La ciudad que soñaba con el mar Regreso a Toledo
89%

Regreso a Toledo

No porque el camino fuera tan largo, sino porque ninguno de ellos era ya la persona que había salido. Los cuerpos viajan más deprisa que las consecuencias.

Se detuvieron en Alejandría hasta que Ishaq pudo caminar sin insultar a sus rodillas cada tres pasos. Dalia consiguió pasajes. Harun desapareció una noche y volvió al amanecer con pan, monedas y un ojo morado.

—Negocié mal —dijo.

—Negociaste con alguien que te conoce —respondió Laila.

En Fez dejaron copias parciales con Idris.

En Granada, Samir decidió quedarse con una mujer que curaba animales y decía no creer en muertos habladores, lo cual a él le pareció un desafío profesional.

Laila siguió con ellos hasta Córdoba y allí abrió una pequeña tienda de objetos perdidos que, según Ishaq, contenía más objetos adquiridos con imaginación que perdidos realmente.

Salma y Zahra no resolvieron nada deprisa. Caminaban juntas algunos días sin hablar. Otros discutían hasta que hasta los burros parecían incómodos. Una tarde, Nadir oyó a Salma reír con una frase de su madre. Se apartó antes de que lo vieran. Hay reconciliaciones que no deben tener público.

Aisha viajaba con Nadir, pero no como antes. Ya no podía esconderse detrás del papel de madre. Él tampoco quería vivir dentro del papel de hijo herido. Se trataban con cuidado, y el cuidado era torpe.

—Cuando lleguemos —dijo ella una noche—, quizá no quede casa.

—Ya no la había cuando salí.

Aisha asintió.

—Eso también es culpa mía.

—No todo.

No fue perdón. Fue una puerta entornada.

Toledo apareció bajo un cielo claro, sin lluvia, como si quisiera negar haber sido gris alguna vez. Nadir sintió rabia de verla intacta. Luego vio la calle de los Francos, el muro ennegrecido del taller, el hueco donde había estado la puerta.

Y comprendió que algunas ruinas esperan de pie.