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El Museo del Diablo no parecía un lugar destinado al miedo.
Linda Harris pensó eso antes de cruzar la puerta, mientras permanecía detenida en la acera de V. Putvinskio, con el abrigo cerrado hasta el cuello y el teléfono todavía en la mano.
El edificio tenía la discreción administrativa de ciertas instituciones europeas que habían aprendido a sobrevivir a demasiados regímenes: fachada sobria, ventanas altas, una placa junto a la entrada, una composición general de orden y modestia que no anunciaba ninguna forma de extravagancia.
Si alguien le hubiera dicho que allí dentro se conservaban miles de representaciones del mal, no como concepto teológico sino como inventario material —madera, arcilla, metal, vidrio, papel, cuero, hueso quizá—, Linda habría supuesto una ironía local, una de esas rarezas culturales que las ciudades utilizan para defenderse del turismo previsible.
Sin embargo, el museo existía.
Y era, según le había explicado Gabrielius Naseda en los correos previos al viaje, único en el mundo.
Linda había leído sobre él semanas antes, cuando empezó a preparar su visita a Kaunas con una seriedad que Susan interpretó como exceso académico y ella, con mayor indulgencia hacia sí misma, como método.
No le interesaban especialmente los demonios.
Le interesaban las formas en que una cultura clasificaba aquello que no sabía dónde colocar.
En Lituania, el diablo popular no era siempre el monstruo absoluto de la iconografía occidental, sino con frecuencia un ser torpe, burlado por campesinos, castigado por su propia vanidad, obligado a convivir con los humanos en relatos donde el mal no siempre rugía: negociaba, bebía, apostaba, caía en trampas.
Esa ambigüedad la había atraído. El diablo como criatura de archivo. El miedo domesticado mediante vitrinas.
La nieve acumulada en los bordes de la calle tenía ya una costra gris, endurecida por la sal y el paso de los coches. Linda levantó la vista hacia las ventanas del museo. Algunas estaban encendidas. Otras devolvían el reflejo pálido de la tarde.
Linda empujó la puerta.
El calor interior le empañó las gafas de sol durante un segundo.
Le gustaba llevarlas también en invierno.
Se las quitó, las limpió con el borde del pañuelo y esperó a que el espacio se organizara ante ella.
Primero apareció el vestíbulo, pequeño, con suelo pulido y un mostrador donde una mujer joven le dirigió una mirada profesional.
Después, detrás del cristal de una puerta interior, empezaron a definirse los primeros rostros: cuernos, lenguas talladas, bocas abiertas en sonrisas demasiado humanas.
No había oscuridad escenográfica ni música ambiental.
La luz era blanca, funcional, museística.
Aquello no pretendía asustar. Esa neutralidad le pareció peor.
—¿Profesora Harris?
La voz llegó desde la izquierda.
Gabrielius Naseda era más bajo de lo que Linda había imaginado.
En los intercambios por correo había sonado expansivo, casi teatral, uno de esos especialistas capaces de convertir una nota al pie en una conferencia de cuarenta minutos.
En persona, sin embargo, parecía comprimido por una fuerza interna.
Llevaba un traje de lana oscuro, un jersey fino debajo y unas gafas de montura metálica que se ajustaba constantemente con el dedo índice, aunque no resbalaban.
Tenía el cabello gris, abundante, peinado hacia atrás con una disciplina que no se correspondía con el estado de sus manos.
Las manos no mentían.
Los dedos de Naseda estaban irritados en los nudillos, como si se los hubiera lavado demasiadas veces.
—Doctor Naseda —dijo Linda, tendiéndole la mano.
Él tardó una fracción de segundo en responder. No lo bastante para resultar grosero. Sí lo bastante para que Linda lo registrara.
—Gracias por venir tan rápido. Sé que acaba de llegar. Y sé que quizá no es el mejor momento.
—Su mensaje parecía indicar que el momento era exactamente el problema.
Naseda miró hacia la mujer del mostrador. La empleada fingía ordenar unos folletos en lituano, inglés y alemán.
—Por aquí, por favor.
No la condujo al despacho de inmediato. Eso también fue significativo. La llevó primero por la exposición, como si necesitara atravesar un territorio común antes de llegar a lo que de verdad quería enseñarle, o como si el museo, con sus vitrinas y sus demonios, pudiera servirle de testigo.
Pasaron junto a una sala donde decenas de figuras de madera observaban desde estantes escalonados.
Había diablos de rostro alargado, diablos con patas de cabra, diablos campesinos con botas, diablos borrachos, diablos músicos, diablos ridículos que sostenían pipas o sacos de dinero.
Algunos tenían una comicidad primitiva. Otros, sin modificar apenas la postura o los materiales, producían una inquietud distinta: el artesano había dado a la boca una inclinación mínima, o a los ojos una concentración demasiado fija, y el objeto dejaba de ser folclore para convertirse en vigilancia.
