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Susan despertó con la impresión de que alguien había sustituido su cuerpo durante la noche por una versión más pesada, menos colaboradora y equipada con mecanismos de dolor innecesariamente precisos.
No fue un dolor dramático. No tenía la nitidez heroica de una herida abierta ni la violencia limpia de una fractura.
Era una distribución metódica de molestias: presión bajo las costillas, tirantez en el abdomen, una quemazón profunda en los laterales del torso, pequeñas descargas en zonas donde, antes de la operación, Susan no habría sabido localizar con exactitud ninguna terminación nerviosa.
Cada intento de moverse producía una consecuencia.
El cuerpo registraba, respondía, archivaba.
Encima de ella, el techo de la habitación conservaba la misma neutralidad de la tarde anterior.
Paneles blancos, luz indirecta, una rejilla de ventilación en la esquina izquierda y un pequeño detector de humo que parpadeaba con intervalos tan regulares que, durante varios minutos, Susan lo utilizó como referencia para respirar.
Inspirar. Parpadeo. Espirar. Parpadeo. El método no curaba nada, pero introducía orden en la sensación general de haber sido desmontada por dentro.
La habitación no parecía una habitación de hospital, y eso era parte de su eficacia.
Había una butaca gris junto a la ventana, una mesa auxiliar de madera clara, una jarra de agua con rodajas de limón y un ramo de flores secas que, según la tarjeta colocada debajo, procedía de productores locales.
La cama articulada quedaba demasiado bien integrada en el conjunto; si uno no miraba las barandillas laterales ni el mando con botones de colores, podía confundirla con una cama de hotel para personas que habían renunciado a la espontaneidad.
Susan alargó la mano hacia el móvil.
El gesto fue demasiado ambicioso. Algo tiró bajo la piel, no como un músculo, sino como una costura interna recordándole que la arquitectura del cuerpo acababa de ser modificada. Cerró los ojos, esperó a que la punzada se retirara, y volvió a intentarlo con más humildad.
Tenía diecisiete mensajes de Linda.
No los abrió todos. Bastó con leer los tres últimos en la pantalla bloqueada.
¿Puedes recibir visitas?
Estoy en el apartamento. Puedo ir cuando me digas.
Susan, contesta, aunque sea con una palabra.
Susan desbloqueó el móvil con el pulgar. Le costó acertar la primera vez; la yema estaba seca, quizá por los líquidos intravenosos, quizá por el frío general del edificio. Escribió despacio, vigilando que el corrector no convirtiera su cansancio en frases más educadas de lo necesario.
Estoy bien. Me han dicho que no se permiten visitas hasta el alta o hasta que la doctora autorice el primer control. Protocolos de recuperación. No vengas todavía.
Lo leyó dos veces antes de enviarlo. Estoy bien era una expresión tan imprecisa que podía significar cualquier cosa entre la supervivencia y la propaganda. Añadió:
En serio. Solo estoy dolorida. Me dejan descansar.
La respuesta de Linda llegó casi al instante.
¿No se permiten visitas? ¿Ni una persona acompañante?
Susan miró la pantalla, luego la puerta, luego la pulsera blanca de identificación que rodeaba su muñeca. En ella figuraban su nombre, la fecha de ingreso, un código de barras y un número que no recordaba haber visto antes.
Eso me han dicho.
Linda tardó unos segundos más.
Qué raro. Suena a protocolos de Europa del Este mezclados con resort caro. Conmigo no funcionan. En quince minutos estoy allí.
Susan sonrió sin ganas. La sonrisa también tiró de una zona intervenida.
No empieces.
No he empezado. Solo estoy diciendo lo que hay.
Eso es empezar, Linda. En serio, no puedes venir.
La respuesta quedó sin contestar durante un minuto.
Susan imaginó a su amiga en la soledad del apartamento, sentada junto a una mesa demasiado pequeña, con el abrigo todavía puesto, el pelo recogido de cualquier manera y la mirada fija en el móvil como si la pantalla fuera un objeto arqueológico mal catalogado.
Linda no sabía esperar sin producir hipótesis.
Era una incapacidad funcional, como la intolerancia a la lactosa o la miopía.
Cuando volvió a escribir, el tono había cambiado.
Te llevaría algo de comer, pero supongo que tampoco dejan introducir comida.
Susan bajó la mirada hacia la bandeja que una enfermera había dejado media hora antes.
Caldo claro, puré de zanahoria, una gelatina transparente, dos galletas secas sin azúcar y una taza de infusión.
Igual que la cena ligera prometida por la clínica no tenía nada de negligente.
Era correcta, tibia, cuidadosamente insuficiente.
El tipo de comida que uno podía servir a un organismo en reparación sin que ningún manual protestara.
Pensó en Charlie Pizza.
Lo recordaba perfectamente de su primer viaje, es donde cenó antes de su primera operación.
Estaba ubicado en el centro comercial Akropolis, no demasiado lejos del apartamento.
