La ciudad sin puertas
Eso fue lo primero que Nadir entendió al ver a su madre.
Aisha llevaba ropa distinta, una túnica clara manchada de polvo y una venda en la muñeca. No estaba atada. No estaba custodiada. Tenía el rostro cansado, sí, y un corte en el labio, pero se mantenía erguida con una autoridad que Nadir nunca le había visto en Toledo.
—¿Dónde está Rodrigo? —preguntó él.
—Buscando una entrada que no lo obedezca.
Nadir quiso abrazarla y reprocharle todo al mismo tiempo. El cuerpo eligió antes que el orgullo. La abrazó. Aisha tardó un segundo en responder. Solo un segundo. Después lo estrechó con tanta fuerza que le dolieron los huesos.
—No vuelvas a dejarme —murmuró él, odiándose por sonar niño.
—No sabía salvarte quedándome.
—Pues aprendiste fatal.
Aisha soltó una risa rota contra su hombro. Esa risa hizo más por él que cualquier explicación.
Salma esperaba a unos pasos. Aisha la vio y su rostro cambió. No sorpresa. Dolor.
—Eres igual que Zahra cuando quería fingir que no estaba enfadada.
Salma se puso rígida.
—No hables de mi madre como si el abandono fuera una anécdota.
Aisha aceptó el golpe.
—No lo fue.
Los condujo a una cámara lateral. La ciudad, explicó, no era solo archivo.
Era refugio. En otros siglos había alojado a familias enteras durante persecuciones, hambrunas, cambios de poder.
Luego se volvió demasiado peligrosa para habitarla y quedó como memoria sellada.
Solo algunos guardianes conocían las entradas.
—Y tú eras una —dijo Nadir.
—Lo fui antes de ser tu madre.
—No dejaste de serlo.
Aisha bajó los ojos.
—No. Esa fue mi culpa.
La palabra madre se le había quedado pequeña a Nadir. Aisha era más que eso. Y menos. Era una mujer que había amado, mentido, huido, protegido, fallado. Una mujer completa. Entenderlo dolía porque lo obligaba a dejar de usarla como refugio perfecto.
Al fondo de la ciudad, bajo una bóveda cubierta de sal, esperaba el manuscrito prohibido.