La clínica 1 #3
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La expresión sonaba limpia. Casi recreativa.

—¿Os podéis creer que se haya metido con uno de nuestros diablos rojos? —dijo la camarera, mientras sacaba los sándwiches del horno.

Linda levantó la mirada.

—¿Diablos rojos?

La camarera señaló la camiseta del chico, ya ausente, y luego la foto de Hazard.

—La selección belga. Los Red Devils.

Susan sintió que algo pequeño se le cerraba en la garganta.

Diablos rojos.

Por un instante vio de nuevo la figura bajo el túnel de cristal, la túnica gris, la máscara roja, los cuernos cortos. La memoria del sueño no regresó completa; regresó corregida, como si una parte de la escena hubiera estado siempre allí y solo ahora autorizara su presencia.

Salta.

El cristal es solo una ilusión.

—¿Estás bien? —preguntó Linda.

Susan tomó el sándwich caliente entre las manos. El pan le quemó los dedos. Eso y el chocolate sería lo único que comería en todo el trayecto.

—Sí —dijo—. Solo cansada.

El vuelo a Vilnius duró algo más de dos horas.

Susan intentó dormir y no pudo. Cada vez que cerraba los ojos aparecía el túnel, no con la nitidez de una imagen, sino con la estructura de una amenaza: delante, el médico; abajo, la multitud; atrás, el pasillo; bajo los pies, la posibilidad de que el suelo dejara de existir.

Cuando aterrizaron, el aeropuerto de Vilnius le pareció pequeño, casi doméstico.

Las puertas de entrada y salida compartían una misma lógica, como si el edificio no distinguiera del todo entre llegar y marcharse.

Recogieron las maletas sin demora y salieron a una sala donde varias personas esperaban con carteles. Ninguno llevaba sus nombres.

—Se supone que alguien de la clínica venía a buscarnos —dijo Susan.

—Quizá está fuera.

—O quizá hemos cruzado medio mundo para ser abandonadas en un aeropuerto báltico.

—Dramática.

—Realista.

Linda dejó su maleta junto a la pared.

—Voy al baño. Vigílalas.

—Eso sí es confianza.

Linda regresó pronto, abrochándose el abrigo.

—Nada de colas. Este país ya me cae bien. ¿Te he contado alguna vez mi teoría sobre el control de esfínteres en los aeropuertos japoneses?

Susan no respondió. Miraba hacia una mujer que acababa de entrar por la puerta automática. Llevaba un abrigo gris, botas negras y un cartel doblado bajo el brazo. No sonreía. No parecía buscar a nadie; parecía haber encontrado ya lo que venía a recoger.

—Creo que es ella —dijo Susan.

La mujer se acercó.

—¿Aurum Vitae Clinic? —preguntó.

—Sí —respondió Susan—. Susan Powell. Ella es Linda Harris.

La mujer hizo un gesto breve con la cabeza.

—Síganme. Cuidado al salir. Hay hielo junto a la rampa.

No ofreció la mano. No preguntó por el vuelo. No sostuvo la mirada más de lo imprescindible.

—Encantadora —susurró Linda.

La conductora las guio hasta el exterior.

El aire de Lituania les golpeó la cara con una precisión seca, sin violencia, pero sin concesiones.

Había nieve acumulada en los bordes de la acera, endurecida por los días, gris en los pliegues donde la sal y la gravilla habían entrado como una enfermedad.

Susan respiró hondo y sintió el frío en los pulmones.

El coche esperaba al otro lado de la calle.

El trayecto hasta Kaunas duraría poco más de una hora.

Salieron de Vilnius atravesando polígonos industriales, almacenes, gasolineras, edificios residenciales de colores apagados, con fachadas con manchas de humedad y ventanas con luz amarillenta, en habitaciones donde no parecía entrar la luz del día.

La arquitectura tenía una sobriedad que a Susan le pareció honesta y a Linda, probablemente, interesante. Los árboles carecían de hojas. El paisaje entero parecía reducido a tres materiales: asfalto, nieve vieja y cielo bajo.

En la radio sonaba una lista de Imagine Dragons.

Linda sacó el móvil.

—¿A quién escribes? —preguntó Susan.

—Al director del Museo del Diablo.

Susan giró despacio la cabeza.

—Claro. Porque eso es algo normal que decir en un coche desconocido camino de una clínica lituana.

—Gabrielius Naseda. Me contestó hace unos días. El museo tiene una colección magnífica de demonología popular báltica. Y algunos fondos sin clasificar.

—Tú sí sabes convertir una operación estética en vacaciones.

—Cada una tiene sus placeres.

Susan sonrió, pero estaba mirando por la ventanilla.

La carretera se extendía delante de ellas como una incisión larga sobre el territorio.

A ambos lados, los campos blancos parecían superficies preparadas para ocultar cualquier cosa.

Montones de nieve se acumulaban en cunetas y aparcamientos, algunos altos, compactos, ennegrecidos por los bordes.

Susan observó uno al pasar. No supo por qué le pareció que tenía forma.

—Me encanta esta canción —dijo Susan—. ¿Puedes subirla un poco?

La conductora obedeció. Demons llenó el interior del coche con una intensidad que habría resultado ridícula en otro contexto.

Susan apoyó la frente en el cristal frío.

No sabía que, a pocos kilómetros de allí, bajo otra nieve parecida, una mano sin nombre había empezado ya a salir a la superficie.