1 #2
Susan desenvolvió la pastilla con movimientos torpes. El chocolate belga se partió con un crujido seco entre sus dientes. Era demasiado dulce, demasiado real. Eso la ayudó.
—¿Con qué estabas soñando? —preguntó Linda—. Parecías angustiada. Has dado un salto como si alguien te hubiera tocado.
Susan miró por la ventanilla. Las nubes se abrían bajo el ala del Airbus A320 en capas grises, densas, y Bruselas aparecía abajo como una superficie lavada por la lluvia.
—Estaba en un hospital.
Linda esperó.
—No era exactamente un hospital —añadió Susan—. O sí. No sé. Había alarmas. Un médico. Gente con mascarillas.
Linda sonrió apenas.
—Te recuerdo que vamos precisamente a una clínica. Quizá tu cerebro está haciendo su trabajo de sabotaje preventivo.
—Mi cerebro lleva años haciendo horas extra.
—Eso no te lo discuto.
Susan intentó sonreír. Le salió una mueca razonable.
—Además, no hay que tener miedo a los médicos —dijo Linda—. Al menos no a todos. Sería poco práctico.
Susan miró la decoración interior del avión, fijándose por primera vez en las ilustraciones que cubrían parte de los paneles. Figuras de cómic, líneas limpias, colores planos. Un perro blanco. Un hombre con barba. Un chico de flequillo imposible.
—¿Cómo se llamaba el de la barba? —preguntó, agradecida por cualquier cosa que no fuera la imagen de la bata ensangrentada—. ¿Capitán Nemo?
Linda la miró con horror académico.
—¿Capitán Nemo?
—Vale. Ese era de Julio Verne. ¿Capitán Spock?
—Spock no tenía barba.
—Lo sé. Lo sé. Era algo de capitán. No me lo digas.
Linda abrió la boca.
Susan le tapó los labios con la palma de la mano.
—No me lo digas.
—Es el capitán Haddock —dijo una mujer corpulenta desde el otro lado del pasillo, sin levantar demasiado la vista de su revista.
Susan retiró la mano lentamente.
—Gracias —dijo Linda, con una educación impecable.
Susan pensó que había personas incapaces de dejar morir una ignorancia en paz. Había algo innato en ellas que las hacía meter sus narices en asuntos ajenos.
—El perro se llamaba Milú —dijo, para salvar algo de dignidad.
—Eso sí.
El avión tocó pista con un golpe controlado. Algunos pasajeros se inclinaron hacia delante. Susan apoyó la cabeza en el respaldo y cerró los ojos. Durante un segundo, oyó de nuevo la frase del sueño.
Somos puente.
No se la contó a Linda.
En Bruselas esperaron la conexión hacia Vilnius en una zona del aeropuerto que parecía funcionar a media potencia.
Había tiendas cerradas, persianas metálicas bajadas, anuncios luminosos y viajeros dispersos con esa expresión neutra de quienes han aceptado temporalmente vivir en un pasillo.
No habían comido nada sólido desde Nueva York, salvo el chocolate del avión, y terminaron entrando en un local llamado Red House porque era el único sitio abierto que ofrecía algo parecido a comida.
Predominaba el rojo: paredes rojas, asientos rojos, bandejas rojas.
En una pared, una fotografía enorme de Eden Hazard vigilaba el mostrador con una sonrisa de celebridad congelada.
La camarera, una chica negra con rastas recogidas en la nuca, servía cerveza de grifo en vasos de plástico.
Frente a ella, un chico rubio con acné y camiseta del Real Madrid esperaba su pedido mirando alternativamente la foto y el surtidor.
—Cinco noventa por esto —murmuró él al recibir la cerveza—. Una estafa.
La camarera alzó una ceja.
—¿Te refieres al precio o a la estrella?
El chico miró la foto.
—A las dos.
Salió con la cerveza en la mano y la dignidad maltrecha.
Susan pidió dos sándwiches de jamón y queso. Ocho euros con noventa cada uno. Linda hizo un cálculo mental visible y no dijo nada, lo cual en ella equivalía a una protesta severa.
—¿Queréis que os los caliente? —preguntó la camarera, aunque ya los había introducido en un horno pequeño.
—Sí, gracias —respondió Susan.
Pagó con el móvil.
Habían acordado que ella se haría cargo de casi todos los gastos del viaje.
Era lo justo. Linda no iba a Lituania por necesidad propia, sino por amistad, aunque había encontrado la manera de convertir el acompañamiento en una pequeña expedición académica.
Mientras Susan se sometía a la intervención y descansaba una semana antes de poder volar de regreso, Linda visitaría museos, archivos y cualquier lugar donde hubiese objetos antiguos, supersticiones locales o documentos que no estuvieran correctamente catalogados.
Susan, en cambio, viajaba por razones menos elevadas.
Cinco años antes se había reducido el estómago en una clínica de Kaunas.
El resultado había sido bueno, casi demasiado bueno, porque el cuerpo, cuando pierde volumen, no siempre sabe retirarse con elegancia.
Había piel sobrante en los brazos, en el abdomen, en los muslos.
Los pechos, como ella misma decía, habían firmado una rendición incondicional.
En Nueva York, corregir todo aquello costaba una cifra indecente.
En Lituania, el presupuesto era razonable, y ofrecían descuento por la operación anterior en una clínica estética asociada.
El paquete incluía traslados, traductora, seguimiento posoperatorio y una habitación privada.
Turismo médico.