La clínica 1
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Susan Powell abrió los ojos en una habitación que no reconocía.

Durante unos segundos, que pudieron ser tres o pudieron ser treinta, no intentó moverse.

Se limitó a observar, porque había en la inmovilidad una forma primitiva de defensa, un modo de no confirmar demasiado deprisa lo que el cuerpo ya sospechaba.

La luz del techo estaba encendida, una luz blanca, quirúrgica, sin temperatura, y caía sobre ella con la neutralidad de una lámpara de autopsias.

A su derecha, una máquina registraba su pulso con una línea verde que ascendía y descendía en intervalos regulares.

Cada pitido parecía una pequeña prueba de vida, aunque, por alguna razón, a Susan le sonaba más a cuenta atrás.

No sabía dónde estaba.

No recordaba un accidente, ni una ambulancia, ni un golpe contra el asfalto, ni el rostro de nadie inclinándose sobre ella para preguntarle si podía oírlo.

Lo último que tenía en la memoria era una sensación de tránsito, una de esas franjas sucias de cansancio que se acumulan en los aeropuertos, entre cafeterías cerradas, anuncios en varios idiomas y el zumbido constante de la ventilación. Después, nada. Un corte limpio.

Intentó incorporarse y descubrió que tenía un tubo bajo la nariz, sujeto con una goma suave, y varios electrodos adheridos al pecho. Llevaba una bata blanca de hospital abierta por la espalda y, debajo, solo ropa interior. La piel de sus muslos, expuesta al aire de la habitación, estaba fría.

El pitido se aceleró.

Susan cerró los ojos.

Respira.

El consejo, formulado con esa voz interior que suele imitar a los médicos de televisión, no produjo ningún efecto.

Al contrario: cuanto más intentaba ordenar el aire, más consciente era de que el aire olía a desinfectante, a plástico caliente, a algo vagamente dulce que no supo identificar y que le provocó una náusea breve, seca, sin contenido.

Abrió los ojos.

—Al diablo —murmuró.

Se arrancó la cánula nasal con un movimiento torpe.

Después retiró los electrodos uno a uno, sintiendo cómo el adhesivo tiraba de la piel.

La máquina emitió un tono continuo, agudo, ofensivo, como si denunciara su desobediencia.

Susan buscó con la mirada un botón, una llamada de enfermería, algún cartel con instrucciones, pero no vio nada que le inspirara confianza.

Si su corazón iba a acelerarse, prefería no tener una máquina haciéndoselo saber.

Puso los pies en el suelo.

Estaba descalza.

La primera sensación fue el frío del pavimento, un frío mineral que subió por sus plantas hasta los tobillos y le dio una certeza absurda: aquel lugar no estaba pensado para que nadie caminara sin permiso.

Las habitaciones de hospital tienen una lógica propia, una geometría hecha de camas, tomas de oxígeno, ruedas bloqueadas y bandejas metálicas.

Todo está diseñado para que el paciente permanezca horizontal, disponible, administrable.

Susan se levantó.

La cabeza le giró con una lentitud líquida, como si el cráneo contuviera algo más pesado que el pensamiento. Se sujetó al borde de la cama, respiró por la boca y esperó a que las paredes dejaran de desplazarse. En el monitor, la línea verde seguía trazando su ausencia con una alarma sostenida.

La puerta no estaba cerrada.

Eso la inquietó más que cualquier cerrojo.

Cuando cruzó la puerta, la alarma cambió de naturaleza.

Ya no era solo la máquina de la habitación.

En algún punto del edificio, un sistema general despertó con un aullido intermitente.

Las luces del pasillo parpadearon. No eran las luces principales, sino las de emergencia: franjas verdosas en el rodapié, placas luminosas sobre puertas, flechas de salida que parecían señalar no una ruta, sino una orden.

El pasillo estaba vacío.

No vacío como un hospital de noche, con enfermeras hablando bajo, ruedas lejanas y televisores encendidos detrás de puertas entornadas.

Vacío de una forma incorrecta. Había carros de comida abandonados junto a la pared, bandejas con platos a medio retirar, vasos volcados, servilletas húmedas.

En una de las bandejas, una crema anaranjada conservaba aún un vapor tenue.

Susan dio un paso.

Pisó algo blando.

Bajó la mirada. La crema se le había adherido a la planta del pie en una capa espesa, tibia, repulsiva. Sintió una arcada, pero se la tragó. El asco, comprendió, era un lujo secundario. La amenaza tenía prioridad.

Avanzó dejando huellas en el suelo.

Al fondo del pasillo vio a un médico.

No apareció de golpe; simplemente estaba allí, en el límite de la luz, con bata blanca, mascarilla quirúrgica y una mano levantada, indicándole que lo siguiera.

Susan no vio su rostro. Solo los ojos, demasiado fijos, y el gesto de la mano, que no pedía auxilio ni ofrecía ayuda, sino que administraba instrucciones.

—¡Espere! —gritó.

El médico dobló una esquina.

