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Susan se acomodó en la butaca. La medicación empezaba a extenderse por su cuerpo con una suavidad algodonosa. El dolor no desaparecía, pero quedaba situado a más distancia, como un objeto detrás de un cristal grueso.
—¿Qué hay arriba? —preguntó.
Marsha volvió a mirarla.
—¿Arriba?
—La tercera planta. He visto que el ascensor solo conduce a tres plantas de habitaciones. Nuestras habitaciones están en la segunda y esta sala también. No he visto a nadie subir.
El rostro de Marsha no cambió de forma apreciable. Ese fue precisamente el problema. No hubo sorpresa, ni duda, ni el gesto habitual de quien busca una respuesta trivial. Solo una quietud breve, microscópica, como la pausa de una máquina al recibir una instrucción fuera de secuencia.
Después señaló el techo con un movimiento vago de la mano.
—Arriba hay pacientes en un proceso más profundo.
Susan esperó el resto.
No llegó.
—¿Más profundo que cirugía?
—Más profundo que recuperación.
—Eso no explica mucho.
—No todo se explica el primer día, Susan de Nueva York.
La frase fue amable. También fue una puerta cerrada.
Durante unos segundos, ninguna de las dos habló.
En el patio, el empleado de la pala se detuvo para estirarse la espalda.
La nieve acumulada a ambos lados del sendero parecía limpia en la superficie, pero en las capas inferiores tenía un color gris, mineral, mezclado con sal y tierra.
Susan pensó que la nieve, vista de cerca, siempre contenía más cosas de las que prometía desde lejos.
Marsha volvió a animarse con una facilidad casi ofensiva.
—Cuando puedas caminar mejor, te enseño la biblioteca. Bueno, biblioteca es una palabra generosa. Hay revistas de moda, novelas malas, catálogos de bienestar y un libro sobre castillos lituanos que alguien dejó en 2018. Pero tiene sillones cómodos. Y café. El café es crucial.
—Me estás vendiendo la clínica con demasiado entusiasmo.
—Porque me ha cambiado la vida.
Susan giró la cabeza hacia ella.
—¿En qué sentido?
Marsha abrió la boca.
Por un instante, pareció que iba a contestar de verdad. Su expresión perdió brillo; debajo apareció algo inmóvil, una superficie sin decoración. Susan vio cansancio, o tal vez una ausencia que se parecía al cansancio. Luego Marsha parpadeó y la sonrisa regresó a su sitio.
—En todos los sentidos importantes —dijo—. Ya lo verás.
Eglė volvió a buscarlas quince minutos después.
Susan se había quedado medio dormida, con el cuerpo hundido en la butaca y el sonido del pasillo convertido en una masa lejana.
Marsha seguía despierta. No leía, no miraba el móvil, no dormía.
Observaba el patio cubierto de nieve con una atención tranquila, casi especializada.
—Descanso ahora —ordenó Eglė.
Susan aceptó la ayuda para levantarse. Al ponerse de pie, sintió el tirón de las suturas, la presión de los drenajes, el esfuerzo humillante de cada paso. Marsha la despidió levantando dos dedos.
—Mañana, ciudadana provisional.
—Mañana café, espero.
—Mañana preguntas mejores.
Susan quiso preguntarle qué significaba eso, pero Eglė ya la guiaba hacia el pasillo.
Al pasar junto al ascensor, el indicador luminoso cambió.
Dos.
Tres.
Se quedó fijo allí.
Susan redujo el paso sin darse cuenta. Las puertas no se abrieron. No bajó nadie. No subió nadie desde donde ella pudiera verlo. El ascensor permaneció detenido en la tercera planta durante diez segundos, quizá quince, y luego descendió de nuevo hasta la planta baja sin emitir sonido.
—¿Todo bien? —preguntó Eglė.
Susan apartó la mirada.
—Sí. Solo estoy cansada.
La enfermera asintió, satisfecha con una respuesta que no requería intervención.
De vuelta en la habitación, Susan encontró el móvil con la pantalla iluminada. Seguía sin abrir el mensaje que Linda había enviado la noche anterior.
He cenado sola. En el Akropolis se come de fábula. También he estado en el museo. Mañana te cuento. No me gusta lo de las visitas. Te echo de menos.
Susan se sentó en la cama con ayuda, esperó a que Eglė comprobara la vía, la temperatura, los drenajes, la presión arterial. Cuando por fin quedó sola, escribió con un solo dedo.
He conocido a una americana. Marsha. Lleva tres semanas aquí. Dice que el café de la clínica es bueno.
Linda respondió:
Eso no me tranquiliza. ¿Tres semanas? Me dijiste que serían como máximo diez días.
Susan miró la frase. Luego miró la bandeja casi intacta, la gelatina transparente, el caldo frío, las flores secas, la puerta cerrada.
Pensó en Marsha señalando el techo.
Pensó en la tercera planta.
Pensó, también, que estaba agotada, que el dolor tenía derecho a simplificar el mundo y que Linda siempre encontraba una grieta incluso en las paredes recién pintadas.
Escribió frases largas para justificarse, pero no tenía sentido porque no sabía cuánto tiempo tendría que permanecer en la clínica. No todos los pacientes se recuperan de la misma forma.
Borró todo lo que había escrito. Sin compasión.
Duerme , escribió simplemente. Nada más.
Después dejó el móvil sobre la mesa auxiliar y apagó la luz.
En la oscuridad, la habitación no perdió su apariencia de lujo. Solo perdió los argumentos con los que intentaba parecer segura.