La madre de Salma
Antes de que Rodrigo pudiera avanzar, una voz cantó desde la galería lateral.
Salma dejó caer una carta.
La canción era la misma que había encontrado en Alejandría, pero viva. No escrita. No recordada por otros. Cantada con una voz quebrada, baja, atravesada por años de silencio.
Zahra apareció apoyada en la pared.
Era más pequeña de lo que Salma había imaginado durante su rabia.
Las madres ausentes crecen mucho en la cabeza de una hija.
La mujer real tenía el cabello casi blanco, el rostro afilado y una cojera evidente.
En los ojos, sin embargo, estaba Salma: la misma forma de mirar como si el mundo le debiera una explicación y ella no fuera a pedirla con educación.
—No —dijo Salma.
Fue todo. No un saludo. No una pregunta. Una negativa contra el pasado entero.
Zahra no se acercó.
—No vine a pedirte que entiendas.
—Bien.
—Ni que perdones.
—Mejor.
Rodrigo perdió la paciencia.
—Qué escena tan conmovedora. Siempre me han aburrido las madres.
Zahra lo miró.
—Porque ninguna te quiso el tiempo suficiente para enseñarte vergüenza.
Laila soltó una exclamación baja.
—Me cae bien.
La tensión se rompió un instante, solo un instante. Bastó para que Dalia moviera a Samir detrás de una columna y para que Aisha tomara una lámpara.
Zahra explicó lo justo: Rodrigo había sido parte del primer círculo de guardianes, cuando aún fingía querer proteger la ciudad.
Después comprendió el valor de los nombres y empezó a vender silencios.
La cicatriz del cuello no se la había hecho un enemigo.
Se la hizo Yusuf la noche en que descubrieron su traición.
Rodrigo tocó la marca con dos dedos.
—Yusuf debió terminar el trabajo.
—Sí —dijo Nadir.
Todos lo miraron.
Él no apartó los ojos de Rodrigo.
—Pero yo no soy mi padre.
Salma dio un paso hacia Zahra. Se detuvo a medio camino. Entre ambas había siete años, cartas no enviadas, canciones guardadas y una niña que tuvo que aprender a sobrevivir llamándolo carácter.
—Luego —dijo Salma.
Zahra asintió.
Luego, si vivían, sería una palabra enorme.