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La conductora no las llevó al apartamento.
Lo anunció cuando el coche ya había dejado atrás el centro de Kaunas y avanzaba paralelo al Nemunas, por una avenida ancha, demasiado expuesta, donde la nieve acumulada en los bordes de la calzada había adquirido la consistencia sucia de una muestra conservada en formol.
Susan miró la hora en el móvil, calculó la distancia, la cita, el cansancio del viaje, y aceptó con esa obediencia práctica que se adopta ante los itinerarios cerrados por otros.
—Mejor así —dijo—. Hacemos los papeles, dejamos esto encaminado y luego descansamos.
Linda no contestó de inmediato. Tenía la frente apoyada contra el cristal y observaba la ciudad con una atención que no era turística.
Kaunas le interesaba desde antes de llegar, pero no por sus cafés, ni por sus iglesias, ni por esa forma en que Europa del Este parecía conservar la historia no como decorado sino como sedimento.
Le interesaba porque las ciudades pequeñas, cuando habían sido capitales provisionales, o refugios administrativos, o piezas disputadas entre imperios, solían aprender a esconder las cosas a plena vista.
El coche giró después hacia una calle secundaria. Allí la clínica apareció sin transición.
No estaba en un polígono sanitario ni en una zona de hospitales, sino insertada en una manzana de edificios de entreguerras, entre fachadas sobrias de líneas geométricas, balcones discretos y ventanas estrechas que parecían haber sido diseñadas para mirar sin ser vistas.
La construcción nueva no imitaba a las antiguas.
Tampoco las desafiaba. Se había incrustado entre ellas con precisión quirúrgica: vidrio ahumado, piedra clara, acero oscuro, un volumen limpio y rectilíneo que no buscaba belleza sino neutralidad.
En la fachada, las letras de Aurum Vitae no brillaban.
Estaban grabadas sobre una placa metálica, como si el edificio prefiriera que su nombre se leyera solo de cerca.
Linda pensó que aquello era inteligente. Lo llamativo se recuerda. Lo discreto se acepta.
La conductora detuvo el coche junto a una entrada lateral y apagó el motor.
—Primera visita. Documentación. Consulta con la doctora. No tardará mucho —dijo en inglés—. Después otro conductor las llevará al apartamento. Si no hay nadie en el mostrador de la entrada, esperad en recepción. Está en la planta baja.
—¿No viene usted? —preguntó Susan, con una cortesía automática.
La mujer sonrió sin mostrar los dientes.
—Tengo que recoger a otros pacientes.
Pacientes, pensó Linda. No clientes. La palabra había sido colocada con cuidado.
Sacaron las maletas del maletero. La conductora las dejó sobre la acera, se despidió con una inclinación mínima de cabeza y volvió al coche antes de que ninguna de las dos pudiera formular una segunda pregunta.
El vehículo se incorporó al tráfico circulando con suavidad al mismo ritmo que el resto. Todo parecía medido en aquel lugar.
Susan se quedó mirando la entrada.
—Parece más pequeño de lo que imaginaba.
—Ya estamos aquí. No hay vuelta atrás.
—Linda.
—¿Qué?
—Gracias por acompañarme. Estoy muerta de miedo.
Susan no lo dijo con dureza. Lo dijo con cansancio.
Con hambre. Con una ansiedad que había aprendido a convertir en bromas durante los meses anteriores, pero que ahora, frente al edificio, empezaba a recuperar su forma natural.
Linda bajó la mirada hacia las maletas, asumió la carga y animó a su amiga.
Les sorprendió que no hubiera nadie en el mostrador de la entrada. Era como si la clínica las esperara con las puertas abiertas. Entraron y se dirigieron al fondo de la planta baja, donde un pequeño cuarto junto a recepción les permitió dejar las maletas entre los abrigos colgados en un perchero.
El vestíbulo olía a desinfectante sin agresividad, a madera nueva y a una fragancia vegetal diseñada para borrar la conciencia de que debajo persistía la química.
La temperatura era exacta. Ni cálida ni fría.
La luz caía desde paneles longitudinales del techo, sin sombras visibles, y esa ausencia de sombra producía una incomodidad menor, casi orgánica, como si el ojo no encontrara dónde descansar.
La recepción ocupaba el fondo de la planta.
Tres mujeres trabajaban detrás de un mostrador bajo, cada una ante una pantalla, separadas por pequeños jarrones con ramas secas pintadas de blanco.
Ninguna llevaba uniforme hospitalario convencional.
Vestían chaquetas claras, pantalones negros, tarjetas magnéticas sin fotografía visible.
La más joven levantó la vista cuando las vio aproximarse.
Era rubia, de piel pálida y sonrisa calibrada. No era una sonrisa falsa. Eso habría sido más tranquilizador. Era una sonrisa demasiado entrenada para necesitar sinceridad.
—Buenas tardes. Bienvenidas a Aurum Vitae —dijo en perfecto inglés—. Soy Kaja.
Susan dio un paso adelante.
—Susan Powell. Tengo cita a las cuatro.
—Powell, con doble ele.
—Exacto.
Kaja tecleó, miró la pantalla y asintió.
