La clínica
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Prólogo
Kaunas no se congelaba de golpe. A las cinco de la tarde el sol ya era solo una idea, una franja pálida detrás de la neblina gris, y el casco antiguo quedaba reducido a contornos.
Fachadas con la piel oscura, adoquines que devolvían la humedad a través de la suela de los zapatos y el halo anaranjado de las farolas, que no calentaba nada, pero al menos separaba las siluetas del frío.
Rolandas caminaba delante, con ese exceso de determinación que a los trece años se confunde con liderazgo.
Llevaba el abrigo abrochado hasta el cuello y las manos hundidas en los bolsillos, como si allí guardara algo más que calor.
Vygintas, un paso por detrás, se defendía del aire con respiraciones cortas; el vaho le salía a golpes, blanco, denso, y eso le entretenía.
—¿Otra vez vamos al castillo? —se quejó Vygintas, sin mirar a su amigo, manteniendo la vista en la calle.
—¿Qué le pasa al castillo?
—Siempre vamos al castillo.
—¿Y qué mejor sitio?
Vygintas apretó los dientes. No lo dijo en voz alta, pero lo pensó como si fuese una profecía sin cumplir: qué mejor sitio para que a uno lo encuentren tarde, o no lo encuentren .
La noche llegaba pronto en invierno, y su madre no necesitaba razones elaboradas para prohibirle algo. Le bastaba con imaginarlo.
—Mi madre no me deja venir aquí por la noche.
—No tiene por qué enterarse. Dile que hemos estado en mi casa.
—Sí, claro…
—Vamos, deja de comportarte como un crío.
La frase le dolió a Vygintas porque era cierta por definición.
Tenía once años. ¿Qué otra cosa podía ser?
Se mordió el interior de la mejilla y aceleró un poco para no quedarse atrás.
La calle Vilnius, con sus locales encendidos, había sido un paréntesis cálido: habían entrado en un sitio pequeño, con cristal empañado y olor a azúcar, y habían compartido un helado con monedas robadas del monedero de la madre de Rolandas.
Era de sabor chicle, de ese color rosa que solo existe en los helados y juguetes de plástico.
El robo fue un delito menor, de esos que se les perdonan a los niños.
Una travesura que a Vygintas le dio risa y culpa a partes iguales.
Ahora esa risa se le congelaba en el paladar.
Rolandas, quizá sintiendo la tensión de su amigo, dio media vuelta y retrocedió hasta ponerse a su altura.
—Sujeta mi mano —ofreció, sacando la suya con el guante extendido.
Vygintas la tomó. El guante de Rolandas era áspero, con la costura rígida, pero la molestia pasó a un segundo plano porque el gesto le encendió algo por dentro. Tenía la idea de que, al menos, no iban separados.
Mientras caminaban, Vygintas empezó un juego, echando humo por la boca. El gélido aire hacía que el aliento se transformara en vaho y al chico le hacía gracia.
—¿A que parezco una chimenea?
—Eres un payaso —dijo Rolandas, y luego, teatral, ensanchó los hombros—. El dragón se aproxima al castillo.
Vygintas sopló una bocanada larga, como si el aire pudiera prender fuego.
La plaza del ayuntamiento quedó atrás. Al doblar hacia Papilio y acercarse a las plazas de aparcamiento, el mundo se volvió más abierto y más vacío.
Había restos de nieve amontonados en los bordes, signos de nevadas recientes aplastadas por botas y ruedas.
Ese día no nevaba; hacía un frío seco, el tipo de frío que no duele al instante, sino que convence lentamente a los dedos de que no existen.
—Hace un frío que… —murmuró Rolandas, y soltó una vulgaridad que le habría costado un bofetón en casa. La dijo con orgullo, como si el lenguaje también fuera una forma de crecer.
Vygintas se rio sin ganas.
Solo había un coche negro aparcado, en una zona donde a esas horas todo parecía demasiado quieto.