Susan lo siguió, no porque confiara en él, sino porque las flechas verdes señalaban en la misma dirección y, en una emergencia, incluso una coincidencia mediocre puede convertirse en el mejor argumento para salvar su vida.

El pasillo cambió al girar.

La pared desapareció.

A ambos lados se abrió un túnel de cristal, suspendido entre dos cuerpos del edificio.

Fuera era de noche.

Abajo, muy abajo, el suelo parecía una superficie negra salpicada por farolas y charcos.

Susan avanzó unos pasos y sintió el vértigo como una presión en las rodillas.

El cristal reflejaba su figura: una mujer pálida, despeinada, con bata de hospital, los pies manchados de comida y la expresión de quien ha despertado dentro de una explicación que todavía no existe.

Entonces vio a la multitud.

Estaban en el exterior, bajo el túnel, mirando hacia arriba.

Decenas de personas. Quizá más. Todas con mascarillas. Algunas agitaban los brazos. Otras permanecían quietas, con la cabeza inclinada, como si contemplaran un fenómeno meteorológico. Desde aquella altura sus voces llegaban deformadas, mezcladas con la alarma, pero Susan entendió una palabra.

Su nombre.

—Susan.

Apoyó las palmas en el cristal.

—¿Qué…?

No llevaba mascarilla. Se tocó la cara con los dedos, la boca, la nariz, como si pudiera haber olvidado allí una protección invisible.

Pensó en una infección, en un brote, en alguna variante nueva, en titulares leídos a medias.

Pensó en hospitales saturados, en cámaras térmicas, en gente esperando fuera porque dentro ya no cabía nadie.

Pensó en todo lo que una mente que ha sobrevivido a una pandemia puede pensar cuando ve demasiadas mascarillas juntas.

—Susan, salta —dijo la multitud.

Las voces no sonaban desesperadas. Sonaban pacientes.

—Ven con nosotros.

Susan retrocedió.

El médico apareció al otro extremo del túnel.

Ahora caminaba hacia ella.

En la mano llevaba un instrumento quirúrgico enorme, una especie de sierra curva o cizalla ósea, demasiado grande para una cirugía delicada, demasiado limpia para una carnicería improvisada.

La hoja rozó el cristal cuando avanzó. El sonido fue un chirrido largo, metálico, que se introdujo bajo la alarma y la volvió inútil.

Susan miró hacia atrás. La distancia hasta el pasillo anterior era excesiva.

Si corría, él la alcanzaría antes de que lograra girar.

Entonces advirtió la sangre.

No estaba en la hoja.

Estaba en la bata.

Manchas oscuras, secas en los bordes, más recientes en el centro, distribuidas con una lógica de trabajo. No salpicaduras accidentales, sino capas. El médico no parecía venir de una operación; parecía venir de una tarea repetida muchas veces.

—Susan, salta —insistieron abajo—. El cristal es solo una ilusión.

Entre la multitud había una figura distinta.

No vestía abrigo ni ropa de hospital, sino una túnica gris.

Llevaba una máscara roja, una máscara de diablo con cuernos cortos, sonrisa tallada y ojos negros.

Susan no supo por qué no la había visto antes.

En los sueños, las cosas importantes a veces esperan a ser descubiertas.

El médico levantó la hoja y empezó a recitar.

No era una canción. Tampoco una oración. Era algo peor: una fórmula aprendida.

—Susan, somos puente.

La voz atravesó la mascarilla con una claridad húmeda.

—Es peligroso seguir hacia delante. Es peligroso quedarse a medio camino. Es peligroso mirar atrás. Es peligroso mirar abajo. Es peligroso echarse a temblar.

La hoja volvió a arañar el cristal.

—Y, sobre todo, es peligroso detenerse.

Susan sintió que los músculos de las piernas se le vaciaban.

—Prepárate al ocaso —dijo el médico—. Prepárate a morir, Susan.

La multitud abrió los brazos.

El suelo del túnel desapareció.

Susan cayó.

Se incorporó de golpe en el asiento del avión, con el cinturón clavándosele en el abdomen y la boca seca.

Durante unos instantes siguió cayendo, aunque el cuerpo ya estuviera quieto.

Frente a ella, el respaldo del asiento temblaba con las vibraciones del descenso.

Sobre su cabeza, el indicador del cinturón de seguridad permanecía encendido.

El aire de la cabina olía a café recalentado, tela usada y ese perfume ligeramente químico que tienen los vuelos largos al final del trayecto.

—¿Quieres un poco de chocolate? —preguntó Linda.

Susan giró la cabeza.

Linda Harris la observaba desde el asiento contiguo con una mezcla de curiosidad y cautela.

Tenía una tableta pequeña entre los dedos, envuelta en papel rojo y dorado.

En la cabina, una voz masculina acababa de anunciar algo en inglés y francés sobre el aterrizaje en Bruselas, la lluvia ligera y la necesidad de mantener desconectados los dispositivos electrónicos hasta que el avión quedara detenido por completo.

Susan tardó en comprender la pregunta.

Después asintió.

Linda le entregó el chocolate.

—Lo han repartido mientras dormías. Pensé que te apetecería.

—Todo un detalle.