La ciudad que soñaba con el mar La madre
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La madre

Aisha caminó entre restos de madera, piedras sueltas y olor viejo a humo. Tocó una pared, luego otra, como si comprobara el pulso de un animal herido. Nadir la siguió con una escoba en la mano, absurda herramienta para tanta pérdida.

—Aquí estaba la mesa —dijo él.

—Aquí escondías higos secos y creías que no lo sabía.

—Lo sabías.

—Soy tu madre. Saber cosas inútiles es parte del oficio.

La frase casi los hizo sonreír.

Encontraron el anillo de Yusuf entre ceniza compactada, negro por fuera pero entero. Nadir lo limpió con un trapo. Ya no le quedaba tan grande. Eso lo entristeció de una manera inesperada.

Aisha se sentó sobre una piedra.

—Yo amé a tu padre antes de entender lo que costaba amarlo.

Nadir no dijo nada.

—Después lo amé sabiéndolo. Eso es más grave.

Le contó lo que nunca había contado: que Yusuf quiso huir muchas veces, que ella se negó otras tantas, que ambos confundieron proteger a Nadir con negarle su propia historia. No buscó excusas. Eso fue lo que la hizo más difícil de odiar.

—Cuando te dije que tu vida era tu padre y él ya no estaba, quise herirte para que obedecieras.

—Funcionó a medias.

—Siempre fuiste testarudo.

—Eso también es herencia.

Aisha soltó una risa pequeña. Luego lloró. No con belleza. Lloró con la cara torcida, con mocos, con rabia. Nadir se sentó a su lado y no la tocó hasta que ella buscó su mano.

—No sé si puedo perdonarlo todo —dijo él.

—No te lo pido.

—Tampoco sé si puedo no perdonarte.

Aisha apretó sus dedos.

—Entonces no decidas hoy.

La casa quemada les dio esa tregua: no decidirlo todo bajo un techo que ya no existía.