4 #2
—Se te nota en los ojos. El primer día los ojos siempre están calculando si todo esto ha sido una decisión o un secuestro caro.
Susan soltó una risa corta y se arrepintió de inmediato.
—No me hagas reír.
—Lo siento. Soy Marsha. Cleveland.
—Susan. Chicago. Pero vivo en Nueva York.
—Oh, perfecto. Costa Este. Entonces fingirás que no te impresiona nada, aunque estés impresionada.
Susan habría querido responder algo más inteligente, pero en ese momento estaba demasiado ocupada intentando que su abdomen no se pronunciara en contra de la conversación.
Marsha se inclinó hacia ella con aire conspirativo.
—Tranquila. El segundo día es peor de una manera más previsible. El tercero empiezas a negociar con Dios o con tu cirujano, dependiendo de tu educación religiosa. El cuarto ya te crees experta. Y el quinto das consejos no solicitados. Yo estoy en esa fase desde hace dos semanas.
—¿Llevas aquí dos semanas?
—Tres —corrigió Marsha, con una sonrisa luminosa—. Tres semanas maravillosas, aunque suene psicótico decirlo.
Susan miró los calcetines antideslizantes, la manta, el pequeño hematoma amarillento que asomaba junto a la vía del brazo izquierdo de Marsha. Tres semanas. Le costó asimilarlo, pensaba que la recuperación duraría tan solo una semana.
—Un poco sí.
—Lo sé. Pero es la verdad. Este sitio es extraordinario. La atención, el equipo, la comida cuando por fin te dejan comer cosas identificables… Incluso el café es bueno, y eso en una clínica debería estar prohibido por alguna convención internacional.
—Todavía no me dejan probarlo.
—Entonces aún no eres ciudadana plena.
Marsha hablaba con naturalidad, sin pausas incómodas, con esa cordialidad estadounidense capaz de invadir una habitación sin parecer agresiva. Susan la agradeció. Después de horas de monitores, drenajes y frases profesionales, la conversación de Marsha tenía algo de superficie habitable.
—¿Qué te hiciste? —preguntó Marsha.
Susan dudó. Había maneras elegantes de explicarlo y maneras exactas. Eligió una intermedia.
—Reconstrucción después de pérdida de peso. Abdomen, brazos y pechos. Un catálogo.
—Bienvenida al club de las mujeres que adelgazaron y descubrieron que el cuerpo no manda cartas de disculpa.
Susan volvió a reír, esta vez con más cuidado.
—¿Y tú?
—Oh, yo… —Marsha levantó una mano y la movió en el aire, como espantando una mosca pequeña—. Un poco de todo. Ajustes. Reparaciones. Decisiones que una toma después de mirarse demasiado tiempo bajo la luz equivocada.
La respuesta era suficientemente íntima para parecer sincera y suficientemente imprecisa para no decir nada. Susan no lo advirtió como sospecha; lo registró como estilo. Había gente que protegía su biografía con bromas, igual que otros protegían el dinero en cuentas numeradas.
—¿Viniste sola?
—Sí. Bueno, no exactamente. Vine con… —Marsha miró hacia el ventanal.
Fuera, en el patio, un empleado con abrigo oscuro empujaba una pala por un sendero estrecho abierto en la nieve. El sonido no llegaba, pero el gesto repetido tenía una monotonía hipnótica.
—Con una amiga al principio —continuó Marsha—. Pero se marchó. Tenía cosas. Ya sabes. La vida.
Susan asintió, aunque no sabía.
—Yo vine con Linda. Está en el apartamento. No la dejan verme todavía.
Marsha giró la cabeza hacia ella con rapidez.
—Sí. Eso lo hacen.
—¿Lo de no dejar visitas?
—Al principio. Por tu bien. Aquí son muy cuidadosos con los estímulos.
—¿Estímulos?
—Fatiga, estrés, gente que entra y sale, preguntas tontas, ansiedad ajena. Todo eso afecta a la recuperación. La gente cree que una visita ayuda, pero a veces solo trae ruido.
Lo dijo con convicción. Sin hostilidad. Como si repitiera algo comprendido, no memorizado.
Susan pensó en Linda, en sus preguntas, en su forma de tocar los marcos de las puertas con la mirada. Sí, Linda traería ruido. También traería criterio. En ese momento, sin embargo, Susan estaba demasiado cansada para distinguir entre ambas cosas.
—¿Y eres de Cleveland ciudad? —preguntó, más por continuar que por verdadero interés.
Marsha sonrió.
—Cleveland es una palabra amplia. La gente dice Cleveland cuando quiere que no le preguntes por un suburbio.
—Entonces, ¿suburbio?
—El tipo de sitio donde todos tienen garaje, perro y una opinión sobre el equipo de fútbol, aunque no vean los partidos.
—¿Familia allí?
—Tengo… —Marsha bajó la vista hacia sus manos—. Tenía una casa con una cocina enorme. Ridículamente enorme. Encimeras de granito, isla central y luces colgantes. Una cocina pensada para una familia que siempre acababa comiendo de pie.
Susan esperó.
Marsha tocó con el pulgar la uña roja del índice, como si comprobara la resistencia del esmalte.
—En fin, las cocinas no importan. Lo importante es que aquí hacen las cosas bien. No como en Estados Unidos, donde todo el mundo tiene prisa por facturarte y echarte a casa antes de que el seguro empiece a protestar.
El cambio fue limpio. No brusco. Marsha había desplazado la conversación como quien mueve una bandeja de una mesa a otra sin derramar el contenido.
Susan lo notó esta vez.
—¿Tienes hijos? —preguntó.
La sonrisa de Marsha apareció de nuevo, intacta, quizá medio segundo tarde.
—¿Sabes qué es lo mejor de este sitio? Que nadie te obliga a ser tu versión oficial. En casa siempre eres algo para alguien. Madre, esposa, exesposa, vecina, jefa, paciente, problema. Aquí eres un expediente que mejora. Hay cierta belleza en eso.
Susan no supo qué contestar.
En la estación central, una enfermera hablaba por teléfono en lituano. Otra revisaba medicación en un carro metálico. Un hombre mayor dormía detrás de un biombo con la boca abierta y un respirador nasal colocado bajo el bigote. Todo seguía funcionando.
—Eso suena un poco triste —dijo Susan.
Marsha la miró con curiosidad, como si la frase perteneciera a un idioma que entendía, pero no usaba a menudo.
—Puede ser. O puede ser eficiente.
Un ascensor sonó al fondo del pasillo.
Las puertas se abrieron con un timbre suave.
Susan vio salir a un celador corpulento empujando una camilla vacía.
Detrás caminaba Kaja, la recepcionista de sonrisa perfecta, hablando con un hombre de bata blanca que Susan no reconoció.
Kaja llevaba una carpeta negra contra el pecho.
Al pasar junto a la sala de recuperación, no miró dentro, pero su sonrisa permanecía preparada, como un instrumento esterilizado.
Marsha siguió la dirección de su mirada.
—Ella lo sabe todo —dijo.
—¿Kaja?
—Kaja, sí. Si este edificio tuviera pulso, ella lo mediría desde recepción.
—A mí me pone un poco nerviosa.
—Porque eres nueva.
—¿Luego mejora?
Marsha no respondió enseguida. Observó el pasillo, el ascensor cerrado, el número luminoso que marcaba la planta.
—Luego aprendes qué preguntas hacer.
—¿Y cuáles son?
—Las que te dan respuestas útiles.