No le prestaron atención. A esa edad uno no se fija en los detalles.
Desde allí se veía la explanada junto al castillo, una extensión de hierba endurecida y hielo, con farolas que iluminaban más el aire que el suelo.
Bajaron las escaleras del anfiteatro despacio, como si entrar en esa zona requiriera permiso. La neblina hacía difusa la luz; los árboles desnudos, sin hojas, proyectaban sombras finas, enredadas, una especie de telaraña sobre el hielo.
A lo lejos, había un montón de nieve más grande que los otros. A Vygintas le recordó, de una manera ridícula, una enorme tarta de chocolate. Era el tipo de idea que se tiene cuando el hambre está cerca y el frío no deja pensar bien.
—Si no está demasiado congelada, podremos lanzarnos bolas —dijo Rolandas.
—¿No está muy oscuro esto?
Rolandas se echó a reír.
—Eres el dragón más cobarde del reino.
—Te has ganado un bolazo de nieve.
—No te atreverás.
Vygintas salió corriendo hacia el montón grande, las botas patinando sobre la hierba rígida. Llegó jadeando, apoyó las manos en la nieve… y la alegría se le apagó como una cerilla mojada.
Era hielo. No nieve. Una costra dura, compactada, que devolvía el golpe con indiferencia. Intentó arrancar un trozo que se le resbaló de las manos. Probó con más fuerza. Nada. Se le clavó el frío en la muñeca.
Se giró para llamar a Rolandas… y no lo vio.
La explanada parecía más grande ahora. La misma luz alumbraba menos. Las farolas no habían cambiado; había cambiado su percepción, y eso lo asustó más que la oscuridad.
—¿Rolan? —gritó.
La palabra se perdió en el aire húmedo. No hubo respuesta.
Se obligó a respirar. Inspiró y el frío le arañó la garganta. Caminó sin rumbo, mirando detrás de bancos, entre sombras, hacia el anfiteatro, hacia el castillo. Nada. Ni pasos. Ni risas. Ni el roce de un abrigo.
—Vamos, Rolandas, sal de donde estés.
No le apetecía jugar al escondite. No allí. No con esa sensación de que el espacio lo estaba tragando. Además, empezaba a tener más frío del que podía tolerar sin llorar, y no quería llorar delante de nadie, ni siquiera en un sitio vacío.
Se encaminó hacia el monumento a Vytis, junto a la entrada principal del castillo, buscando luz.
El jinete, espada en alto, parecía mirar más allá de ellos, hacia una guerra que Vygintas no entendía.
En ese momento, con la imaginación acelerada por el miedo, Vytis le pareció un cazador de dragones, y él —con su aliento visible— un niño disfrazado de criatura.
Intentó dejar de «echar humo». Ya no le hacía gracia.
Entonces, algo lo golpeó en la espalda.
Fue un impacto seco, rápido, con la dureza de una piedra envuelta en nieve. El susto le robó el aire; perdió equilibrio y cayó hacia delante, rodando sobre la hierba helada. El pecho le dolió por el golpe, pero lo peor fue el corazón: un vuelco animal, irracional.
—¡Mierda! —soltó, más por vergüenza que por dolor.
Rolandas salió de detrás de un banco, corriendo hacia él, con la cara encendida por la victoria.
—¿Te has hecho daño?
Lo levantó tirando de su abrigo, fuerte, torpe, como si su amigo fuera un saco.
—Solo un poco. Me preocupa más la ropa. Mira cómo me he puesto.
—Le diremos a tu madre que resbalaste saliendo de mi casa. Con las heladas es normal. Lo siento, tío. No quería asustarte.
—¿Entonces por qué te escondiste?
Rolandas dudó, buscando palabras.
—Quería darte un susto… pero no… no quería hacerte daño. No sabía que tenía tanta fuerza.
—No te flipes.
—¡Pero si te has desplomado! —Rolandas se señaló a sí mismo, indignado—. ¡El que se ha asustado he sido yo!
