La caravana rota
La Mano Sumergida apareció al atardecer: cinco rocas enormes saliendo de la arena como dedos de un gigante que no hubiera terminado de ahogarse.
Qamar se santiguó, rezó en árabe y escupió, todo seguido. Laila dijo que eso cubría suficientes dioses como para estar razonablemente protegidos.
Las tres llaves encajaban en tres hendiduras de la roca central. Nadir colocó la de cobre, Salma la de hueso, Ishaq la de cristal. No ocurrió nada durante varios segundos. Luego la sombra de los dedos se alargó en dirección contraria al sol.
—Eso no debería hacer eso —dijo Samir.
—Gracias por el informe —respondió Laila.
La sombra señaló un punto entre las rocas. Cavaron hasta que las uñas se partieron y la arena se llenó de respiraciones feas. Bajo una losa apareció una escalera que descendía a la oscuridad.
Entonces llegó Rodrigo.
No venía con muchos hombres. No lo necesitaba. Traía a Aisha atada entre dos guardias, con el velo caído y sangre seca en el labio. Nadir sintió que todas las decisiones aprendidas en el viaje se rompían dentro de él.
—Madre.
Aisha levantó la cabeza.
No dijo su nombre. Dijo la misma palabra de Toledo.
—Vive.
Qamar se colocó entre Rodrigo y la escalera.
—Bajad.
—No —dijo Nadir.
El camellero lo miró con una calma casi alegre.
—Muchacho, llevo veinte años atravesando desiertos para que gente con más dinero que sentido llegue a sitios equivocados. Déjame tener una salida decente.
Salma empujó a Nadir hacia los escalones. Él forcejeó. La vio a ella llorar por primera vez sin esconderse.
—No me hagas elegir entre salvarte y respetarte.
Aquello lo detuvo.
Bajaron.
El último vistazo le mostró a Qamar levantando el cuchillo, a Aisha forcejeando, a Rodrigo sonriendo como quien ya había ganado aunque la puerta se cerrara. Luego la piedra cayó sobre ellos y el desierto se quedó arriba con sus muertos, sus vivos y sus cuentas pendientes.