La ciudad que soñaba con el mar Bajo la arena
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Bajo la arena

—Si muero antes de ver la ciudad, pienso quejarme a quien corresponda —dijo.

—Nadie corresponde nunca —respondió Laila.

Los túneles descendían en espiral. El aire se volvió frío. Luego húmedo. Nadir pasó la mano por la pared y encontró sal. Sal en medio de la arena. Sal donde no debía haberla. La ciudad soñaba con el mar porque el mar, de algún modo, había vivido allí antes.

La primera sala estaba llena de lámparas apagadas. Samir encendió una y la luz se multiplicó en espejos pequeños incrustados en la piedra. De pronto el techo pareció un cielo enterrado.

Salma respiró hondo.

—Mi madre vio esto.

No era pregunta.

Avanzaron por calles cubiertas. Casas sin puertas. Ventanas hacia patios interiores. Fuentes secas con peces tallados. En algunas paredes había nombres raspados por manos posteriores. En otras, nombres recién escritos, como si alguien siguiera alimentando aquel lugar.

Nadir sintió una mezcla de maravilla y enfado.

—¿Por qué esconder tanta belleza?

Dalia contestó sin detenerse.

—Porque los hombres destruyen antes lo que admiran mal.

En una plaza blanca encontraron una fuente sin agua. En el centro había una piedra igual a la del sueño de Nadir. Sobre ella, marcas de tinta azul.

La ciudad tiene sed.

Nadir recordó su propia voz dormida, repetida por Salma en la alquería de Dunia. El viaje entero se cerró alrededor de aquella frase.

Entonces una puerta de piedra se abrió al fondo de la plaza y, desde la oscuridad, la voz de Aisha dijo:

—Llegaste demasiado pronto, hijo.