Después de meses de dieta preoperatoria, controles, peso exacto anotado cada mañana y esa hambre disciplinada que había convertido su vida en una contabilidad de gramos, Susan había construido una pequeña fantasía: salir de la clínica, caminar despacio con Linda por una calle helada de Kaunas y pedir una pizza que no tuviera justificación médica.
Una rebeldía con mozzarella.
Ahora la rebelión se había transformado en gelatina transparente y caldo con sal reducida.
Me han dado de comer , escribió. No preguntes qué. Mi estómago aún está a prueba.
¿Cómo te sientes?
Como si me hubiesen rajado y cosido por dentro.
Es lo que han hecho.
Una sonrisa intentó asomar en el rostro de Susan, pero solo consiguió que una arcada se apoderara de su garganta.
Linda respondió con el emoji que parecía el monstruo de Frankenstein.
Susan dejó el móvil boca abajo.
La habitación quedó otra vez en silencio.
No un silencio absoluto; ningún hospital moderno permitía una pureza acústica semejante.
Había un zumbido bajo procedente de la ventilación, el roce ocasional de ruedas en el pasillo, una voz femenina hablando en lituano detrás de alguna puerta y, cada cierto tiempo, un pitido remoto, breve, como si una máquina corrigiera a otra.
Pero todo aquello formaba una capa continua, un sedimento sonoro sobre el que la clínica se presentaba como algo razonable.
A las once, una enfermera llamada Eglė entró para revisar los drenajes.
Era joven, rubia, de movimientos rápidos y expresión contenida. Llevaba el cabello recogido con una pinza transparente, y su inglés tenía una precisión aprendida en manuales, sin apenas desperdicio conversacional.
—Vamos a levantarnos un poco, Susan. Solo unos pasos. Muy despacio.
Susan quiso preguntarle si era imprescindible. La respuesta estaba en la manera en que Eglė ya había retirado la sábana. No tenía opción.
Le ayudó a incorporarse. El mundo se inclinó con lentitud. Susan sintió cómo la sangre cambiaba de distribución en el interior de su cuerpo, como si varios departamentos internos hubieran recibido órdenes contradictorias. Se quedó sentada en el borde de la cama, respirando por la boca.
—Bien —dijo Eglė—. Mareo normal. Dolor normal. Cara normal.
—Gracias por lo de la cara.
Eglė tardó un segundo en procesar la broma. Luego sonrió apenas.
—La cara no ha sido operada.
—Eso explica mucho.
La enfermera le colocó una bata encima de la camisola quirúrgica y comprobó que las bolsas de drenaje quedaran sujetas bajo la tela.
Susan evitó mirar demasiado. Aquellos recipientes transparentes contenían un líquido rosado, acuoso, con pequeños filamentos más oscuros.
No era exactamente sangre; era una versión diluida, administrativa, algo que el cuerpo entregaba después de negociar con el bisturí.
Caminaron hasta el pasillo.
La primera impresión fue de calor. No físico, sino visual.
Frente a la asepsia de la habitación, el pasillo estaba diseñado con una intención casi doméstica: paredes en tonos crema, fotografías en blanco y negro de bosques lituanos, lámparas empotradas que evitaban cualquier sombra agresiva.
Había flores en los extremos, revistas ordenadas en una mesa baja y una máquina de café junto a una pequeña zona de descanso.
Dos pacientes con bata se servían café gratis como si estuvieran en un hotel de lujo, con esa solemnidad absurda de quien sostiene un vaso de cartón después de haber perdido temporalmente el dominio sobre su propio cuerpo.
Susan olió el café y sintió una punzada de deseo más intensa que la quirúrgica.
—¿Puedo?
—Mañana —dijo Eglė.
La palabra tuvo la firmeza de una condena leve.
Avanzaron hasta una sala amplia donde varias camas reclinables quedaban separadas por biombos móviles.
La sala de recuperación postoperatoria tenía ventanales altos, orientados hacia un patio interior cubierto de nieve.
La luz entraba filtrada, gris, sin sol. En el centro, una estación de enfermería con monitores y carpetas organizaba el espacio como un pequeño puesto de vigilancia.
Allí conoció a Marsha.
Estaba sentada en una butaca reclinable junto al ventanal, envuelta en una bata azul claro, con calcetines antideslizantes y una manta sobre las rodillas.
Tenía unos cincuenta años, quizá más, quizá menos; pertenecía a ese grupo de mujeres cuya edad exacta quedaba interferida por el ejercicio, los tratamientos estéticos y una voluntad muy firme de no dejarse resumir.
Llevaba el pelo castaño cortado a la altura de la mandíbula, las uñas pintadas de rojo oscuro y una energía incompatible con cualquier concepto razonable de convalecencia.
—Nueva —dijo, al ver a Susan.
No preguntó. Diagnosticó.
Eglė ayudó a Susan a sentarse en la butaca contigua. La maniobra exigió coordinación, obediencia y una breve pérdida de dignidad. Cuando por fin quedó acomodada, Susan tenía una fina capa de sudor en la frente.
—Primer día —dijo.