6
Linda tardó cuarenta y siete minutos en comprender que Naseda no le había entregado documentos, sino restos.
No restos humanos, desde luego. Al menos no en el sentido que habría aceptado un tribunal, un museo o una comisión de patrimonio cultural.
Eran fotografías, informes mecanografiados, copias de laboratorio, cuatro páginas con membrete alemán y un cuaderno de tapas negras que el director del Museo del Diablo había envuelto en papel libre de ácido con una delicadeza casi religiosa.
Pero la disposición interna de aquel material obedecía a la lógica de una autopsia: partes separadas, numeradas, descritas, conservadas para que alguien, más tarde, estableciera una causa.
La causa, sin embargo, no aparecía en ninguna parte.
Linda estaba sentada en la mesa estrecha de la cocina del apartamento, con el ordenador abierto, una taza de café soluble ya frío a la izquierda y las fotografías extendidas en una cuadrícula irregular.
Se había aficionado a los sobres de café con sabores de distintas marcas.
Sus preferidos eran los de sabor caramelo y cappuccino. Dejaban un sabor dulce en los labios.
Fuera, Kaunas permanecía bajo una capa de nieve que no terminaba de caer ni de derretirse.
La ventana devolvía un reflejo pálido de su rostro, partido por la línea oscura del marco, y durante un instante le pareció estar observando a otra mujer: una profesora de Columbia demasiado lejos de su despacho, con los ojos enrojecidos por el sueño y una colección de demonios europeos transformándose, lentamente, en algo que ya no pertenecía al folclore.
Había empezado por lo obvio.
El membrete.
Ahnenerbe.
La palabra tenía una textura desagradable incluso antes de traducirla.
Linda la conocía, como la conocía cualquier antropólogo que hubiera trabajado alguna vez con la perversión organizada de la ciencia en el siglo XX.
Patrimonio ancestral. Investigación racial.
Arqueología convertida en instrumento de Estado.
No era exactamente medicina, pero había tocado la medicina del mismo modo que una infección toca una herida abierta: entrando por los bordes, ocupando zonas mal defendidas, reproduciéndose allí donde alguien había decidido que la ética era un obstáculo metodológico.
En el segundo documento apareció por primera vez el nombre.
Projekt Bernstein.
Linda lo escribió en una libreta.
Debajo, añadió la traducción.
Ámbar.
Permaneció unos segundos mirando la palabra, porque era demasiado limpia para lo que empezaba a formar en su cabeza.
Ámbar. Resina fosilizada. Joyería. Insectos atrapados durante millones de años con las patas todavía levantadas, como si la muerte hubiera sido solo una interrupción en mitad de un movimiento.
El Báltico estaba lleno de ámbar, y Lituania lo exhibía en escaparates, museos, collares, leyendas y pequeños amuletos turísticos que prometían salud, protección o memoria ancestral según la tienda y el precio.
Bernstein.
Ámbar.
Pero el material de las fotografías no era dorado ni translúcido.
En la imagen principal, un hombre joven sostenía un fragmento oscuro entre los dedos.
La fotografía estaba tomada con flash directo.
El laboratorio, al fondo, parecía una habitación subterránea: azulejos blancos, cables, una silla metálica con correas, una lámpara quirúrgica baja.
El hombre miraba a la cámara sin expresión.
No sonreía. No posaba. Sostenía la pieza de ámbar negro como un técnico mostraría una muestra antes de introducirla en un dispositivo.
Linda acercó la imagen a la lámpara.
No sirvió de nada, naturalmente. Era una copia impresa de una fotografía antigua, y el ámbar seguía siendo una mancha negra dentro de otra mancha negra.
Aun así, tuvo la impresión absurda de que en el centro había una densidad distinta, un punto más opaco que la opacidad, como si el objeto no absorbiera la luz, sino que la retuviera por procedimiento.
Pasó al informe.
El alemán era técnico, seco, lleno de abreviaturas. Linda no lo dominaba lo bastante para leerlo con comodidad, pero podía defenderse; para el resto, usó el traductor automático y luego corrigió manualmente las frases que la máquina convertía en cadáveres gramaticales.
El primer párrafo hablaba de continuidad cognitiva.
No de alma.
No de espíritu.
No de reencarnación.
Linda subrayó esa ausencia.
Era lo que habría esperado encontrar en un documento contaminado por ocultismo nazi: palabras sobre esencia, voluntad, pureza, tránsito, supervivencia espiritual.
Pero el Proyecto Bernstein, al menos en sus informes iniciales, no parecía interesado en salvar ninguna forma metafísica del individuo.
Su lenguaje era otro. Más pobre. Más peligroso.
Transferencia de continuidad cognitiva mediante estimulación neuroeléctrica y sustrato conductor de origen orgánico.
Linda copió la frase despacio.
