5
El segundo cuerpo no apareció junto al castillo.
Eso fue lo primero que pensó el inspector Malis Kaflan cuando recibió la llamada, todavía con el café intacto sobre la mesa de su despacho y el cigarrillo apagado entre los dedos.
No pensó en la víctima, ni en la nieve, ni en el protocolo.
Pensó en la distancia.
En que el primer cadáver había sido encontrado por dos niños cerca de las ruinas del castillo de Kaunas, bajo una costra de hielo que había permitido imaginar, durante unas horas, que tal vez la ciudad solo había escondido una muerte antigua.
Un accidente. Una indigente. Una mujer vencida por el invierno.
El segundo cuerpo estaba en Draugystės park, al este, donde Kaunas dejaba de parecer una ciudad hecha para postales de casco viejo y se convertía en una extensión de avenidas anchas, bloques residenciales, supermercados, paradas de autobús y zonas verdes diseñadas para que las familias pasearan los domingos sin hacerse preguntas.
El parque de la Amistad tenía caminos, bancos, áreas infantiles y máquinas de ejercicio al aire libre que en invierno parecían aparatos ortopédicos abandonados por una civilización optimista.
A esa hora, antes del amanecer, no había niños.
Solo patrullas, cinta policial y una ambulancia que ya no tenía nada urgente que hacer.
Kaflan aparcó junto a Taikos prospektas y permaneció unos segundos dentro del coche, con el motor encendido, observando el vapor que salía de los tubos de escape de los vehículos oficiales.
En el parabrisas se acumulaban puntos diminutos de hielo.
La calefacción no conseguía quitarle del todo el frío de las manos.
—Jefe —dijo Ugnė Gricius al abrirle la puerta desde fuera—. Esta vez no lo encontraron unos críos.
Kaflan apagó el motor.
—Eso casi parece una mejora.
—Lo encontró un hombre que paseaba al perro. El perro empezó a escarbar.
—Los perros deberían estar prohibidos en los informes de homicidios.
Ugnė no sonrió. Tenía nieve en el gorro y el rostro de quien llevaba demasiado tiempo intentando decidir qué parte de lo visto debía contar primero.
Kaflan salió del coche. El frío le entró por el cuello del abrigo haciéndole temblar ligeramente.
No era un frío teatral. Era un frío continuo, persistente.
Avanzaron por uno de los caminos interiores del parque, entre árboles desnudos y bancos cubiertos por una capa irregular de nieve compactada.
Las farolas proyectaban círculos débiles sobre el suelo; más allá de esos círculos, el parque volvía a cerrarse.
El montón estaba junto a una pequeña loma artificial, cerca de una zona de juegos.
No era muy grande. Precisamente por eso había pasado inadvertido.
La nieve había sido empujada contra el borde del camino, mezclada con tierra, hojas muertas y restos de sal.
Desde cierta distancia parecía un residuo municipal.
La ciudad producía esos montones durante el invierno: masas sucias, endurecidas, que permanecían días enteros en los márgenes, como órganos extirpados a la calzada.
La doctora Rasa Vaitkienė estaba agachada junto al cuerpo.
No levantó la cabeza cuando Kaflan se acercó.
Llevaba un gorro de lana bajo la capucha del mono protector, guantes gruesos sobre los guantes de nitrilo y una linterna frontal que le convertía el rostro en una máscara blanca, sin edad.
A su lado, una técnica fotografiaba los pies de la víctima con una minuciosidad que a Kaflan le pareció excesiva hasta que los vio.
El cadáver estaba de lado, incompleto a primera vista por la postura.
Un hombre, quizá de cuarenta años, quizá de sesenta; la muerte y el frío eliminaban matices con la misma indiferencia.
Vestía un pantalón de pijama sanitario, azul claro, demasiado fino para la intemperie, y una sudadera gris sin marca visible.
No llevaba abrigo. No llevaba calcetines.
Los pies, expuestos, tenían la piel abierta en varias zonas, con fisuras oscuras en talones y dedos.
Las uñas estaban quebradas. En la planta derecha había restos de gravilla incrustados en la carne.
—Caminó —dijo Rasa.
No fue una explicación. Fue una corrección anticipada.
Kaflan se detuvo a un metro.
—¿Caminó hasta aquí?
—No puedo decir hasta dónde. Pero no lo dejaron muerto en este punto. Caminó antes de morir. Hay lesiones de apoyo, hemorragia subcutánea en las plantas, abrasiones con reacción vital. Si hubiera estado muerto cuando lo trajeron, la piel se habría roto de otra manera. Esto duele antes de sangrar.
Ugnė apartó la vista hacia la zona infantil. Un columpio se movía apenas, empujado por el viento, sin producir sonido.
—La clínica dice que puede ser un indigente —comentó.
Rasa levantó entonces la cabeza.
—La clínica habla muy rápido para no haber visto todavía el cadáver.
Kaflan miró hacia el otro lado del parque.
Entre los árboles y los bloques no podía verse Aurum Vitae; la clínica quedaba al oeste, junto al Nemunas.
