La clínica 2 #2
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Susan siguió a María hasta una sala pequeña, blanca, sin ventanas. La báscula estaba encastrada en el suelo, junto a una columna de medición y un monitor donde aparecían parámetros que Susan no intentó leer. Se quitó los zapatos, dejó el abrigo sobre una silla y subió.

Setenta y siete novecientos.

Durante un segundo no respiró.

Después sonrió.

La cifra no era un número. Era una frontera atravesada por cien gramos.

Una concesión microscópica del cuerpo después de semanas de disciplina, ansiedad, alimentos pesados, agua medida, cenas canceladas y esa clase de hambre que no se localiza en el estómago, sino en el carácter.

Susan se permitió cerrar los ojos. Había ganado. Al menos esa parte.

—Muy bien —dijo María—. Dentro del margen previsto.

Susan bajó de la báscula.

—¿Eso significa que puedo cenar?

María consultó la tableta.

—Cena ligera. Sin alcohol. Nada de grasas. Nada excesivamente salado. Mañana debe estar en ayunas.

—Claro —dijo Susan.

Pensó en el Charlie Pizza con la precisión de una fantasía obscena.

Masa caliente, queso fundido, bordes tostados, tomate ácido, grasa suficiente para contradecir tres páginas de recomendaciones médicas.

No era solo hambre. Era desafío. Una forma pequeña y absurda de conservar autonomía antes de entregar el cuerpo a desconocidos.

María no pudo leer ese pensamiento. O si lo leyó, eligió no registrarlo.

—La doctora Fowler la recibirá después de la visita general —dijo—. Primero pasará de nuevo por recepción.

Susan asintió.

Mientras regresaban, sintió lo que sentía siempre al entrar en un hospital o en cualquier espacio que se pareciera lo suficiente a un hospital: una conciencia física de la propia mortalidad.

Los médicos rara vez eran mensajeros de buenas noticias.

Uno acudía con un dolor menor, con una revisión rutinaria, con una mancha en la piel, y de pronto el lenguaje cambiaba: biopsia, masa, hallazgo incidental, insuficiencia, pronóstico.

Todo iba bien hasta que dejaba de ir bien.

Y el cuerpo, que durante años había parecido una propiedad privada, se convertía en un expediente.

Pero no esa vez.

Esa vez era un comienzo.

Un cuerpo más ligero. Un rostro distinto. Una vida desatascada.

Susan había bromeado durante el viaje con Linda, había hablado del hambre, del frío, de la pizza y de los lituanos y su pan frito con queso fundido como si todo aquello fuera una aventura excéntrica.

En el fondo estaba aterrorizada. Aterrorizada y muerta de hambre.

Ambas cosas podían coexistir sin excluirse, como dos diagnósticos escritos en la misma hoja.

Cuando regresó a la sala, Linda la miró.

—¿Y?

Susan levantó ambos pulgares.

—Setenta y siete novecientos. Misión cumplida.

—Enhorabuena. Sigues sin poder comerte un caballo.

—No he dicho caballo. He dicho pizza.

—Has dicho caballo.

—Era una metáfora preparatoria.

Kaja se aproximó con una carpeta gris y una tarjeta magnética.

—Excelente. Pasados los primeros trámites, podemos continuar. Les enseñaré la zona residencial y algunas instalaciones comunes. Después, Susan tendrá una consulta breve con la doctora Fowler.

—¿Consulta breve? —preguntó Linda.

—Revisión preoperatoria —contestó Kaja—. Historial, alergias, medicación, consentimiento informado. Lo habitual.

Lo habitual.

Linda archivó también esa frase.

Caminaron por la clínica. La luz cambiaba por tramos: blanca junto a las puertas clínicas, azulada en los corredores de acceso restringido, cálida cerca de las habitaciones.

Vieron una sala de descanso con sillones grises, una biblioteca mínima donde los libros parecían seleccionados por tamaño y no por lectura, una cafetería silenciosa con cristaleras al patio, dos enfermeras que hablaban en lituano junto a una máquina de café y callaron al verlas pasar.

—Nuestro gerente consideró que la recuperación no debía parecer una estancia hospitalaria —explicó Kaja—. Por eso las habitaciones funcionan casi como pequeños apartamentos. Muchos pacientes prefieren permanecer aquí la noche anterior. Les da tranquilidad.

