El precio del destino
Rodrigo no atacó el manuscrito. Atacó a Nadir.
Eso reveló la verdad de su deseo: no quería solo el libro; quería decidir quién merecía tocarlo. Los hombres como él no destruyen siempre lo que odian. A veces lo conservan para obligarlo a servir.
El primer golpe lo desarmó. Nadir cayó contra la mesa y el frasco de tinta azul rodó hasta el borde.
Salma se lanzó hacia Rodrigo, pero uno de sus hombres la sujetó por detrás.
Laila clavó una aguja en la mano del guardia.
Samir mordió a otro con una ferocidad poco fantasmal.
La ciudad entera pareció llenarse de ruido.
Aisha arrojó la lámpara contra una cortina húmeda. No prendió fuego. Produjo humo. Suficiente.
Ishaq, que apenas podía sostenerse, tomó el cuaderno de Yusuf y lo metió bajo la túnica.
—Siempre acabo robando por buenas razones —murmuró.
Rodrigo agarró a Nadir del cuello.
—Tu padre era más inteligente.
—Y tú sigues repitiendo sus errores.
No fue una frase heroica. Le salió con miedo, con saliva, con dolor. Quizá por eso fue verdadera.
Nadir alcanzó el frasco y lo rompió contra el manuscrito. La tinta azul se derramó por el índice, cubriendo nombres, rutas, signos. Rodrigo gritó como si le hubieran abierto el pecho.
—¡Has destruido el camino!
—No —dijo Zahra desde la sombra—. Lo ha repartido.
La tinta no borraba. Activaba. Las páginas absorbieron el azul y las letras ocultas aparecieron en los muros, en las columnas, en el suelo. Cientos de fragmentos proyectados por la humedad y la sal. La ciudad dejó de tener un único índice. Ya no podía robarse en una mesa.
Rodrigo entendió demasiado tarde.
La bóveda empezó a temblar. El agua antigua, contenida durante siglos, encontró grietas abiertas por el forcejeo. El mar entraba.
Aisha agarró a Nadir.
—Ahora sí —dijo—. Corre.
Y esta vez él no obedeció como niño, sino como alguien que sabe que vivir también puede ser una forma de defender a los muertos.