Después la leyó en voz alta, no porque necesitara oírla, sino porque algunas formulaciones solo revelan su monstruosidad cuando pasan por la boca.
—Transferencia de continuidad cognitiva —repitió.
El apartamento no respondió.
En el piso contiguo alguien abrió un grifo. El agua corrió por las tuberías con un ruido interno, intestinal. Linda esperó a que cesara. Luego volvió al documento.
El informe no describía inmortalidad. Describía soporte vital.
Había una diferencia.
La inmortalidad pertenecía a sacerdotes, emperadores y vendedores de suplementos dietéticos.
El soporte pertenecía a técnicos. Un soporte podía fallar, rechazarse, contaminarse, desconectarse.
Un soporte no prometía eternidad; prometía funcionamiento mientras los materiales mantuvieran sus propiedades.
Ese detalle enfrió algo dentro de ella.
Los hombres que habían escrito aquellos informes no estaban fantaseando con vivir para siempre.
Estaban intentando conservar una configuración de memoria, una estructura de reconocimiento, un patrón de respuesta.
Querían que algo que había aprendido, deseado, temido y decidido pudiera continuar operando dentro de otro tejido.
No un alma en otro cuerpo.
Una función en otro órgano.
Linda se levantó y fue hasta la nevera. Estaba vacía salvo por dos botellines de agua, una colección de cervezas locales y sobras de pollo asado comprados en el Máxima del Akropolis.
Abrió una botella y bebió de pie, mirando la nieve al otro lado del cristal.
Pensó en Susan. En la clínica. En los extraños protocolos de los documentos.
Pensó si la clínica podría ocultar algo detrás de esos rostros amables. Como si quitar recuerdos fuera una versión neuroquirúrgica de ordenar un armario.
Seleccionamos.
Liberamos .
Usted decide qué quiere soltar.
Linda dejó la botella sobre la mesa.
El siguiente documento era más reciente, o al menos lo parecía. No por la fecha, que estaba arrancada en la esquina superior, sino por el papel, por la tipografía, por la presencia de anotaciones en ruso y lituano en los márgenes. Había una tabla con cinco columnas.
Sujeto donante.
Sujeto receptor.
Conducción.
Estabilización.
Resultado.
Linda sintió una incomodidad física en las manos.
La primera línea estaba tachada. La segunda también. En la tercera leyó una palabra que no necesitaba traducción.
Kollaps.
Colapso.
La palabra se repetía en la mitad de la tabla con variaciones mínimas. Colapso cortical. Colapso motor. Colapso autonómico. Colapso completo. En varios casos había una anotación posterior: leerer Zustand.
Estado vacío.
Linda apoyó los dedos sobre el papel sin tocarlo del todo.
Había aprendido, en los archivos, a no tratar los documentos como simples portadores de información.
El papel envejece de una forma parecida a la piel: absorbe grasa, polvo, humedad, negligencia.
Cada mancha tiene una historia material.
Cada doblez indica una mano. Aquel informe había sido consultado muchas veces.
Las esquinas estaban más gastadas que el resto.
La tabla no era una curiosidad histórica; era un instrumento de trabajo.
Buscó las fotografías asociadas.
Encontró tres.
En la primera, un cuerpo masculino yacía sobre una mesa, visto desde arriba.
Tenía el cráneo rasurado y marcas circulares en la piel, distribuidas con precisión en la línea media y detrás de las orejas.
Había electrodos adheridos al cuero cabelludo y dos cables descendían hacia la base del cuello, donde desaparecían bajo una sábana quirúrgica.
La boca estaba abierta. No en una mueca de dolor, sino con esa laxitud indecente que adquieren los tejidos cuando ya nadie los gobierna.
En la segunda, una mujer aparecía sentada en una silla con la cabeza sujeta por un marco metálico. Tenía los ojos abiertos. Linda no supo si estaba viva.
En la tercera, la más borrosa, se veía una bandeja con fragmentos de ámbar negro, cada uno colocado en una pequeña cavidad numerada. Algunos eran mates. Otros mostraban en los bordes una claridad tenue, como si hubieran sido calentados desde dentro.
Linda retrocedió en la silla.
Aquello no era posible.
La frase acudió con puntualidad académica, y por eso mismo la irritó.
No es posible era una expresión cómoda, una forma de clausurar el pensamiento antes de que la evidencia empezara a desobedecer.
Linda la había oído en excavaciones, en laboratorios, en comités universitarios.
No es posible que este objeto esté aquí.
No es posible que esta datación sea correcta.
No es posible que una cultura sin escritura haya construido algo tan complejo.
Casi siempre significaba otra cosa: todavía no sé qué modelo debo romper para hacer sitio a esto.
Respiró.
Linda volvió al ordenador.
Durante unos minutos no supo qué buscar.