Salma y el mar
Salma tardó tres semanas en decir que se marchaba.
Nadir lo sabía desde antes. Algunas despedidas empiezan a moverse dentro de una habitación mucho antes de que alguien abra la boca. Ella miraba demasiado el camino, respondía demasiado rápido cuando alguien mencionaba Alejandría, guardaba las cartas de Zahra en una bolsa que nunca dejaba lejos.
—Voy al mar —dijo al fin.
Estaban en el patio del taller, donde Aisha había plantado albahaca en una vasija rota. La planta crecía con terquedad, como si no supiera que aquel no era un lugar adecuado para empezar.
—Lo sé.
—No quiero que lo sepas de esa manera silenciosa que te hace parecer sabio. Es irritante.
—Entonces me sorprendo.
—Tarde.
Rieron. Después no.
Salma quería volver a Alejandría con Zahra y Dalia. No para quedarse necesariamente. Para elegir desde allí. Durante años su vida había sido una persecución, luego una búsqueda, luego una deuda. Ahora necesitaba una decisión que no naciera del miedo.
Nadir quería pedirle que se quedara. No lo hizo. Había aprendido algo al fin: amar a alguien no da derecho a convertirlo en prueba de que uno ha sanado.
—Te escribiré —dijo ella.
—¿Con verdad o con mentiras útiles?
—Con ambas. Soy una mujer completa.
Él le dio la concha rota de la playa.
Salma la miró largo rato.
—Esto es muy pobre como regalo de despedida.
—Lo sé.
—Me gusta.
Se besaron una sola vez, sin testigos, junto a la puerta del taller. No fue un beso de final cerrado. Fue más incómodo, más humano: un beso lleno de cosas que no podían prometerse sin mentir.
Al amanecer, Salma se marchó con Zahra. Nadir la vio doblar la esquina. No corrió detrás.
Esa fue su forma de quererla bien.