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—Todas las salas de conservación tienen vigilancia —dijo él—. Es normal. Lo pedí yo mismo hace años, después de un robo menor. Desde hace una semana, cada vez que entro aquí, pienso en quién revisa las grabaciones.
—¿Quién las revisa?
—Oficialmente, nadie salvo administración.
—¿Y extraoficialmente?
Naseda la miró.
—En Lituania, profesora Harris, extraoficialmente es un país entero.
El zumbido del deshumidificador llenó el silencio. En algún lugar del edificio, quizá en la sala inferior, un grupo de visitantes rio ante una pieza cómica. La risa llegó amortiguada, descompuesta por paredes y conductos, hasta convertirse en un sonido sin fuente.
Linda tomó al fin el teléfono.
—Voy a fotografiarlo todo.
Naseda no se opuso. Mientras ella trabajaba, él permaneció junto a la puerta, con la postura de un hombre que escucha pasos antes de que existan.
Linda fotografió los documentos por secciones, las fotografías completas, el reverso de cada una, las piezas de ámbar con y sin escala, la nota manuscrita.
No usó flash. Cada clic silencioso de la cámara añadía una capa de responsabilidad.
Cuando terminó, revisó las imágenes una a una. En la pantalla del móvil, el membrete de las SS parecía más nítido que en el papel. La tecnología tenía esa indecencia: limpiaba el pasado de su deterioro y lo hacía presente.
—Necesito tiempo —dijo—. Y acceso a bases de datos.
— Quizá pueda conseguirle una cita con alguien en Vilnius que pueda mirar las inscripciones. Tenemos que tratar el asunto con mucho cuidado. Le dijo a su amiga que venía a verme. ¿Que lo contará?
Linda pensó en Susan, en su entusiasmo tenso dentro de Aurum Vitae, en la manera en que había pronunciado la palabra protocolo como si fuera una contraseña hacia una vida menos dolorosa.
—Le diré que ha sido todo muy aburrido.
Naseda asintió, aunque no parecía aliviado.
—Hay algo más.
Linda cerró los ojos un instante. No por cansancio. Por cálculo.
—Enséñemelo.
Él sacó de la caja una última fotografía, separada de las demás por una cartulina.
Era más reciente. Color desvaído, quizá de finales de los ochenta.
Mostraba a tres hombres en una sala que Linda no reconoció.
Uno de ellos era anciano. Otro, de mediana edad.
El tercero estaba de perfil, parcialmente oculto por una sombra, pero sostenía entre los dedos una pieza oscura.
Ámbar negro.
En el reverso había una frase escrita en lituano. Naseda la tradujo sin tocar la fotografía. La inscripción decía: El mismo. 1987.
Linda observó el rostro del hombre de perfil. La imagen era mala. No permitía afirmar nada. Precisamente por eso resultaba peligrosa. Las imágenes borrosas no prueban; contaminan.
—¿El mismo qué?
—No dice lo mismo . Dice el mismo . Masculino.
—¿El mismo hombre?
—O el mismo diablo —dijo Naseda.
Linda lo miró con dureza.
—No me ha llamado para hablar de diablos.
—No —admitió él—. La palabra me sale por deformación del lugar.
Pero ambos miraron la fotografía.
Durante unos segundos, el museo entero pareció ordenarse alrededor de aquella mesa: tres mil demonios domesticados, etiquetados, inventariados, convertidos en patrimonio cultural, y entre todos ellos una caja anónima que no contenía una representación del mal, sino un procedimiento más enigmático.
Linda comprendió entonces la diferencia.
El folclore enseñaba al diablo con cuernos para que cualquiera pudiera reconocerlo.
La historia, en cambio, prefería bata, membrete y archivo.
Naseda volvió a guardar la fotografía.
—Hay gente que dona diablos al museo —dijo—.
Como ya le conté. Es una tradición. Turistas, coleccionistas, familias.
A veces mandan piezas sin valor. A veces piezas hermosas.
Siempre sabemos qué hacer con ellas. Las catalogamos, las limpiamos, las colocamos en su contexto.
Esta donación… —se interrumpió—. Esta donación no quiere ser catalogada.
Linda se puso el bolso al hombro.
—Entonces no la catalogue.
—¿Y qué hago?
La pregunta no sonó profesional. Sonó humana. Eso la volvió más incómoda.
Linda miró por última vez las piezas de ámbar. La negra parecía opaca ahora, cerrada sobre sí misma, inocente como cualquier objeto que aún no ha sido interrogado correctamente.
—De momento, nada visible. Guárdelo todo donde no deba estar. No en el sistema. No en una sala con registro de acceso. No hable de esto por correo. No use nombres propios por teléfono. Y mándeme una copia cifrada de todos los documentos que tenga, desde una conexión que no sea la del museo.
Naseda asintió demasiado rápido.
—¿Cree que estoy exagerando?
Linda pensó en la clínica. En Kaja. En la doctora Fowler que atendió a su amiga a puerta cerrada. En Susan cambiando de cuerpo con la esperanza de que el pasado pudiera separarse de una vida igual que se extirpa un quiste benigno.
—Creo que todavía no sabemos cuál sería la medida correcta.
Salieron del almacén. Naseda apagó la luz y cerró con llave.
Al regresar por las salas públicas, los diablos parecían menos pintorescos.
No porque hubieran cambiado, sino porque Linda ya no estaba mirando objetos: estaba mirando una hipótesis cultural formulada miles de veces con distintos materiales.
El mal como burla. El mal como contrato.
El mal como visitante. El mal como pieza donada sin remitente.
En la planta baja, una niña señalaba una figurilla de madera y reía. Su padre le explicó algo en lituano. La niña imitó unos cuernos con los dedos sobre la frente.
Linda sintió el impulso absurdo de decirle que bajara las manos. Que no era divertido.
Fuera, unas nubes hacían que el cielo se hubiera oscurecido.
No necesitaría las gafas. Aun siendo de día, Kaunas empezaba a encenderse por dentro: ventanas, farolas, escaparates, luces de coches moviéndose despacio sobre la nieve sucia.
Linda se detuvo bajo el alero del museo y consultó el teléfono. Revisó el último mensaje de Susan.
Todo bien. Me sentó de maravilla la cena ligera. Estoy como en un hotel de lujo. No te preocupes.
Linda leyó cada una de las palabras dos veces.
No había nada extraño en ellas. Precisamente por eso la dejó abierta en la pantalla unos segundos más de lo necesario.
A su espalda, al otro lado del cristal, los diablos permanecían iluminados.
Delante, la ciudad ofrecía una perspectiva más amplia, menos catalogada.
Linda guardó el móvil y empezó a caminar.