La verdad de Yusuf
Nadir lo reconoció antes de abrirlo. No por la letra, sino por una mancha de tinta en la esquina, una de esas torpezas mínimas que hacen más real a una persona que cualquier retrato.
Leyó de pie. Luego sentado. Luego tuvo que detenerse.
Yusuf había querido destruir el índice cuando Nadir nació.
No por odio a la memoria, sino por miedo.
El miedo tiene mala fama, pensó Nadir, pero a veces empieza siendo una forma enferma de amor.
Yusuf imaginó a su hijo perseguido, obligado a cargar nombres de muertos, convertido en guardián antes de aprender a ser hombre. Así que decidió quemar el camino.
Zahra se opuso. Aisha también. Ishaq lo llamó cobarde en tres lenguas. Yusuf no cedió de inmediato. Durante meses escondió páginas, cambió rutas, mintió a todos. Incluso a sí mismo, que es la mentira más trabajosa.
Al final dejó un camino difícil: tres llaves, tres ciudades, tres personas necesarias. Nadie podría llegar solo. Ni Rodrigo, ni un rey, ni un fanático, ni un hijo demasiado obediente.
Nadir cerró el cuaderno.
—Hizo de mí una pieza.
Ishaq negó despacio.
—Hizo de ti una posibilidad. No es lo mismo, aunque se parezca cuando duele.
—No lo defiendas.
—No lo hago. Lo devuelvo a su tamaño.
Esa frase le dolió. También le sirvió.
Aisha se acercó.
—Tu padre te amó mal algunas veces. Yo también. Eso no borra el amor, pero tampoco borra el daño.
Nadir la miró. Había esperado una explicación que ordenara el mundo. Recibió algo más incómodo: una disculpa sin adorno.
—Lo sé —dijo él.
No dijo te perdono. No todavía. El perdón, si llegaba, tendría que caminar sin prisa.
En la entrada de la cámara sonaron pasos.
Rodrigo apareció con la ropa rasgada por el túnel y la cicatriz del cuello roja de esfuerzo. Al ver el manuscrito, sonrió como un hombre que no contempla belleza, sino propiedad.
—Por fin —dijo.
Nadir abrió el frasco de tinta azul que Farach le había dado en Córdoba.
—No es tuyo.