La ciudad que soñaba con el mar Hambre
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Hambre

La caravana había sido atacada al amanecer por hombres sin bandera.

No buscaban mercancía; buscaban las llaves.

Eso los hacía más peligrosos que los ladrones honrados.

En la confusión murieron dos camellos, se perdió parte del agua y varios viajeros huyeron hacia direcciones que el desierto no perdona.

Ishaq cayó al mediodía.

No se desmayó con teatralidad. Simplemente se sentó y dijo:

—Seguid.

Nadir se agachó a su lado.

—No empieces con frases de tumba. Pesan mucho y estamos cansados.

El viejo intentó reír. Le salió una tos seca.

—He vivido más de lo educado.

—Entonces sé maleducado un poco más.

Salma repartió el último agua con una justicia cruel: un trago para cada uno, ninguno para las palabras bonitas. Laila discutió con ella y luego aceptó su parte sin beberla entera. Se la dio a Samir cuando creyó que nadie miraba.

Al anochecer oyeron la voz de Aisha.

—Nadir.

Venía de una hondonada, clara, desesperada.

Nadir echó a correr antes de comprender.

Salma lo derribó contra la arena. Laila se le puso encima con una rodilla en el pecho.

—¡Es mi madre!

—Tu madre gritó vive —le dijo Laila—. No ven a morir como idiota.

La frase le pegó más fuerte que el cuerpo de ella.

La voz volvió. Esta vez llamó con una ternura perfecta, y por eso mismo horrible. Rodrigo sabía imitar el dolor ajeno. O llevaba a alguien capaz de hacerlo.

Nadir lloró de rabia, boca abajo en la arena.

Salma no le dijo que fuera fuerte. Le apoyó una mano en la nuca y dejó que temblara.

A la mañana siguiente, Ishaq se levantó apoyándose en Nadir.

—Me has llamado maleducado —murmuró.

—Y lo mantengo.

Caminaron sin esperanza visible. A veces la esperanza llega tarde y el cuerpo debe empezar sin ella.