3 #2
—Esta parecía, al principio, una donación excéntrica.
Ámbar báltico con marcas, fotografías antiguas, papeles en alemán.
Pensé en un coleccionista privado, quizá alguien con demasiada imaginación y poco criterio archivístico.
La nota era inquietante, sí, pero la gente que dona objetos relacionados con el demonio tiende a escribir notas inquietantes. Forma parte del ecosistema.
— Antes de que sea demasiado tarde no es exactamente una fórmula de cortesía.
—No —admitió Naseda—. Pero tampoco es una prueba.
Linda observó los sobres, la carpeta azul, las piezas aún envueltas en espuma gris.
—¿Y qué cambió?
Naseda se quitó las gafas, las limpió con un paño que sacó del bolsillo interior de la chaqueta y volvió a ponérselas sin haber eliminado ninguna mancha visible.
—Esta mañana abrí la segunda carpeta. Hasta hoy solo había revisado el inventario superficial. Tenemos poco personal. Y, francamente, profesora Harris, cuando uno dirige un museo con más de tres mil diablos, aprende a no alarmarse por cada cuerno mal tallado.
—Una disciplina útil.
—Una disciplina peligrosa.
La frase quedó entre ellos con una precisión desagradable.
Naseda respiró hondo.
—Encontré un membrete en alemán. Lenguaje militar quizá médico. No sé leer todos los tecnicismos, pero sé reconocer lo suficiente para entender que no estaba ante folclore. O, al menos, no solo ante simple folclore. Entonces recordé su correo.
Linda levantó la mirada.
—¿Mi correo?
—Usted me escribió hace un mes desde Columbia.
Me dijo que acompañaría a una amiga a Kaunas y que quería visitar el museo, estudiar nuestra colección y valorar posibles préstamos o adquisiciones documentales para el Museo Americano de Historia Natural de Nueva York.
Habló de demonología popular báltica, de objetos rituales menores, de la transformación de la superstición campesina en patrimonio museístico. Fue un correo muy específico.
—Los correos específicos son una enfermedad profesional.
—También mencionó que estaba interesada en piezas no catalogadas, colecciones marginales, objetos sin procedencia limpia.
Linda no respondió enseguida. Recordaba haber escrito eso.
En Nueva York sonaba razonable: una antropóloga buscando materiales para una posible exposición sobre miedo, cuerpo y cultura material.
En aquella habitación, junto a una caja anónima y una carpeta alemana de 1943, la misma frase parecía haber sido redactada por alguien menos prudente.
—Eso explica por qué podía interesarme el museo —dijo—. No explica por qué me escribió como si hubiera un incendio.
—Porque usted no es de aquí. Porque entiende qué es un objeto antes de que alguien lo convierta en una pieza turística.
Porque trabaja con museos lo bastante grandes para saber que las colecciones peligrosas rara vez llegan con una etiqueta que diga peligro.
Y, sobre todo, porque se va a marchar pronto.
Linda lo miró.
—Eso último no parece una credencial académica.
—En este caso es la única que me importa.
Naseda abrió primero la carpeta azul.
Dentro había documentos en alemán. Papel quebradizo, bordes oscurecidos, mecanografía irregular, sellos parcialmente borrados.
Linda no los tocó todavía. Se inclinó sobre ellos con las manos a la espalda, una costumbre adquirida en archivos donde tocar antes de mirar era una forma menor de vandalismo.
Vio fechas: 1943. Vio abreviaturas administrativas.
Vio nombres de unidades que no le gustó reconocer.
Vio, en la esquina superior derecha de una hoja, un membrete con el águila y la esvástica reducidos por el tiempo a una mancha formal, casi burocrática.
Debajo, una línea en alemán indicaba una dependencia médica experimental adscrita a las SS.
No sintió sorpresa. La sorpresa, cuando se trabaja con atrocidades documentadas, es un lujo que se pierde pronto. Sintió otra cosa: un ajuste frío, la manera en que una pieza encaja en un hueco que uno no sabía haber preparado.
—¿Ha mostrado esto a alguien? —preguntó.
—A dos conservadores. Sin contexto. Les dije que eran documentos de guerra pendientes de autentificación. Uno de ellos leyó lo bastante alemán para pedirme que no volviera a enseñárselos.
Linda pasó la vista por una línea mecanografiada.
Versuchsreihe .
Serie experimental.
Más abajo, un término subrayado a lápiz, no por el mecanógrafo original sino por alguien posterior.
Bernstein .
Naseda desenvolvió entonces la primera pieza de espuma.
Era un fragmento de ámbar del tamaño de una nuez pequeña, irregular, de color miel oscuro, con vetas internas que capturaban la luz de la lámpara y la devolvían en capas.
Linda había visto ámbar báltico en tiendas para turistas, montado en plata, convertido en colgantes, pulseras, pendientes para mujeres que querían llevarse una geología portátil del país.
Aquello no tenía ese aspecto dócil. Su superficie estaba pulida solo en una cara.
En la otra conservaba una rugosidad mate, como piel cicatrizada.
Sobre la cara pulida había signos.
