El pozo
El segundo pozo tenía agua dulce.
Eso lo volvió sospechoso de inmediato.
Estaba protegido por una construcción baja, de piedra blanca, con una inscripción borrada por arena y siglos. Qamar ordenó esperar. Las caravanas que sobreviven no beben solo porque el agua parezca buena.
Una anciana de la caravana, llamada Huda, se ofreció a probarla. Qamar se negó. Ella lo llamó gallina delante de todos, bebió un sorbo y se sentó a esperar la muerte con una dignidad muy poco práctica.
No murió.
—Una decepción para mis nueras —dijo.
Rieron. Incluso Nadir. La risa salió rara, oxidada, pero salió.
Mientras llenaban los odres, Ishaq encontró bajo el brocal una tablilla de barro. No tenía letras. Solo marcas de dedos. Idris les había advertido que el segundo pozo no guardaba palabras, sino elección.
—¿Qué elección? —preguntó Samir.
La respuesta llegó al atardecer, cuando un hombre de Rodrigo entró tambaleándose en el campamento.
Se llamaba Martín y tenía la garganta seca, los labios partidos y una flecha clavada en el hombro.
Podían dejarlo morir. Nadie los habría juzgado demasiado.
Él los habría vendido si el mundo hubiera girado un poco distinto.
Salma fue quien le dio agua.
—No lo haces por bondad —dijo Nadir.
—No. Lo hago para no parecerme a él cuando nadie mira.
Martín habló esa noche entre fiebre. Rodrigo llevaba a Aisha viva. La usaba como brújula porque ella conocía más de la ciudad enterrada de lo que había confesado. También dijo otra cosa: Harun seguía con vida y había conseguido desviar a varios perseguidores hacia el este.
Salma cerró los ojos al oírlo. No sonrió. Hay noticias buenas que llegan demasiado tarde para permitirse alegría.
Antes de morir, Martín pidió un sacerdote. No había. Pidió entonces que alguien recordara su nombre sin escupir después.
Nadir lo escribió en un trozo de tela.
Martín de Almazán.
No lo hizo por perdón. Lo hizo porque empezaba a entender que borrar nombres era la primera victoria de Rodrigo.