El libro de los nacidos dos veces
Dalia los llevó a una sala donde se guardaban copias parciales: pliegos, tablillas, nudos, telas bordadas, piedras marcadas, canciones escritas por manos distintas.
Cada testimonio había encontrado el soporte que pudo.
Los pobres no siempre tienen pergamino; a veces solo tienen una canción y una hija con buena memoria.
Nadir leyó nombres hasta que los ojos le dolieron.
Hombres que habían firmado como cristianos y rezado como musulmanes en secreto. Mujeres judías que conservaron recetas porque en ellas escondían calendarios. Niños entregados con nombres nuevos para salvarles la vida. Familias enteras convertidas en rumores por la necesidad de sobrevivir.
—No es herejía —murmuró.
Ishaq, sentado junto a la pared, sonrió débilmente.
—Casi nada lo es antes de que alguien necesite un enemigo.
Salma buscaba el nombre de Zahra. Sus dedos pasaban por las listas con una prisa que daba miedo. Laila la ayudaba sin hacer bromas. Eso fue lo que hizo comprender a Nadir la gravedad del momento: Laila callada.
Samir encontró una canción copiada en tinta azul. La melodía estaba escrita con signos que él no entendía, pero dijo haberla oído en sueños.
—No te inventes grandezas —le dijo Laila.
—No me invento. Los muertos son muy insistentes cuando desafinan.
Dalia palideció al ver la canción.
Era de Zahra.
Salma no la tocó al principio. Se quedó mirándola como si una hoja pudiera morder.
Cuando por fin la leyó, la voz le tembló solo una vez. La letra no hablaba de destino, ni de gloria, ni de ciudades secretas. Hablaba de una niña que odiaba las lentejas, que dormía con un pie fuera de la manta, que se enfadaba cuando su madre viajaba y fingía no tener miedo.
Salma se tapó la boca.
Nadir apartó la mirada.
Aquello era más fuerte que cualquier revelación: Zahra no había recordado a su hija como símbolo. La había recordado entera.