La ciudad que soñaba con el mar Lo que Salma no dijo
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Lo que Salma no dijo

Salma habló de su madre al quinto día de desierto, cuando el viento soplaba tan fuerte que las palabras parecían menos peligrosas porque podían perderse antes de llegar enteras.

Zahra no había sido una mártir, dijo. Eso lo dejó claro primero, como quien aparta una mentira cómoda antes de que otros la abracen.

—Era impaciente. Mandona. Cantaba mal y muy alto. Cuando estaba enfadada limpiaba la casa hasta que todos deseábamos haber nacido en otra familia.

Laila sonrió.

—Eso sí suena a madre.

Salma siguió caminando. Hablaba mirando la nuca del camello de delante, no a Nadir. Quizá así era más fácil.

Zahra había copiado mapas para hombres que no habrían dejado entrar a una mujer en sus reuniones si hubieran sabido que la mitad de sus rutas las había corregido ella.

Escondía monedas en frascos de especias.

Conocía versos obscenos y plegarias hermosas.

Una noche besó la frente de Salma, le prometió volver antes de la luna nueva y desapareció.

—Durante años pensé que me eligió menos que al libro.

Nadir no respondió. No hacía falta. Llevaba días pensando algo parecido de Yusuf.

—Después pensé que estaba muerta. Eso era más fácil. Los muertos no tienen que explicar nada.

El viento les llenó la boca de arena. Salma escupió con poca elegancia.

—Ahora no sé qué deseo. Si está viva, tendré que preguntarle por qué me dejó. Si está muerta, tendré que seguir hablando sola.

Nadir sacó de su bolsa la concha rota que había recogido junto al mar.

—Yo guardé esto sin saber por qué.

Salma la tomó. Le pasó el pulgar por el borde quebrado.

—Porque algo roto también puede probar que hubo orilla.

Se la devolvió.

Aquella noche durmieron espalda contra espalda, no como amantes ni como hermanos, sino como dos personas cansadas que ya no querían fingir que el frío era una prueba individual.