—Aquí está. Susan Eleanor Powell. Primera visita preparatoria. Control de peso, revisión de documentación y consulta privada con la doctora Fowler. Perfecto.
A Linda le llamó la atención la palabra privada, pero no dijo nada.
Kaja rodeó el mostrador y les indicó una zona de espera situada junto a las ventanas.
Había sillones individuales, circulares, separados entre sí por una distancia suficiente para impedir conversaciones espontáneas.
En una mesa baja se alineaban revistas en inglés, alemán y francés.
Al fondo, junto a una pared sin cuadros, una máquina de café de acero cepillado ofrecía espressos, americanos y capuchinos sin que nadie tuviera que pagar ni identificarse.
Algunos trabajadores y pacientes se servían con la naturalidad de quien atraviesa el salón de un hotel caro.
Café gratis , observó Linda. Una cortesía mínima, calculada elegantemente: lo bastante banal para no agradecerla, lo bastante eficaz para rebajar la vigilancia.
Susan tomó una de las revistas al azar. En la portada, una mujer de unos cincuenta años sonreía frente a un lago. El titular decía: «Nueva vida, nuevo amanecer » .
Linda tomó otra.
«El derecho al olvido voluntario».
Pasó el pulgar por la cubierta plastificada.
—Esto es bastante específico.
—Tienen revistas para el público objetivo —dijo Susan.
—También las sectas.
Susan le lanzó una mirada.
—Hoy no.
Kaja apareció de nuevo, esta vez acompañada por una mujer morena, delgada, con el cabello recogido en un moño bajo y unos ojos de un gris tan claro que parecían reflejar la luz en lugar de recibirla.
—Ella es Karol —dijo Kaja—. Puede asistirlas con la traducción si en algún momento aparece documentación en lituano, alemán, ruso, francés o español.
—¿Español? —preguntó Linda.
Karol sonrió apenas.
—Trabajo con pacientes de muchos países.
Su voz era baja, casi sin acento. Había en ella algo curioso: no invadía la conversación, pero tampoco se apartaba del todo. Permanecía en el borde exacto de la escena, como esas figuras secundarias de algunos cuadros antiguos que parecen no participar y, sin embargo, sostienen la composición.
—Yo hablo inglés —dijo Susan—. No creo que sea necesario.
—Entonces no lo será —respondió Karol.
Y se fue.
No caminó deprisa. Tampoco despacio. Simplemente dejó de estar allí, absorbida por un pasillo lateral cuyo acceso Linda no había visto hasta ese momento.
—¿Has visto eso? —preguntó Linda.
—He visto a una traductora muy eficiente.
—Yo he visto a alguien que aparece y desaparece como si el edificio la hubiera fabricado.
Susan abrió la revista y fingió leer.
—De verdad, Linda. Necesito que esto salga bien.
La frase no pedía ánimo. Pedía silencio. Linda lo entendió y se lo concedió, aunque no dejó de mirar el pasillo.
Una enfermera se acercó pocos minutos después. Era joven, de rostro ancho y gesto tranquilo. Llevaba el pelo recogido bajo una cofia discreta, y hablaba inglés con una corrección tan limpia que parecía aprendida en laboratorio.
—Buenas tardes, Susan. Me llamo María. Si le parece, haremos ahora el control de peso.
Susan cerró la revista con una rapidez casi violenta.
—Menos mal. Podría comerme un caballo ahora mismo.
Linda la miró con una expresión extraña.
—Hablaba en sentido figurado —aclaró Susan—. Aunque no del todo. La dieta ha sido una tortura. Necesito pesar setenta y ocho kilos para que me operen. Fuera de ese peso no cubre garantías la operación.
—¿Garantías? Ni que fueras a reparar un coche.
—Más o menos.
—¿Y cuánto pesabas antes de salir?
—Setenta y ocho con cien gramos.
Linda tardó un segundo en procesarlo.
—Justita.
—Justita no. Dramática. Si doy el peso, esta noche te invito a cenar.
—¿No tienes que ingresar hoy?
—No. La operación es mañana. Vendrán a buscarme al apartamento de madrugada.
Susan rebuscó entre los papeles que le habían entregado y sacó una hoja doblada. Se la enseñó a Linda señalando una línea con el dedo. Allí constaba, en letra pequeña y educada, que la noche anterior se permitía una cena ligera.
—De ligera nada —susurró Susan—. Vamos a la pizzería. Pero no se lo digas a nadie.
—Estás fatal.
—He pasado mucha hambre.
María aguardó con una paciencia profesional, como si hubiera oído versiones similares en todos los idiomas europeos. Después condujo a Susan por un corredor lateral. Linda hizo ademán de levantarse, pero Kaja apareció junto a ella con una exactitud incómoda.
—El control es muy breve. Puede esperar aquí. Tenemos café, té, agua con gas y sin gas.
Linda se quedó de pie un momento.
—¿No puedo acompañarla?
—Por privacidad de la paciente, preferimos hacer algunos controles a solas. Son solo unos minutos.
La respuesta era razonable. Ese era el problema. Las respuestas razonables clausuraban las objeciones sin necesidad de fuerza.
Linda volvió a sentarse.