La mujer del puerto
Dalia no era solo una mujer del puerto. Eso quedó claro cuando tres marineros se apartaron al verla levantar una ceja.
Los llevó por callejones donde el olor a pescado cedía paso al de incienso barato y lana mojada. En una taberna cerrada, bajo una mesa que cojeaba, guardaba armas, mapas y una caja con cartas enviadas desde lugares que Nadir apenas sabía pronunciar.
—¿Quién eres? —preguntó él.
Dalia se sirvió agua.
—Una viuda, si preguntan los funcionarios. Una contrabandista, si preguntan los honestos. Una mujer cansada, si preguntas tú.
Había ayudado a Zahra a entrar en la ciudad subterránea siete años atrás. Zahra no iba sola. La acompañaba Aisha.
Salma se levantó tan deprisa que la silla cayó.
—No.
—Sí.
—Mi madre nunca conoció a Aisha.
Dalia la miró con una compasión sin azúcar.
—Las madres tienen una vida entera antes de necesitar mentir a sus hijas.
Nadir sintió que el mundo volvía a doblarse. Aisha y Zahra. Yusuf y Rodrigo. Todos antes que ellos, todos tomando decisiones que ahora les caían encima como polvo de techo viejo.
Dalia explicó que Aisha había protegido la entrada durante años. Había vuelto a Toledo para vivir con Yusuf y criar a Nadir, pero nunca dejó de pertenecer del todo a la ciudad enterrada. Zahra, en cambio, bajó y no regresó.
—¿Murió? —preguntó Salma.
—No lo sé.
La respuesta casi la rompió.
Esa noche, Salma se encerró en el almacén de redes. Nadir esperó fuera. No llamó. Al cabo de una hora, ella abrió.
—Si entras para decirme que lo sientes, te cierro la puerta en la cara.
—He traído pan.
Salma miró el pan. Luego a él.
—Eso sirve más.
Comieron sentados en el suelo, sin hablar demasiado. A veces la intimidad no empieza cuando alguien cuenta un secreto, sino cuando otro aprende a no llenarlo todo con respuestas.