No letras latinas. No runas exactamente. No una ornamentación decorativa.
Incisiones breves, secuenciales, agrupadas en campos separados por líneas verticales. Algunas parecían repetirse con variaciones mínimas. Linda sacó el móvil por instinto, pero Naseda levantó una mano.
—Espere. Por favor.
—Necesito fotografiarlo.
—Lo sé. Pero antes quiero que vea las tres.
Desenvolvió las otras piezas.
La segunda era más clara y más plana, casi una lámina, con inclusiones internas: una burbuja alargada, restos vegetales, un punto negro que podía ser un insecto o una impureza mineral.
También tenía inscripciones, aunque más finas, ejecutadas con una herramienta de punta estrecha.
La tercera era distinta. No era ámbar dorado ni miel ni coñac.
Era oscura. Negra bajo la luz directa, pero con un brillo interno, muy profundo, que aparecía solo cuando Linda cambiaba de ángulo.
Naseda no la tocó con los dedos. La movió usando una pinza de conservación.
—Esta estaba envuelta aparte.
Linda acercó la cara.
Las incisiones del ámbar negro no parecían talladas sobre la superficie.
Parecían estar dentro. Esa impresión era probablemente imposible, una ilusión óptica producida por la transparencia parcial del material y la refracción de la luz.
Linda se lo dijo a sí misma con la exactitud de quien se administra una dosis preventiva de sensatez.
—¿Puede leerlo? —preguntó Naseda.
—No.
—Yo tampoco.
—No soy especialista en lenguas bálticas.
—No creo que sea lengua báltica.
Linda levantó la mirada.
—Entonces, ¿qué cree que es?
Naseda tardó en contestar. Se llevó los dedos al puente de las gafas, aunque seguían en su sitio.
—Un registro.
La palabra fue pequeña. Clínica. Suficiente.
Él abrió uno de los sobres fotográficos y extendió varias copias sobre la mesa.
Eran imágenes en blanco y negro, algunas eran originales, otras eran duplicados posteriores.
En la primera se veía un edificio bajo, cubierto de nieve, con alambradas al fondo.
En la segunda, una sala con camillas metálicas y lámparas quirúrgicas.
En la tercera, tres hombres con bata posaban ante una mesa donde había aparatos eléctricos: bobinas, cables, una caja con interruptores, electrodos de gran tamaño, demasiado rudimentarios para la neurología moderna y demasiado ordenados para ser improvisación.
Linda tomó aire muy despacio.
En la cuarta fotografía había una mujer sentada en una silla.
Tenía la cabeza sujeta por una estructura metálica.
La imagen estaba tomada desde un ángulo lateral, quizá para documentar la posición exacta del cráneo respecto a los electrodos.
La mujer no miraba a la cámara. Miraba a un punto fuera de campo con una expresión vaciada de toda utilidad narrativa.
No suplicaba. No gritaba. No parecía heroica. Parecía cansada.
Eso era lo que hacía insoportable la fotografía.
Las fotografías de laboratorio buscaban el ángulo correcto, la distancia medible, la postura que permitiera repetir el procedimiento. Y todo eso lo convertía en algo aún más terrorífico.
—¿De dónde salió esto? —preguntó Linda.
—No lo sé.
—Gabrielius.
Era la primera vez que usaba su nombre.
Naseda abrió un cajón de la mesa y sacó una bolsa transparente de conservación. Dentro había una nota manuscrita en papel amarillento, doblada una sola vez. La letra era angulosa, inclinada hacia la derecha. El mensaje ocupaba menos de media página.
—Venía encima de todo —dijo—. Sin firma.
Linda leyó.
Antes de que sea demasiado tarde.
Nada más.
Una frase así podía significar demasiadas cosas.
En un archivo, las frases dramáticas suelen ser menos útiles que los sellos, las fechas o los errores de transcripción.
Pero aquella tenía una ventaja sobre cualquier documento oficial: no intentaba protegerse.
Estaba desnuda. Urgente. Casi indecente.
—¿Ha informado a la policía? —preguntó Linda.
Naseda soltó una risa breve, sin humor.
—¿De qué? ¿De que el museo ha recibido documentos nazis de procedencia irregular? ¿De que alguien ha enviado ámbar con signos que no podemos leer? ¿De que una nota anónima me parece amenazante? La policía preguntaría si falta algo. No falta nada. Al contrario. Nos han dado demasiado.
Linda volvió a mirar las fotografías.
En una de ellas, un hombre joven sostenía una pieza de ámbar oscuro entre el pulgar y el índice. No sonreía. Tenía una cara estrecha, pómulos marcados, cabello claro peinado con raya lateral. La bata estaba limpia. Eso, por alguna razón, hizo que Linda se fijara más.
—¿Hay nombres?
—Algunos. Parciales. Iniciales. Códigos. En un documento aparece un doctor K. En otro, H. Köller, pero puede ser cualquier cosa. No he querido buscar más desde los ordenadores del museo.
—¿Por qué?
Naseda señaló la pared.
Linda siguió el gesto. En la esquina superior, junto al detector de humo, había una pequeña cámara de seguridad.