Vygintas, pese a todo, sonrió.
—La verdad es que ha sido un buen bolazo.
Los dos rieron, y la risa les devolvió por un segundo la normalidad. Esa normalidad les duró poco.
—¿Cómo la has conseguido? —preguntó Vygintas—. Estaba helada…
Rolandas rebuscó en su bolsillo y sacó una zanahoria. La sostuvo como quien enseña una herramienta secreta.
—Con la zanahoria.
—¿Qué zanahoria? ¿Llevabas una zanahoria?
—Claro. Para el muñeco de nieve. Será la nariz. Y un par de botones para los ojos. Mira.
Se colocó los botones sobre los párpados, haciendo un gesto idiota. Vygintas volvió a reír, esta vez de verdad.
—Vaya estupidez.
—Pues sí. Pero mira allí.
Señaló el gran montón de nieve. Con la zanahoria empezó a picar la costra helada como si fuera un cincel.
Saltaron fragmentos de escarcha. El hielo crujía con un sonido limpio, casi bonito.
Rolandas trabajaba con concentración, como si construir un muñeco fuera una misión.
Vygintas lo observó y, por un instante, pensó en la madre de Rolandas en la cocina, amasando bolas de queso con las manos húmedas.
Rolandas dio forma a una bola. Luego a otra. La zanahoria volvió a chocar contra algo duro.
No era el hielo.
Se quedó quieto, con la zanahoria suspendida a medio golpe. Golpeó otra vez, más suave. El sonido fue distinto: un toc opaco, casi húmedo, que no encajaba con la nieve.
Rolandas retrocedió un paso. Los ojos se le agrandaron. Tragó saliva.
—No… —murmuró.
Vygintas se acercó.
—¿Qué pasa?
Rolandas dio otro golpe, y la costra cedió un poco.
Apareció una forma pálida, con esa coloración azulada que adquieren los tejidos cuando la circulación se detiene de forma definitiva; las uñas oscuras como pigmento oxidado, la articulación fija en una posición que ningún músculo vivo habría elegido.
Una mano. La mano izquierda de alguien que había dejado de tener nombre.
Vygintas no entendió al instante. Su cerebro tardó lo suficiente para que el estómago se adelantase.
—Es una mano… —dijo Rolandas, con una voz que ya no era de juego.
Vygintas vomitó sobre el hielo.
No fue comida. No fue saliva. Fue un líquido viscoso, de ese color rosa chicle que había elegido con tanta convicción media hora antes y que ahora salía deshecho. Le quemó la garganta. Le dejó la boca con un regusto dulce que ya no tenía nada de agradable.
Se quedó arrodillado, temblando, mirando su propio vómito como si aquello también fuera una prueba.
Rolandas no se movía. Miraba la mano como se mira un objeto que no tiene permiso para existir. La nieve alrededor parecía intacta, demasiado limpia, como si alguien hubiera trabajado con cuidado.
La muñeca tenía una pulsera blanca, de esas que se ponen en los hospitales. Solo se veía un borde, una esquina de plástico con letras borradas por el hielo.
En ese momento, el castillo dejó de ser un lugar. Se convirtió en un telón, aislado al norte por el río Neris, que arrastraba bloques de hielo blanco que contrastaban con la oscuridad de las aguas.
Rolandas soltó la zanahoria. Cayó sobre la nieve con un sonido pequeño, ridículo, el sonido de un juguete.
Vygintas se incorporó a medias, con la boca manchada de rosa.
—Nos van a matar —susurró, no sabiendo quién, pero sabiendo que el miedo no necesita nombres.
Rolandas, por primera vez desde que habían salido, pareció un niño.
Miró alrededor. Las farolas seguían allí. La neblina seguía allí. El coche negro seguía aparcado. La ciudad, al fondo, seguía con sus ventanas encendidas como si nada.
Y, sin embargo, el aire había cambiado. No era más frío. Era más denso.