La ciudad que soñaba con el mar El maestro de arena
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El maestro de arena

Se llamaba Sulaym y tenía los pies desnudos, las uñas negras y una mirada de hombre que había dejado de discutir con el mundo porque el mundo era lento entendiendo.

—Llegáis tarde —dijo.

—Todo el mundo nos dice eso —respondió Nadir.

—Entonces quizá deberías caminar más deprisa o nacer antes.

Sulaym no pidió las llaves. Pidió agua. Bebió, se enjuagó la boca y escupió sobre la arena. Luego trazó con el bastón una línea que el viento empezó a borrar de inmediato.

—Esta es la vida de un hombre.

Trazó otra.

—Esta, la historia que cuentan de él.

Trazó una tercera, torcida.

—Esta, lo que hizo cuando nadie podía aplaudir ni condenar.

Miró a Nadir.

—Las tres rara vez coinciden.

El muchacho pensó en Yusuf. En Aisha. En Harun. En él mismo, que quizá ya era más mentira que nombre.

Sulaym les habló del tercer pozo. No estaba en el camino, sino debajo de él. Para llegar habría que abandonar la caravana durante una noche y caminar sin lámparas. Qamar se negó. Después aceptó. En el desierto, negarse era a veces una forma breve de preparar el valor.

Antes de partir, Sulaym tomó a Nadir aparte.

—Buscas una verdad grande porque crees que las pequeñas no bastan.

—Quiero salvar a mi madre.

—Eso es una verdad pequeña. Por eso importa.

Nadir quiso odiarlo como había odiado a todos los viejos que hablaban demasiado cerca de una herida. Pero Sulaym no sonreía. No estaba dando lección. Estaba dejando una carga en el suelo para que Nadir decidiera si podía levantarla.

—Cuando encuentres el libro —dijo—, no lo trates como un altar. Los altares atraen rodillas. Trátalo como pan: se parte, se reparte y se acaba si alguien lo guarda para sí.

Esa fue la primera enseñanza que no le sonó a jaula.