Alejandría
Llegaron por una salida subterránea que no llevaba directamente a la ciudad, sino a unas cuevas de costa donde el agua golpeaba la roca con paciencia de carcelero. Durante dos días caminaron siguiendo túneles antiguos. Samir decía que el subsuelo olía a tumba lavada. Nadie supo contradecirlo.
Ishaq llevaba fiebre. Salma caminaba en silencio. Nadir no hablaba de Aisha. No porque no pensara en ella, sino porque si pronunciaba su nombre temía que todo lo demás dejara de sostenerse.
En el puerto, una mujer llamada Dalia los encontró antes de que ellos la encontraran a ella. Tenía brazos fuertes, pañuelo azul y una cicatriz junto a la boca que hacía que sus sonrisas parecieran desafíos.
—Venís de la arena —dijo.
—Muchos vienen de la arena —respondió Salma.
—No con cara de haber dejado a media familia enterrada encima.
Dalia había conocido a Zahra. También a Yusuf. Y, por lo que dejó caer sin decirlo del todo, a Aisha. Los condujo a una casa sobre un almacén de redes, donde el suelo olía a sal y cuerda húmeda. Allí Ishaq pudo tumbarse y Samir dormir sin cuchillo en la mano por primera vez en semanas.
Nadir salió al balcón. El mar estaba negro. No se parecía al de la costa andaluza. Este parecía más viejo, más cansado de recibir hombres que decían buscar destinos cuando en realidad buscaban una excusa para no mirar lo que habían hecho.
Dalia se apoyó a su lado.
—Tu padre estuvo aquí.
Nadir cerró los ojos.
—Todo el mundo empieza así.
—Porque es verdad.
—La verdad también cansa cuando llega siempre tarde.
Dalia no se ofendió.
—Entonces escucha rápido: el faro que buscas ya no guía barcos. Guía mentiras. Y Rodrigo sabe llegar a él.
Nadir miró el mar. Por primera vez entendió que la ciudad soñaba con él no porque lo deseara, sino porque lo necesitaba para no quedarse sola bajo la arena.