—Pensé que volvería al apartamento con Linda —dijo Susan.

Kaja sonrió.

—Por supuesto. Esa opción sigue disponible. Nadie la obliga a quedarse. Pero, si lo desea, tenemos una habitación libre esta noche. Ha tenido suerte. No ocurre a menudo.

Linda miró a Susan. Susan miró a Linda. En ese intercambio pasaron varias cosas: el apartamento reservado, la promesa tácita de permanecer juntas, el cansancio, el miedo, la comodidad de estar ya dentro del mecanismo que iba a tratarla.

—Quizá sea mejor quedarme aquí —dijo Susan.

Lo dijo antes de recordar la pizza.

La imagen del Charlie Pizza —la masa caliente, el queso, una mesa anónima lejos de las batas— se deshizo con una lentitud casi ofensiva. Durante unas horas había sido algo más que comida: una desobediencia pequeña, privada, perfectamente vulgar. Ahora también eso quedaba dentro del protocolo.

Linda no respondió enseguida.

—Quizá.

—Estaré más controlada —añadió Susan, como si necesitara convencerla—. Y mañana vienen a buscarme muy pronto.

—Sí.

—Y tú puedes ir a ver al demonio ese.

Kaja giró la cabeza.

—¿Perdón?

—El Museo del Diablo —aclaró Susan—. Linda trabaja en el Museo Americano de Historia Natural de Nueva York y tiene una cita con el director. No ha hecho ningún pacto. Que sepamos.

Kaja tardó medio segundo en reír.

—Ah. El museo. Es una institución muy peculiar.

—Eso espero —dijo Linda.

—Kaunas tiene muchas capas —añadió Kaja—. Algunas son más turísticas que otras.

Linda no supo si aquello era una frase aprendida o una advertencia involuntaria.

La habitación de Susan estaba en la segunda planta.

No era una habitación de hospital. Era un pequeño apartamento con cama articulada disimulada bajo textiles claros, escritorio, armario, baño privado y una ventana desde la que se veía una línea de tejados bajos y, más allá, el río como una incisión oscura en la ciudad nevada.

Susan dejó la maleta junto al armario.

—Es preciosa.

Linda examinó la cerradura. Tarjeta magnética por fuera. Manilla simple por dentro.

—Sí.

—No pongas esa cara.

—Es mi cara.

—Tu cara de esto acabará en un documental .

Kaja soltó una risa breve, un poco tardía, como si hubiera tenido que clasificar la frase antes de reaccionar.

—Las dejaré unos minutos. Después vendré a buscarla para la consulta con la doctora Fowler, Susan. Linda, mientras tanto puede esperar en la recepción. El conductor llegará más tarde para trasladarla al apartamento.

—Me quedaré hasta que Susan entre en consulta —dijo Linda.

—Por supuesto.

—Podemos servirle la cena en la habitación —añadió Kaja—. Algo ligero, adecuado para la intervención de mañana.

—Claro —dijo Susan.

Pensó que pocas palabras tenían una crueldad tan educada como ligero .

Cuando Kaja salió, la puerta se cerró con un sonido blando. Susan miró a Linda con una gravedad casi funeraria.

—Ha muerto la pizza.

—Ha muerto por una causa médica.

—No mejora nada.

Susan se sentó en la cama. Durante unos segundos no hizo bromas.

Se frotó las manos, miró la ventana, luego la carpeta informativa que le habían dejado sobre el escritorio.

Parecía más pequeña sin el abrigo, más vulnerable con aquel jersey de viaje arrugado, como si la clínica hubiera empezado a reducirla antes de tocarla.

—Tengo miedo —dijo.

Linda se sentó frente a ella.

—Lo sé. Ya lo dijiste antes.

—Pero tengo más miedo de seguir igual.

Linda asintió. Esta vez no hizo preguntas.

Media hora después, Kaja regresó con Karol. La traductora permaneció junto al umbral, silenciosa, como si su función no fuera traducir palabras sino certificar que todo lo que se dijera pudiera ser recordado por alguien.

—La doctora Fowler puede recibirla ya —dijo Kaja—. Linda, si quiere, puede esperar abajo. La consulta será privada.

Linda miró a Susan.

—¿Quieres que esté?

Susan dudó lo bastante poco como para que pareciera espontáneo.