El hombre que eligió su nombre
No hubo juez, ni alfaquí, ni sacerdote, ni documento con sello. Fue una mañana de mercado, mientras un cliente gordo insistía en llamarlo José porque le resultaba más cómodo.
—Nadir —corrigió él.
—Sí, bueno, pero para entendernos...
—Nadir.
El hombre resopló, pagó menos de lo acordado y prometió no volver. Nadir le deseó buena salud con una cortesía que Aisha calificó de venenosa.
Aquel día escribió su nombre en la puerta del taller:
Nadir ibn Yusuf, copista y encuadernador.
Debajo, más pequeño:
También José, si viene usted con respeto.
Ishaq se rió tanto que tuvo que sentarse.
—Tu padre habría protestado por la caligrafía.
—Mi padre protestaba por casi todo.
—Eso también es herencia.
Con los meses, el taller se llenó de encargos.
Algunos honestos. Otros no tanto. Nadir aprendió a rechazar trabajos sin parecer insolente y a aceptar pagos en gallinas cuando el hambre ajena era más convincente que la moneda.
Aisha discutía con él por los precios. Zahra enviaba cartas desde Alejandría con noticias del archivo repartido.
Salma escribía menos de lo prometido y más de lo que Nadir esperaba.
En una carta decía: El mar no cura. Solo hace ruido suficiente para que una pueda escucharse por dentro.
Nadir guardó esa frase en una caja, junto al anillo de Yusuf y la primera llave de cobre. No como reliquias. Como recordatorios de que todo objeto puede volverse peligroso si se le permite mandar demasiado.
Una tarde entró en el taller una niña con un libro roto. Tendría doce años y las manos manchadas de tinta.
—Dicen que arreglas lo que otros dan por perdido.
Nadir miró el volumen, luego a la niña.
—A veces. Otras solo aprendo dónde estaba la rotura.
La niña se llamaba Maryam, y no parecía tener intención de pedir permiso para existir.
Traía un libro roto, los dedos manchados y esa clase de preguntas que hacen ruido antes de ser pronunciadas.