Berlín ya ni siquiera se podía confiar en un camarero con chaleco…

—Es un Rioja exquisito —lo interrumpió Köller.

Albert cerró la boca.

—Enseguida le traigo la sopa.

Cuando se alejó, Köller volvió a probar el vino.

La referencia a su esposa no le había causado dolor; le había causado curiosidad.

No por ella, sino por la ausencia de ella dentro de él.

Había recuerdos que se degradaban como tejido sin riego sanguíneo: conservaban forma, pero no función.

El matrimonio pertenecía a esa categoría.

Una estructura útil para la vida pública. Un recipiente. Nada más.

No ocurría lo mismo con otros recuerdos.

Los otros no se degradaban.

Stutthof, enero de 1945.

El primer cambio no había sido una operación.

Ni siquiera un procedimiento. Había sido una violencia organizada alrededor de una hipótesis.

El laboratorio olía a desinfectante barato, carbón húmedo y miedo humano acumulado en paredes porosas.

El prisionero polaco estaba sujeto a la mesa con correas demasiado anchas, lo que indicaba que alguien había previsto convulsiones, pero no la clase de convulsiones que llegaron después.

Tenía veintitrés años, quizá veinticuatro.

Un cuerpo fuerte, desnutrido solo en la superficie, con un sistema nervioso todavía capaz de resistir.

Köller recordaba los dientes del prisionero.

No su nombre.

Los nombres eran una concesión administrativa.

Los dientes, en cambio, habían chocado unos contra otros cuando introdujeron la aguja en el punto de acceso, y ese sonido se le había quedado fijado con una nitidez superior a cualquier palabra.

El ámbar entonces era tosco, apenas una pieza orgánica ennegrecida por tratamientos químicos rudimentarios, un conductor inestable.

Habían colocado fragmentos alrededor de las conexiones, cerca del cráneo, junto a la columna, sobre el pecho.

Nadie sabía todavía qué cantidad era suficiente.

Nadie sabía si el dolor ayudaba o interfería.

El muchacho polaco había abierto los ojos en el instante final.

Durante tres segundos, Köller no supo si estaba mirando a la víctima desde fuera o desde dentro.

Después llegó la oscuridad.

Después, el vómito.

Después, un idioma que conocía y no conocía ocupándole la boca.

El procedimiento fue un éxito solo porque todos los fracasos anteriores habían muerto.

El segundo cambio, en 1987, fue distinto.

Limpio. Casi elegante. Una clínica privada a las afueras de Viena, instrumental occidental, anestesia precisa, monitorización cardiaca, personal que no preguntaba porque cobraba suficiente para entender el valor moral del silencio.

El ámbar negro ya había sido refinado. No como mineral decorativo, sino como matriz orgánica. Un estabilizador. Un puente.

Aquella vez no hubo gritos.

Recordaba haber despertado con una sensación de plenitud técnica, no de renacimiento.

La palabra renacer pertenecía a la religión y a la poesía; dos disciplinas que siempre le habían parecido imprecisas.

Lo que él experimentó fue continuidad. Una línea que, por medios artificiales, se negaba a ser interrumpida.

El tercero había sido más difícil.

Ahora necesitaba el cuarto.

No de inmediato, se decía por prudencia.

Pero el cuerpo lo desmentía con una suma de pequeñas traiciones.

La rodilla. Un temblor mínimo en el dedo anular al manipular objetos de poco peso.

Dos episodios recientes de desorientación espacial.

Una hemorragia nasal en el lavabo de su apartamento de Charlottenburg, breve pero inadmisible.

Y, por encima de todo, la pérdida intermitente de acceso a ciertos recuerdos.

No todos. Los triviales podían desaparecer sin coste: nombres de restaurantes, caras de abogados, estaciones de tren.

Pero había otros que no podían perderse porque eran combustible.

La memoria común lo mantenía informado.

La memoria adecuada lo mantenía vivo.