El manuscrito prohibido
El manuscrito no descansaba sobre un altar.
Estaba sobre una mesa de madera, sujeto con piedras para que la humedad no levantara las páginas.
Una esquina estaba quemada. Varias hojas se habían pegado por el calor antiguo de algún incendio.
Tenía remiendos, anotaciones al margen, costuras torpes.
Parecía menos una reliquia que un superviviente.
Nadir se alegró de eso.
Las cosas demasiado limpias suelen haber sido limpiadas por manos culpables.
Aisha les mostró los nichos de la cámara: cientos de tablillas, tubos de metal, bolsas de tela, cuadernos envueltos en piel. El manuscrito de la mesa no era el libro entero. Era el índice. La ciudad completa era el libro.
Salma buscó a Zahra con la mirada antes de preguntar.
—¿Está aquí?
Aisha no respondió enseguida.
—Zahra eligió quedarse.
—No.
La palabra de Salma fue pequeña, casi infantil.
—No como prisionera —dijo Aisha—. Como guardiana.
—Eso es lo que dicen quienes convierten una jaula en virtud.
Aisha no se defendió. Algunas defensas vuelven a hacer daño, y ella lo sabía.
Dalia abrió un nicho marcado con tinta azul. Dentro había cartas de Zahra. No una, sino muchas. Ninguna enviada. Todas dobladas con el cuidado absurdo de quien prepara un viaje que sabe imposible.
Salma no las tomó. Las miró como se mira el borde de un precipicio.
—¿Por qué no me las mandó?
—Porque Rodrigo vigilaba las rutas. Porque cada carta podía llevarlo hasta ti. Porque los adultos confundimos demasiado a menudo proteger con quitar.
Nadir pensó en Yusuf. En Aisha. En todas las veces que alguien había decidido por él llamándolo amor.
Desde algún lugar profundo llegó un rumor de agua.
La ciudad, por un instante, olió a flores.
Aisha palideció.
—Rodrigo ha encontrado la entrada vieja.
El manuscrito dejó de ser memoria. Volvió a ser peligro.