La última copia
Un carpintero vecino, que durante años había criticado el ruido del taller de Yusuf, apareció una mañana con dos tablones buenos y dijo que le sobraban. Nadie le creyó. Nadie se lo echó en cara.
Nadir abrió el nuevo taller antes de tener clientes. Quería que la puerta existiera, aunque nadie entrara. Salma le ayudó a ordenar plumas. Zahra preparó tinta con una receta que olía a hierro y cáscara de granada. Aisha cosió cortinas para proteger los manuscritos del sol.
Ishaq llegó con una caja.
Dentro estaban el cuaderno de Yusuf, varias cartas de Zahra y fragmentos copiados de la ciudad antes de que el agua cambiara sus cámaras. No era todo. Eso era lo importante.
—Una copia completa vuelve a ser tentación —dijo el viejo—. Haremos muchas incompletas.
Nadir comprendió. El libro sobreviviría repartido: en Toledo, Fez, Granada, Alejandría, quizá algún día en manos de gente que no sabría que sostenía una parte de algo mayor.
Ningún Rodrigo podría poseerlo entero sin necesitar precisamente aquello que despreciaba: mezcla, confianza, memoria compartida.
La primera página que copió fue la lista de nombres recogidos junto al segundo pozo. Incluyó a Martín de Almazán. Laila, de visita, lo vio y arqueó una ceja.
—¿También al que os perseguía?
—También.
—Te estás volviendo peligroso de una forma aburrida.
—Lo tomo como elogio.
Ella le dejó una bolsa con monedas y tres sellos robados.
—Para gastos santos.
—Esto no es santo.
—Por eso funcionará.
Esa noche, Nadir escribió hasta que la mano le dolió. No sentía la presencia de su padre bendiciéndolo desde ninguna parte. Mejor así. Los muertos no tienen que aprobar cada gesto de los vivos.
Al cerrar el cuaderno, vio que se había manchado los dedos de tinta.
Sonrió.
No por destino. Por oficio.