La ciudad que soñaba con el mar La elección de Nadir
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La elección de Nadir

La ciudad se inundaba por varias galerías.

El agua entraba negra, fría, con olor a sal y siglos removidos.

Dalia guiaba a Samir y Laila hacia la salida marina.

Ishaq avanzaba sostenido por Harun, que apareció de algún túnel lateral con una antorcha y la cara de quien había elegido tarde pero elegido al fin.

—No hagas preguntas —dijo Harun.

—Tengo muchas —respondió Salma.

—Guárdalas. Así quizá sobrevivo por miedo a oírlas.

Zahra no podía correr. Salma la sostuvo. No fue un abrazo. Fue una decisión física, brutal, más honesta que cualquier perdón.

Rodrigo quedó atrapado en la cámara del índice, intentando arrancar páginas mojadas. Nadir lo vio al pasar. Por un segundo pudo ayudarlo. También pudo dejarlo.

Rodrigo levantó la vista.

—No eres capaz.

Nadir entendió que hablaba de abandonarlo, no de salvarlo. Incluso al borde de morir, aquel hombre seguía creyendo que la crueldad era la única prueba de fuerza.

Nadir tiró hacia él una cuerda.

—No por ti.

Rodrigo dudó. Esa duda lo perdió. Una columna cedió y el agua lo cubrió hasta la cintura. Agarró la cuerda demasiado tarde, con una mano. La otra sujetaba un puñado de páginas arrancadas.

—Suéltalas —gritó Aisha.

No las soltó.

La corriente lo arrastró hacia la oscuridad.

Nadir no sintió victoria. Solo cansancio. A veces el mal no cae con estruendo moral. A veces se hunde agarrado a lo que no supo dejar.

Salieron por la cueva marina cuando el amanecer empezaba a ensuciar el horizonte. Uno a uno, empapados, heridos, menos enteros de lo que habían entrado. Detrás, la ciudad no desapareció. Cambió de forma. El agua llenó sus calles y volvió navegable lo que había sido enterrado.

La ciudad ya no soñaba con el mar.

Lo estaba recordando.