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—No hace falta. Son alergias, medicación y cosas de esas. Si te dejo entrar, convertirás una revisión en una investigación federal.
—No sería federal. Estamos en Lituania.
—Ya empiezas.
Susan sonrió. Linda también. Ninguna de las dos creyó del todo en esa sonrisa.
Kaja acompañó a Susan por el pasillo. Karol caminaba detrás, sin ruido. Linda las vio alejarse hasta que doblaron una esquina. Entonces bajó a recepción.
La doctora Fowler recibió a Susan en un despacho al final de un corredor más estrecho que los anteriores.
Era americana, probablemente de la costa este, unos cincuenta años, cabello castaño con hebras grises recogido sin coquetería, manos grandes, limpias, sin anillos.
Llevaba bata, pero abierta sobre ropa de calle.
Ese detalle la hacía parecer menos médica y, al mismo tiempo, más competente, como si no necesitara el uniforme para sostener su autoridad.
—Susan —dijo, estrechándole la mano con calidez medida—. Soy Helen Fowler. Me alegra conocerla por fin.
—Gracias por recibirme.
—Después de tantos correos, casi tengo la sensación de que ya nos conocemos.
Susan se sentó. Karol quedó fuera. Kaja cerró la puerta.
El despacho tenía una ventana amplia hacia un patio interior donde la nieve se acumulaba sobre ramas desnudas. No había títulos universitarios a la vista. Solo una fotografía antigua de una mujer mayor sentada junto a una cama hospitalaria, y una pieza de ámbar pulido sobre una base de metal.
—Lo primero —dijo Fowler—: LIMBO no es una cirugía. No es hipnosis. No es terapia regresiva. Y no es, pese a lo que a veces se escribe sobre nosotros, un borrado de memoria.
Susan tragó saliva.
—Eso me tranquiliza.
—Lo que hacemos es trabajar sobre la carga afectiva asociada a determinados circuitos de memoria autobiográfica. El recuerdo permanece, pero deja de comportarse como una lesión abierta. Usted selecciona aquello que desea liberar. Nosotros guiamos el proceso.
—Seleccionar —dijo Susan, como si repitiera una palabra aprendida.
—Seleccionar —confirmó Fowler—. Liberar. Usted decide qué quiere soltar.
Lo dijo con la naturalidad con la que otra persona habría explicado una limpieza dental, una infiltración en una rodilla o una revisión oftalmológica.
Susan bajó la mirada.
—Mi madre murió con Alzheimer.
La frase salió sin preparación, pero no sin cálculo. Susan la había dicho muchas veces en los últimos años, y cada vez parecía medir cuánto dolor debía incluir para que los demás comprendieran, pero no tanto como para obligarlos a consolarla.
Fowler no se inclinó hacia ella. No invadió.
—Lo sé.
—Los últimos meses no era ella. O quizá sí. Eso era lo peor. No saber qué parte seguía allí y qué parte ya había desaparecido.
—La memoria puede volverse cruel cuando intenta protegernos.
Susan respiró despacio.
—No quiero olvidarla.
—No vamos a quitarle a su madre.
La pausa fue breve. Precisa.
—Vamos a intentar quitarle la agonía adherida a determinados recuerdos. Solo si usted lo confirma. Solo hasta donde usted quiera.
Kaja colocó la carpeta gris sobre la mesa. Fowler la abrió y giró varios documentos hacia Susan.
—Son extensos. Deben serlo. Riesgos neurológicos menores, fatiga, desorientación transitoria, alteraciones del sueño, respuestas emocionales paradójicas. Nada que no hayamos comentado ya por correo.
Susan tomó el bolígrafo.
—¿Linda tendría que saberlo?
La pregunta quedó entre ambas, pequeña y desnuda.
Fowler no respondió de inmediato.
—Eso depende de usted.
—Ella piensa que vengo solo por la operación.
—Usted también viene por la operación.
—Ya.
—LIMBO es un procedimiento complementario. Íntimo. No está obligada a compartirlo con nadie.
Susan miró la primera línea del consentimiento. Su nombre completo aparecía escrito con una pulcritud que la separaba de sí misma: Susan Eleanor Powell. Fecha de nacimiento. Número de pasaporte. Procedimiento: LIMBO. Modulación afectiva selectiva.
Firmó.
Una vez.
Luego otra.
Y otra más.
La firma se fue haciendo más rápida, no por descuido, sino por alivio. Cada trazo parecía transferir una pequeña porción de responsabilidad desde su cuerpo hacia aquella carpeta gris.
Mientras tanto, en la sala de espera, Linda tomó otra revista al azar.
El pasado no desaparece; se reorganiza.
Frunció el ceño. Iba a abrirla cuando el móvil vibró.
La notificación apareció en la pantalla con el nombre de Gabrielius Naseda. El Director del Museo del Diablo.
Linda reconoció al instante al destinatario de su último mensaje. Lo extraño no era la respuesta. Lo extraño era la urgencia.
Llegó usted antes de lo que esperaba. Necesito verla cuanto antes.
No había saludo. No había explicación. Solo una urgencia mal contenida bajo la corrección impecable de la frase.
Linda levantó la vista.
A través del cristal de recepción vio a Kaja cruzar el vestíbulo con la carpeta gris contra el pecho. Karol apareció junto a una puerta que, un segundo antes, parecía una pared. Ninguna miró hacia Linda. Ninguna necesitaba hacerlo.
El edificio seguía funcionando con una serenidad impecable.
Como un organismo que hubiera aprendido a respirar sin mover el pecho.