—La colección empezó con Antanas Žmuidzinavičius —dijo Naseda, quizá por reflejo profesional—.
Pintor, profesor, figura pública. Durante años reunió diablos.
Al principio eran pocos. Luego la gente empezó a traer más.
Donaciones, regalos, envíos desde otros países. Ahora tenemos más de tres mil piezas.
—Un sistema de clasificación del mal —observó Linda.
Naseda la miró.
—Eso mismo dije en una entrevista hace diez años. El periodista lo cambió por un lugar divertido para visitar con niños .
Linda no sonrió. Él tampoco.
Subieron por una escalera estrecha. En el rellano, una máscara roja con cuernos cortos estaba colocada dentro de una vitrina individual.
La madera tenía grietas finas, y la pintura, gastada en los bordes, dejaba ver una base oscura.
Los ojos eran dos cavidades negras, no pintadas sino vaciadas. Linda se detuvo un instante.
—¿Carnaval?
—Užgavėnės —respondió Naseda—. La fiesta para expulsar el invierno. Máscaras, ruido, comida, fuego. Hacer visible lo que se quiere echar.
—¿Funciona?
Naseda la miró como si la pregunta admitiera una respuesta técnica.
—En Lituania, casi nada funciona del todo. Pero se repite.
Continuaron hasta la segunda planta. Allí los diablos se multiplicaban en formatos menos tradicionales: cerámicas extranjeras, souvenirs soviéticos, figuras africanas, tallas latinoamericanas, ceniceros, pequeñas esculturas de metal, representaciones políticas donde Hitler y Stalin aparecían unidos por la misma coreografía grotesca sobre un mapa martirizado.
Linda conocía la pieza por fotografías, pero verla allí, dentro de un museo dedicado al diablo, producía una lectura más precisa: no era propaganda, ni humor negro, ni memoria nacional en sentido abstracto.
Era anatomía. Dos regímenes reducidos a la misma articulación obscena.
—Aquí solemos traer a los visitantes —dijo Naseda—. Les explicamos que el diablo lituano puede ser astuto, pero también estúpido. Que no siempre gana. A los niños les gusta esa parte.
—A los adultos también debería gustarles.
—Los adultos prefieren creer que reconocen el mal cuando lo ven.
La frase quedó suspendida entre ellos.
Al final del pasillo había una puerta sin rótulo.
Naseda sacó una llave de un bolsillo interior y tardó demasiado en insertarla en la cerradura.
El temblor era leve, distal, concentrado en los dedos, no en el brazo.
Linda pensó en hipertiroidismo, abstinencia, ansiedad, exceso de café.
Después descartó el ejercicio diagnóstico por inútil.
Ni ella era médico ni estaba ante un paciente.
Estaba ante un hombre que había visto algo y aún no había decidido si nombrarlo lo haría más real.
La habitación era un almacén de conservación.
Estanterías metálicas, cajas de archivo, una mesa central cubierta con papel libre de ácido, un deshumidificador zumbando en una esquina.
Olía a cartón, barniz antiguo y polvo retenido.
No era el olor del museo abierto al público, suavizado por calefacción y visitantes.
Era un olor más privado, casi orgánico, como si los objetos, lejos de las vitrinas, exhalaran lentamente su edad.
Naseda cerró la puerta con llave desde dentro.
Linda observó el gesto.
—¿Es necesario?
—No lo sé —dijo él.
La respuesta fue peor que una afirmación.
Sobre la mesa había una caja rectangular de madera clara.
No era antigua. Tenía etiquetas modernas, cinta de embalaje cortada con cuidado y una hoja de registro preliminar sujeta con un clip.
Junto a la caja, varios sobres fotográficos, una carpeta de cartón azul y tres piezas envueltas en espuma gris.
Naseda no tocó nada al principio.
—Llegó hace tres semanas —dijo—. Al principio no le dimos demasiada importancia. No en el sentido correcto, al menos.
—Me comentaste que así fue el comienzo del museo. Con colaboraciones desinteresadas. ¿Siguen recibiendo esas donaciones con frecuencia?
—Constantemente. Figuras de madera, máscaras, cerámicas, dibujos, pequeñas colecciones familiares.
A veces alguien muere y los familiares no quieren conservar sus diablos en casa.
A veces un turista encuentra una pieza en un mercado y decide que debe terminar aquí.
Hay veces que piden algo de dinero a cambio, pero saben que tampoco puedo pagar mucho.
El museo funciona como una especie de órgano digestivo cultural: recibe supersticiones, las clasifica, las neutraliza.
Linda dejó el bolso sobre una silla y se acercó a la mesa.
—Y esta no se neutralizó.
Naseda miró la caja sin tocarla.