5 #2
—Son menores —había contestado él—. Se espera a los padres. Se llama a una psicóloga. Y nadie les vuelve a preguntar nada hasta que yo lo ordene.
—Ya les preguntamos lo básico.
—Entonces deja de hacer lo básico.
El cadáver estaba junto a un banco, parcialmente cubierto por un montón de nieve endurecida.
Lo habían descubierto porque uno de los niños había usado una zanahoria para arrancar un bloque de hielo, jugando a fabricar bolas imposibles.
La zanahoria seguía allí, naranja, ridícula, depositada sobre una bolsa de pruebas como si fuera un instrumento homicida.
Kaflan recordaba la mano.
No el cuerpo. La mano.
Asomaba bajo la costra de nieve con los dedos doblados hacia arriba, en una posición casi deliberada, como si alguien hubiera intentado salir de una caja demasiado estrecha.
No había sangre visible. No había violencia espectacular.
Solo esa mano, el hielo adherido a los nudillos y una uña rota.
Alrededor, las ruinas del castillo parecían menos antiguas que el cadáver.
La piedra medieval, con su torre restaurada y sus muros rojizos, pertenecía a un pasado catalogado.
Aquella mujer no. Aquella mujer pertenecía a una noche que todavía estaba ocurriendo.
Entonces pensaron que era un caso aislado.
Kaflan volvió al presente con Rasa pronunciando su nombre.
—Malis.
—Estoy aquí.
—No. Estabas en otro sitio.
—En el castillo.
La forense no preguntó. Rasa tenía la cortesía de los profesionales que han visto demasiados cuerpos como para exigir confesiones a los vivos.
—Quiero hacer la autopsia cuanto antes —dijo—. Y quiero toxicología completa. Benzodiacepinas, opioides, anestésicos intravenosos, bloqueantes neuromusculares. También metales, compuestos conductores, residuos de gel médico, adhesivos. Todo.
—¿Compuestos conductores?
—Si alguien colocó electrodos, pudo usar gel. Si alguien hizo algo más raro, prefiero saberlo antes de que desaparezca.
—¿Más raro que qué?
Rasa miró otra vez el cráneo del cadáver.
—Más raro que torturar a un hombre con suficiente limpieza como para que parezca una intervención.
Ugnė se acercó con una carpeta de plástico.
—Tenemos tres desaparecidos en los últimos seis meses con última ubicación conocida en un radio de dos manzanas. Dos locales. Un extranjero. Ninguno aparece en registros de indigencia. Uno había reservado una consulta en Aurum Vitae.
Kaflan no cogió la carpeta todavía.
—¿Sabemos el nombre?
—Tadas Mikelionis. Cuarenta y ocho años. Historial de depresión. Separado. Sin hijos. La hermana denunció la desaparición hace cinco semanas. La clínica dice que canceló la consulta.
—La clínica dice muchas cosas.
El viento arrastró nieve seca desde la loma. Durante un segundo, el cuerpo pareció respirar bajo la capa blanca que empezaba a depositarse de nuevo sobre la ropa. Kaflan sintió el impulso absurdo de apartarla con la mano.
—Hay algo más —dijo Rasa.
Señaló el oído izquierdo. Kaflan se inclinó. En el pabellón auricular había una pequeña costra oscura. No era sangre exactamente. Rasa la tocó con una torunda.
—Secreción serosa con restos hemáticos. Puede ocurrir tras una crisis intensa. Presión intracraneal. Lesión vascular. O una reacción a estimulación profunda mal controlada.
—Hablas como si hubieran intentado encenderlo.
Rasa guardó la torunda en un tubo.
—No. Hablo como si hubieran intentado que respondiera.
Ninguno dijo nada durante unos segundos.
A lo lejos, la ciudad empezaba a aclararse con una luz opaca. Kaunas no amanecía; se desinfectaba lentamente. Más allá del parque, hacia el centro, la colina de Žaliakalnis se elevaba sobre las calles empinadas.
Kaflan pensó en el funicular antiguo, en sus vagones de madera subiendo desde Aušros gatvė hasta la parte alta, hacia la Iglesia de la Resurrección, esa mole blanca y rectangular que dominaba la ciudad con su torre de setenta metros, su terraza superior y su historia de monumento nacional convertido primero en almacén, luego en fábrica de radio, después otra vez en iglesia.
En Kaunas, incluso los edificios parecían haber sido obligados a alojar vidas ajenas.
El centro de medicina legal quedaba no muy lejos de aquella zona alta, en un barrio donde las calles subían con una inclinación que en invierno convertía cada acera en una prueba de equilibrio.
Desde algunos puntos se veía la basílica como un bloque claro contra el cielo, demasiado geométrica para parecer piadosa, demasiado limpia para no recordar una instalación industrial.
Kaflan siempre había pensado que era una iglesia construida por alguien que desconfiaba de las curvas.
—Lo llevamos al centro de medicina legal —dijo—. Nadie toca nada más sin autorización de Rasa.
Ugnė asintió.
—¿Y la clínica?
Kaflan pensó en Aurum Vitae, al otro lado de la ciudad, junto al Nemunas.
Durante casi dos años había evitado mirar demasiado ese edificio.
Elada había entrado allí para una intervención menor y un tratamiento de recuperación.
El alta administrativa llegó en la fecha prevista; no la acompañaba ningún informe clínico verificable.
Ella no volvió a la casa que todavía olía a su champú.
Envió mensajes correctos, frases cortas, explicaciones suficientes.
Después dejó de explicar. Cuando Kaflan intentó pedir información, la clínica respondió con una copia del alta, consentimientos firmados, protección de datos y una amabilidad blindada. Todo legal. Todo cerrado.
Ahora había un hombre muerto en la nieve con marcas de electrodos en el cráneo y la columna.
—La clínica esperará —dijo.
—¿A qué?
Kaflan sacó un cigarrillo. Lo puso entre los labios, pero no lo encendió. Permaneció así unos segundos, con el filtro seco pegado a la boca, mirando el cuerpo.
—A equivocarse. Todos los edificios se equivocan antes o después. Incluso los que tienen ventanas oscuras.
Rasa cerró la bolsa de muestras.
—Este ya se equivocó caminando.
Kaflan bajó la vista hacia los pies destrozados del cadáver.
Pensó en la nieve, en la distancia recorrida, en un hombre sedado avanzando por un parque de madrugada, sin abrigo, sin calcetines, con una orden incompleta latiendo dentro de la cabeza.
Pensó que tal vez no había escapado de ningún sitio. Tal vez había sido expulsado.
Como un órgano rechazado.
El pensamiento no tenía valor probatorio, pero se quedó allí, instalado con una claridad desagradable.
—Quiero cámaras —dijo—. Calles, comercios, autobuses, accesos del parque. Y quiero saber quién salió de Aurum Vitae entre medianoche y las cinco.
Ugnė lo miró con una cautela nueva.
—No nos darán nada sin orden.
—Entonces conseguiremos una orden.
—¿Con qué fundamento?
Kaflan encendió por fin el cigarrillo, dio una sola calada y lo apagó contra la suela antes de pisar fuera de la zona acordonada. Esta vez tuvo cuidado.
—Con el segundo cuerpo.