La distancia impedía convertir el hallazgo en una acusación inmediata, pero no explicaba por qué el edificio ya estaba opinando sobre un cadáver que aún no había sido identificado.
—¿Quién habló con la clínica? —preguntó.
—Un administrativo —dijo Ugnė—. Llamamos a varias clínicas por la ropa sanitaria. Aurum Vitae respondió antes que ninguna. Dijo que últimamente había gente durmiendo por la zona y que no les extrañaría que fuera alguien sin techo.
—Qué considerados.
Rasa volvió al cuerpo. Con una pinza separó el pelo de la nuca. Kaflan vio entonces las marcas.
No eran heridas grandes. Eso las hacía peores.
Había pequeños círculos en la piel del cráneo, algunos en las sienes, otros más atrás, alineados con una simetría que no pertenecía al azar.
En la parte alta de la columna, bajo la base del cuello, aparecían dos puntos de punción, casi cerrados, y más abajo, siguiendo la línea vertebral, varias señales rojizas, como quemaduras superficiales o irritaciones por adhesivo.
—Electrodos —dijo Kaflan.
—Eso parece.
—¿Electroshock?
Rasa respiró despacio. El vaho le empañó por un segundo las gafas.
—No como se entiende habitualmente. Las marcas craneales podrían corresponder a electrodos de estimulación o registro.
Pero las de la columna no encajan con una sesión psiquiátrica.
Alguien trabajó también sobre el eje medular.
Cervical, dorsal alta. Hay punciones finas.
No son las de una autopsia. No son las de una tortura improvisada.
—¿Cirugía?
—Si lo fue, quien la hizo tenía buen pulso.
Kaflan se agachó. El rostro del hombre estaba vuelto hacia la nieve.
Rasa, con ayuda de la técnica, lo giró lo imprescindible.
La piel tenía un color extraño, no exactamente gris, no exactamente azul.
En la mandíbula había tensión. Los labios estaban entreabiertos y la lengua mostraba una pequeña mordedura lateral.
—¿Convulsiones?
—Probablemente. Pero hay otra cosa.
Rasa levantó la mano izquierda del cadáver. En el antebrazo, bajo la piel, se apreciaban zonas de coloración desigual, como placas muy finas superpuestas. Kaflan pensó en la corteza de un árbol joven. Luego rechazó la imagen por literaria y porque allí no había nada vivo.
—El tejido está… —Rasa se interrumpió.
—¿Qué?
—Estratificado.
Ugnė la miró.
—¿Eso significa algo?
—Significa que estoy usando una palabra que no debería usar antes de abrirlo.
Pero míralo. Hay áreas donde la piel no responde como una piel sometida al frío.
La dermis parece organizada en capas de diferente densidad.
Como si hubiera cicatrizado muy deprisa.
O como si se hubiera inflamado desde dentro siguiendo líneas que no corresponden a vasos ni a nervios.
—¿Quemaduras?
—No. Injertos tampoco. Al menos no convencionales. No hay bordes quirúrgicos amplios, no hay zonas donantes, no hay patrón de rechazo cutáneo común. Es más sutil. Más interno.
Kaflan sintió una presión leve detrás de los ojos. No era miedo. El miedo tenía otra temperatura. Aquello era una forma de concentración incómoda, la misma que se producía cuando una frase no encajaba en el idioma en que estaba escrita.
—¿Causa de la muerte?
Rasa dejó la mano del cadáver sobre la nieve.
—Hipotermia, quizá. Parada cardiorrespiratoria después de una crisis neurológica. Lo sabré en la sala. Pero hay sedación.
—¿Cómo lo sabes aquí?
—Pupilas, tono muscular, restos de punción intravenosa en el dorso de la mano. Y porque nadie camina descalzo por un parque helado con esta expresión si está completamente consciente.
Kaflan miró el rostro. La expresión no era de terror. Era peor: una concentración extenuada, como si el hombre hubiera intentado recordar una instrucción muy simple y hubiera muerto antes de comprenderla.
El primer cadáver sí había tenido una expresión.
Eso lo recordó en ese momento, no porque quisiera, sino porque la memoria policial funcionaba por asociaciones de materia.
Nieve sobre piel. Cinta amarilla. Ugnė demasiado joven para saber cuándo callarse.
Y dos niños envueltos en mantas térmicas junto al castillo, uno de ellos con los ojos secos y el otro llorando sin ruido, como si el llanto se hubiera quedado congelado en la garganta.
Aquella noche, Kaflan había aparcado cerca del castillo de Kaunas con medio vaso de whisky aun trabajando en su sangre.
Había vuelto a fumar hacía poco. Tres años antes lo había dejado porque Elada quería un hijo y el médico había mencionado, con una crueldad involuntaria, la lentitud de sus espermatozoides.
Perezosos, había dicho. Después vinieron los análisis, las vitaminas, el silencio en la cama, los turnos de noche, las aplicaciones instaladas a escondidas y los mellizos de otro hombre creciendo dentro de su mujer con una eficacia que Kaflan no había podido ofrecerle.
Cuando llegó al castillo, Ugnė le dijo que los niños ya habían hablado.